Amancio Prada

Amancio Prada

   Llama de amor viva – Amancio Prada

   Déjenme por favor que les relate una pequeña crónica del concierto que Amancio Prada dio recientemente -el día 6 de este mes- en la hermosa iglesia de San Luis de los Franceses. Espero transmitir una pequeña parte de lo que sentí en dicho concierto.

   De un lado el mundo, y del otro la iglesia de San Luis de los Franceses, que es como una hendidura de piedra y sombra que se hubiera rellenado con miel y con el Góngora más polifémico, más solitario, y más desbordante. Porque si la catedral es un canto virgiliano, un grito de belleza desgarradora, la iglesia de San Luis de los Franceses es un susurro apagado, una llamada silenciosa, la confesión de amor más encendida, como comparar un campo de azucenas con una rosa. En este lugar, en la noche de las noches, la gente murmura nerviosa, con un vago temblor de batalla dormida, sentados en los mismos bancos en que se sientan las ancianas beatas que pasan la mañana rezando, y que respiran el mismo aire de iglesia que esta noche va a hacer el amor con nuestras respiraciones. Un sabor a saliva dulce y a fruta madura se me agolpa en el paladar, porque esta noche, como un viejo centauro, los discos que tanto he escuchado y tanto he amado tomarán forma humana.

   Amancio permanece aún algunos minutos emboscado tras el altar, como un viejo y sabio guerrero, dispuesto a asaltarnos en cualquier momento, y a arrebatarnos la vida a golpe de voz. Como han pasado varios minutos desde que debió haber empezado el concierto, el malestar del público va progresivamente aumentando. Y cuando algunos comienzan a impacientarse y a increparse unos a otros aparece Amancio, que salta entre nosotros por sorpresa, con su chorro de madera clara entre las manos, que parece que le viene quemando, esa guitarra española, que según dice es de madera sevillana de mediados del siglo XIX, pero que en realidad no puede estar hecha sino de tocón del jardín de las Hespérides, o de raíces del árbol del bien y del mal, y sus cuerdas son en realidad hilos de Parca, de los que pende la vida de alguna paloma o de alguna golondrina. Viene acompañado además por dos hermosas mujeres, que llevan en sus brazos dos violonchelos, como si fueran dos trozos de almíbar, entre sus manos de curvas estrelladas.

   Hay que señalar además que toda la iglesia, que permanecía a oscuras,–ya que las velas habituales habían sido apagadas excepcionalmente para la ocasión–, se iluminó con la luz tenue y blanca de Amancio Prada, como una lámpara medio encendida, medio viva y brillando, abriéndose paso en la secreta oscuridad de una gruta. Y con su dulce luz traía la paz y el consuelo del sueño blando, como la luz que mana del pan recién salido del horno, cuando todavía se siente el fuego que ha crecido dentro. Y ya nada importa, porque ahí está Amancio, el bueno de Amancio, iluminándonos el camino, guiándonos por la oscura senda hacia la fuente de la dicha plena.

   Amancio sonríe y saluda, con la mirada afable del buen ermitaño. Después pasa a saludarnos uno por uno, y nos va agradeciendo a cada uno la presencia, es usted muy amable por haber venido a verme, gracias por haber dejado a un lado sus ocupaciones habituales para tan entrañable velada, cuánto tiempo sin verle, desde que toqué en el Olympia de París, qué agradable sorpresa que haya venido a compartir un rato de música y poesía. Va recorriendo las bancas, saludando al público, a sus viejos conocidos y amigos, preguntando los nombres de aquellos que nunca ha visto, y se ve cómo el público le ama. Después se desliza otra vez sobre el altar, y toma la guitarra entre sus brazos, su niña pequeña, como él la llama, y la acomoda en su regazo. A continuación anuncia el programa, que es de sobra conocido por todos. Una ansiedad cósmica va creciendo en nuestros corazones, como una bola de nieve que va creciendo según baja la pendiente y que nos golpea en plena cara, plaf, y Amancio va a empezar a cantar, y qué maravilla poder estar vivo para poder escuchar a este hombre que tiene voz de carmelita renacentista.

