C. S. Lewis

C. S. Lewis

   El profesor C. S. Lewis propuso en algunas de sus obras -en el ensayo “El buen gusto” de su recopilatorio De este y otros mundos y en El placer de leer– una teoría bastante revolucionaria para su época a través de la cual se podrían catalogar los libros según su calidad literaria. El gran salto de Lewis consiste en dejar a un lado al texto superando las teorías inmanentes del formalismo y del estructuralismo -a pesar de que la estilística sea un método inmanente y se haya mostrado como el más eficaz para demostrar la calidad de un texto-. La teoría de Lewis está en la línea de las famosas teorías de Roland Barthes, que junto a Julia Kristeva, hace que el estructuralismo evolucione en los años 70 hacia una consideración completamente diferente de la literatura, al postestructuralismo, a través de los textos de Bajtin. Tampoco hay que olvidar en este sentido la hermenéutica de Hans-Georg Gamader, en la que prima ante todo la multiplicidad de interpretaciones de un mismo texto, según las diferentes circunstancias del lector -incluso diferentes interpretaciones dentro de un mismo lector-. Pero la crítica de Lewis va más encaminada hacia la teoría de la recepción, que tiene uno de sus máximos exponentes en la Obra abierta de Humberto Eco. En todas estas teorías, como nos viene a decir Lewis, la importancia no está tanto en el texto sino en el receptor, y en la manera en que ese texto es recibido.

   Lewis no deja de ser un tanto idealista cuando se propone la distinción entre buenos y malos lectores. Gracias a esta distinción se puede llegar a decir fácilmente que los buenos lectores son los que leen los buenos libros y los malos lectores los que leen los malos libros, consiguiendo así una jerarquización de los valores literarios. Un mal lector puede hacer malas lecturas de un buen texto -entendiendo “bueno” y “malo” en parámetros de calidad-, e incluso un buen lector puede hacer malas lecturas; sin embargo, un texto del que se pueda hacer una sola buena lectura ya supone que ese texto pueda ser bueno, aunque la crítica o los valores establecidos consideren que sea un mal texto. Es una de las formas eficaces para explicar que un texto que hoy sea considerado como bueno mañana pase a considerarse como malo o viceversa -como pudo ser el caso de tantísimos autores, Góngora entre ellos-. Porque dependiendo de la época en la que nos encontremos los valores establecidos cambian, y por lo tanto la consideración estética de los textos.

   El primer problema que se le plantea a Lewis es definiar a los buenos y a los malos lectores. En primer lugar se ve en la necesidad de definir las buenas y las malas lecturas. No parecen completamente convincentes los criterios que Lewis utiliza, porque son tan subjetivos y arbitrarios que bien se les podría dar la vuelta. Lewis parte del presupuesto de que un mal lector es aquel que utiliza la literatura -o el arte en general- para algún fin en concreto. El problema está en las implicaciones del verbo utilizar, que engloba una amplia gama de situaciones, desde el lector que proyecta sus sueños y frustraciones en la literatura hasta el lector que encuentra en ella un modo de evasión de la realidad. Para Lewis la literatura es un fin en sí mismo, y por lo tanto no se puede utilizar, sino sólo para obtener placer estético. Parece que Lewis defienda una visión del arte demasiado pura, limpia de todo tipo de impurezas humanas, en la pintura el color y en la música la nota, libre de toda emoción. En la literatura no es fácil aplicar este criterio, porque la palabra es ya una evocación de algo, está cargada de todos sus usos, como señaló Bajtin. Y todo ese peso se actualiza cada vez que aparece en un texto.

   La solución que plantea Lewis a este problema es la relectura. La relectura es la máxima expresión de un buen lector. La relectura no va encaminada hacia el contenido, sino hacia la forma, porque el contenido sólo atrae al lector en la primera lectura -o en las sucesivas siempre y cuando se olvide el argumento-, pero si el lector sigue acercándose a ese texto, sintiendo la emoción y la sorpresa de la primera lectura, a pesar de que sea un texto de sobra conocido, entonces estaremos sin duda ante un buen lector. Es la forma y no el contenido lo que hace que el lector se acerque al texto una y otra vez.

   Un problema no menos pequeño es el que se plantea a la hora de decidir quiénes son los buenos y quiénes los malos lectores. Según Lewis, los malos lectores son fáciles de identificar: leen un libro como si leyeran un periódico, cuando cierran sus tapas lo olvidan para siempre, jamás hablan de él, ni de la literatura en general, y cuando se les plantea una relectura suelen decir ¿para qué?, si ya lo he leído. El buen lector está tan preparado que está cualificado para hablar de ello y manifestarlo. Pero por más esperanzas que tengamos de que sea así, es imposible situarnos en la mente de cada lector y saber lo que están sintiendo en cada momento de la lectura. Lewis aconseja prudencia ante todo, y la necesidad -por otra parte obvia- de no juzgar un libro sin haberlo leído y sin tener los juicios de los lectores más especializados y maduros. Su método acaba cayendo en el mismo error de siempre, en el criterio de autoridad, aunque es lógico pensar que la crítica universitaria esté formada por los lectores más preparados.

   Al menos intentó encontrar una forma eficaz de establecer jerarquías, pero parece que el método es demasiado deficiente. A lo que lleva este método es a plantear que un mal libro tal vez no sea un mal libro, porque puede existir un sólo lector que haga una buena lectura de ese libro. De esa manera es imposible juzgar cualquier libro -y de hecho Lewis siempre se muestra contrario a la crítica literaria-. Es un intento muy loable el de Lewis, pero desgraciadamente no ha sido tan productivo como él hubiera esperado, aunque aún hoy en nuestros días la teoría de la recepción tiene un gran peso en el mundo de la crítica y de la teoría literaria. Algunos seguimos pensando que el camino que ha dado mayores y mejores frutos es la inmanencia estilística, y tal vez alguien se atreva algún día a resucitarla y a aplicarla a los autores del siglo XX, algo que sólo podría hacer un teórico y un crítico de la capacidad y de la genialidad de Dámaso Alonso.

Comentarios

comentarios