El Quijote y Sancho Panza

El Quijote y Sancho Panza

   No es que yo me quiera poner a contradecir a escritores e intelectuales, y menos de la talla de José Saramago, pero ya nos enseñó Unamuno que los curas, barberos y bachilleres, amas y sobrinas se ocultan en cualquier parte, a veces bajo el disfraz de falsos Quijotes. Y no lo hacen sino porque piensan que es la forma más eficaz de curarnos de nuestro quijotismo. Sólo hay que recordar que el bachiller, al igual que los participantes del foro, era un intelectual.

   El quijotismo se puso de moda a partir de la crítica romántica, en cuanto que veía una exaltación de los ideales nobles. Hoy en día esa misma moda sigue viva, y sin duda seguirá viva siempre, mientras el Quijote siga siendo uno de los libros más grandes de toda la Humanidad, el ser humano se verá reflejado en sus esperanzas y sus sueños de mejorar el mundo. Pero no hay que caer en la trampa fácil de las modas. El quijotismo es una forma de vida. No es un hermoso adjetivo que se pueda adjudicar cualquiera gratuitamente, porque entonces su hermosura es hueca.

   No estoy diciendo que sea este el error del Foro Social, pero desde luego sólo hay qué preguntarse si el Caballero de la Triste Figura habría participado en el Foro Social, y qué habría dicho. Probablemente no hubiera participado, y de haberlo hecho, habría dado el discurso que dio en la única reflexión que hizo referente a este tema: el discurso de las armas y las letras del capítulo XXXVIII. Don Quijote no es una figura dada a las reflexiones, porque cualquier reflexión lleva en sí el germen de lo antiquijotesco. Unamuno lo supo, y sacrificó parte de su quijotismo para desverlarnos la grandeza del caballero. Pero los elogios de Unamuno no cayeron en vacío, sino que fue un germen que abrió caminos a muchas personas. El quijotismo no se reflexiona, se siente. Don Quijote no reflexiona sobre lo que está bien o lo que está mal, sabe qué está bien y qué está mal, y actúa; como tampoco reflexionó jamás sobre su locura. La acción es la semilla del Quijotismo. Y esta es la conclusión a la que llega en su discurso de las armas y las letras: las letras al servicio de las armas.

   No es una invitación a la guerra, desde luego. Es una invitación a la acción. Lo que quiero decir es que don Quijote no habría ido a un Foro Social para hablar sobre cambiar el mundo; habría salido a los caminos para cambiar el mundo él solo, o acompañado de algún Sancho eventual. Yo estoy completamente a favor del diálogo, pero cuando ya se ha hablado todo y la situación es evidente -el mal reparto de las riquezas en el mundo- no hay lugar para más conversaciones. De nada sirve que se reúnan para hablar los poderosos con los pobres. Cada uno es libre de hablar o de actuar, pero si se quiere invocar el nombre de don Quijote que no sea en vano, que no sea desde la palabra, sino desde la acción.

   Me parece una buena forma de promocionar esta figura entre la juventud, pero las superficialidades y los tópicos no conducen a nada productivo.

   Algo más me gustaría añadir. Ya está bien del tópico de que Cervantes escribió el Quijote en las cárceles de Sevilla. Desde luego allí fraguaría la idea, y tal vez preparó algunos capítulos, y acaso llegó a redactarlos. Pero decir que Cervantes escribió una obra tan inmensa como el Quijote en la cárcel de Sevilla es desconocer por completo las cárceles de los siglos XVI y XVII. Yo invitaría al señor Eduardo Galeano a escribir una obra maestra en semejantes condiciones. Y por último, sólo me queda decir que no hay nada más profundamente antiquijotesco que la palabra “Quijota”, porque supone una aceptación de las normas de género -que no de sexo- establecidas socialmente. Pero el quijotismo está al margen de los convencionalismos vacíos y superficiales.

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