   El aire se serena justo antes de que Amancio rasgue con su toque delicado las cuerdas, de las que probablemente penden también nuestras vidas. Entonces comienza el acabose, el final de la escalera, y el camino completo. El mundo se para, o se da la media vuelta con una tremenda sacudida que nos hace temblar a todos, y que hace temblar los cimientos de la iglesia de San Luis de los Franceses, porque Amancio Prada toca la Llama de amor viva, y toda el espacio se llena con su suave voz de cometa en huida, de palabra derramada, como el licor más dulce cayendo sobre una fina copa, llenándonos a todos, colmándonos hasta el borde mismo de los sentidos. Lo cierto es que tanta belleza nos hiere, e incluso algunos dirían que podría ser perjudicial, como perjudicial es beber del agua absolutamente pura, ya que de alguna manera la Llama de amor viva rasga una tela que nos impedía ver el mundo con claridad, y ahora la gente por fin puede ver el mundo tal y como es, y es por eso que se ven caras de sorpresa entre el público, porque nunca hubieran imaginado que el mundo fuera tal y como es, tal y como Amancio Prada nos lo muestra. ¡Oh cauterio suave!, ¡oh regalada llaga!, ¡oh mano blanda!, ¡oh toque delicado! Algunos no pueden resistirlo, y ante la estupefacción del encuentro caen suavemente muertos, en sus bancos, con una hermosa expresión de eternidad. Otros no tenemos tanta suerte, y debemos conformarnos con seguir viviendo.

   Cuando la música se agota el aliento nos palidece en un estremecimiento de caverna confusa. Amancio ha quedado en el aire, sus pies se elevan por encima del suelo. Nuestra respiración se extingue con su voz, y la espera hasta que Amancio vuelve a cantar se hace interminable. Pero merece la pena esperar, porque Amancio entreabre la boca, que se le llena de flores, y sale al mundo uno de los poemas más encendidos y vivos, la Noche oscura del alma. La voz de Amancio comienza a envolverlo todo, como el envoltorio de una chocolatina, que se va abriendo poco a poco y cuidado con la crema de nata que te salpica en las narices. Por un momento parece que las paredes de la iglesia de San Luis de los Franceses se vuelven del revés, y probablemente se hayan vuelto, porque no recuerdo que nadie construyera altares en los techos. Pero no importa, porque Amancio vuela, y nosotros, su público, vuela con él, arriba, más arriba de astros y cometas, por encima de la esfera empírea, que se llena de noches secretas y oscuras, de enredaderas, de escalas, de amadas en huida, saltando de planeta en planeta, en busca del Amado cósmico en un ascensus ad infinitum. Y en el centro del universo Amancio, cantando con las estrellas, llenándolo todo con sus himnos pitagóricos y su armonía matemática de cábalas rítmicas. ¡Oh noche que guiaste!, ¡oh noche amable más que el alborada! Quedos y olvidados nos vamos reclinando sobre las flores que brotaron del techo, suspensos los cuidados, dormidos los sentidos, con la serena dicha de saberse en brazos del Amado, de saberse perdidos en sus cabellos.

   Todavía nos sigue desgarrando con sus Coplas del alma que pena por ver a Dios, viviendo en la muerte de la vida, muriendo entre destellos y ráfagas , entre alegrías descarnadas. Y nos va matando con su Verbo Divino, que se nos clava una y otra vez en las entrañas como un cuchillo de mazapán y miel, y la pobre Virgen preñada, buscando posada en los caminos. Y aunque es de noche, entre fontes y criaturas, sigue abriéndonos a balazos con sus Canciones del alma que se huelga en conocer a Dios por fe, y yo creo que deberíamos haber traído el chubasquero porque empieza a chispear en la iglesia de San Luis de los Franceses.

   Cuando la última gota se le derrama de entre los labios como si fuera un viejo y exquisito Margaux volvemos de nuevo al tiempo tedioso de los relojes con cierta desganada. Pero no nos importa, porque sabemos que ha llegado uno de los grandes momentos de la noche. Amancio deja a su niña caliente entre sus piernas, y vuelve de nuevo entre nosotros, baja por la escala secreta que había disfrazado en los huecos del aire. Comienza a hablar con susurros de confesionario que se estrellan por todas las paredes y que lo llenan todo. Todos sabemos lo que va a decir, y sin embargo, necesitamos escucharlo, no porque necesite una explicación o una constatación, sino porque la historia que nos cuenta forma parte de su música, porque esas palabras en que nos cuenta cómo fue creado el Cántico espiritual forman parte del Cántico espiritual, aunque la guitarra permanezca dormida a sus pies, y la melodía se marque sólo con el tono de su voz. Entonces Amancio nos habla de lo que todos conocemos, de frías noches toledanas, de cárceles oscuras, de crueles frailes calzados, de confusos frailes descalzados, de San Juan de la Cruz penando por ver a Dios, de huidas arriesgadas, de cantos de carne lujuriosa rodeados por el desconsuelo más desgarrador. Aunque conocemos bien la historia –¿cómo sino amaríamos el Cántico espiritual?–, todos escuchamos atentos este preludio como si fuera una prolongación más de su música.. Por fin acaba anunciando que dará comienzo el Cántico espiritual.

   ¿Adónde te escondiste amado…? San Juan ha saltado sobre los labios de Amancio, pero en un primer momento no se sabe bien si es San Juan de la Cruz o si es el Apóstol San Juan, porque parece como si estuviera cantando el Apocalipsis, y el mundo va y se acaba, mientras la amada busca a su Amado, mientras recorre los sotos, derrumbamiento de pilares, de piedras, de techos, de cielos, de sentidos. En un arrebato órfico los santos de los cuadros que decoran las paredes de la iglesia de San Luis de los Franceses comienzan a llorar desconsolados por tanta belleza, y las piedras de las paredes se humedecen con las lágrimas de los mártires, que vuelven a la vida como Lázaros andantes. Y las criaturas, los bosques y las espesuras que brotaron en algún momento a los pies de Amancio cantan con el Maestro. Pero no son ellas quienes responden mil gracias derramando, sino que por alguna de las secretas escalas que Amancio extendió entre nota y nota un grupo de querubes ha bajado, para responder a la amada, para celebrar las glorias del Amado, ya que como todos saben, a los ángeles dedican todo su tiempo a cantar en los Cielos la grandeza de Dios, y no podían dejar que pasara una oportunidad como ésta. Y entonces viene lo grande… ¡anamnesis platónica! Y todo queda infinitamente más claro. Me doy cuenta de que todos estamos desnudos, pero nadie siente vergüenza, porque no hubo manzana ni pecados, y las paredes de la iglesia de San Luis de los Franceses cayeron en algún momento para dejar al descubierto un inmenso valle lleno de flores, de arco iris, de pastores, de golondrinas y de fuentes, y sentimos algo que ni siquiera pudo sentir Fray Luis de León escuchando a Francisco de Salinas.

   Pero todavía queda la gran sorpresa de la noche, el invitado especial, porque tanto buscar y llamar al Amado Amancio Prada, que al final Dios tuvo que hacer acto de presencia. Entró con el austro silenciosamente y se sentó en un oscuro rincón, tratando de no llamar la atención. Cualquier otro artista se hubiera sentido orgulloso, pero Amancio no se percató de su presencia, sino que siguió entregado a su música. Y Dios en el rincón, rodeado de sus ángeles adoradores, sonreía de vez en cuando, e iba marcando el ritmo con sus pies. Pero los demás no pudimos soportarlo, porque todo lo anegó un líquido que era mezcla de ámbar y de una sustancia mística indescifrable –que no existe en nuestro mundo–, y que probablemente sea el olor de Dios. Este líquido, que nos llena de heridas, nos va ahogando lentamente y hace que una buena parte del público sufra desmayos dichosos. Y anegándome el alma con esa ráfaga de luz y sombra me siento cada vez más cerca de desfallecer y de reunirme con mis antepasados, lo cual me produce una desbordante alegría. ¡Oh sentidos desgarrados!, ¡oh muerte delicada!, ¡oh dolor suave, olvido blando! ¡Cuánto amor y cuánta dicha unido a tu seno! ¡Y cuánta vida se me va colando por los poros de la muerte, recostado en tu vientre!

   Lo cierto es que poco más recuerdo, porque en aquel momento perdí la conciencia de mí mismo, y sentí que formaba parte de algo mucho más importante. Pero nada más. Mi siguiente recuerdo fue que la música había acabado. Alguien había vuelto a construir las paredes de la iglesia de San Luis de los Franceses, porque los muros, el techo, el altar y los cuadros habían vuelto a su sitio original. Todo parecía como antes de la música, y de Dios sólo quedaba una especie de aliento mezclado con olor a incienso, pero por lo demás ni rastro, como tampoco había ni rastro de los ángeles cantores. Amancio Prada descansaba sobre su asiento, entre las dos hermosas violonchelistas. Poco a poco el público iba volviendo a la vida, apenas sin fuerzas para aplaudir, aunque los aplausos estaban de sobra, porque la mejor recompensa para Amancio era ver los rostros serenos y apacibles del público. Con una pereza inmensa por la vida nos íbamos levantando, pero como estábamos confusos y desorientados nos chocábamos unos con otros, y contra las paredes, y nadie acertaba a encontrar la salida, y mientras tanto Amancio riendo en el altar, y el público saliendo a la calle, donde todo es humano y cotidiano. Pero dentro de nosotros, en cada uno de nosotros, queda un trozo de Amancio buscando a su Amado, recordándonos que la vida es sólo parte del camino, y que el premio de vivir está al final.

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