Stultifera navis

Stultifera navis

   Como ya he señalado en uno de mis artículos anteriores titulado Maestro, quíteme la piedra, me llamo Lubert Das, la locura ha acompañado al ser humano desde sus orígenes, como demuestra la existencia de cráneos trepanados del neolítico, con unos 10000 años de antigüedad. En un primer momento se asocia este estado ajeno a la razón a un castigo divino. A partir de la Grecia clásica surgen los primeros intentos por estudiar sistemática y científicamente la locura, aunque los progresos se van sucediendo tan lentamente que aún hoy en nuestros días somos incapaces de encontrar una explicación completamente satisfactoria. Además, hay que tener en cuenta que a pesar de los graduales avances de los tratados médicos, el loco ha continuado siendo un estigmatizado social prácticamente hasta hace poco. Las repercusiones de estos tratados han sido casi nulas; y en cambio, han primado las interpretaciones de castigos divino, y la necesidad de utilizar métodos para combatir la locura apoyados en consideraciones religiosas y litúrgicas.

   Este desfase entre los tratados científicos y el mundo práctico encuentra su mayor exponente en la Edad Media. Sólo así se puede explicar que una obra como el Malleus MaleficarumEl martillo de las brujas–, publicada en el año 1486 por los frailes dominicos alemanes Johan Sprenger y Heinrich Kraemer, una obra carente por completo de base científica y donde la enfermedad mental se plantea como una posesión demoníaca cuya única solución es la tortura y la muerte, desencadenara una cacería de brujas de tan desproporcionadas dimensiones. Parece que la influencia del Malleus Maleficarum es superior a la obra titulada Sobre enfermedades que privan de la razón, publicada por Paracelso en esos mismos años. Esta obra de Paracelso está en la línea sistemática y clasificadora desde Hipócrates hasta Maimonides; sin embargo, parece que no cuenta con la completa aceptación de la sociedad medieval y de la Iglesia. Hay que decir que la Iglesia ha causado no poco daño con sus consideraciones supersticiosas y acientíficas acerca de la locura, y que la mayor parte de las soluciones drásticas que se ofrecen a este problema proviene de este sector.

   Uno de los remedios más comunes era la extracción de la piedra de la locura, que no necesariamente corría a cargo de un eclesiástico, aunque la Iglesia sí solía ser bastante permisiva con estas prácticas. Como resultado de esta primitiva operación el paciente tenía tendencia a morir, y en el mejor de los casos sufría daños cerebrales irreparables. Los métodos de la Iglesia eran más drásticos, ya que consistían en exorcismos, torturas y cremaciones. Otro de los remedios para librarse del elemento perturbador, que se pone de moda sobre todo en el Renacimiento, es la llamada stultifera navis o nave de los locos. Se extiende a modo de símbolo por toda Europa, sobre todo a través de las obras de Sebastian Brant, de Pieter Brueghel, del Bosco y de Alberto Durero, aunque no sólo se difunde por estos autores, sino que era un símbolo comúnmente aceptado en la época, cuyo origen no parece estar del todo claro, también presente en las fiestas y carnavales celebrados en las fiestas de locos de Bramante o Basilea.

Revisión actual del mito de la Stultifera navis

Revisión actual del mito de la Stultifera navis

   En 1494 Sebastian Brant publica en Basilea una obra conocida como Narrenschiff o Stultifera navis. Este libro es un largo poema compuesto por 2079 octosílabos pareados en donde se narra el viaje de 111 personajes de diferentes clases sociales a un país llamado Narragania (Narr: loco, bufón) o también traducido como Locagonia. Existe además una segunda nave tripulada por cuerdos que se dirige a la tierra de la Cucaña o país de la eterna juventud.

   El símbolo del barco ya había sido utilizado anteriormente, por ejemplo en el poema alegórico del siglo XIV de Guillermo de Deguilleville titulado El peregrinaje de la vida del hombre, en el que la nave es la Iglesia, tripulada por clérigos y prelados, que conduce al hombre por el mundo. El poema de Brant se basa en el ciclo de los Argonautas, que se había vuelto a poner de moda, junto al resto de temas mitológicos, a comienzos del Renacimiento. Supondría una inversión del tema, puesto que el tratamiento que hace Brant es satírico. Cada uno de los tripulantes de la nave de Brant encarna uno de los vicios de la sociedad, de tal forma que la obra sirve para denunciar la condición mundana del ser humano.

   Hay que recordar una vez más que en el Renacimiento el término loco no se utilizaba únicamente en el sentido de perturbado mental, sino también como sinónimo de estúpido o tonto; aunque el loco también hace referencia a esa doble naturaleza humana, de razón y deseo, a los dos lados de la misma moneda, a los caballos platónicos, al lado dionisíaco y apolíneo. El Narrenschiff de Brant juega una vez más con la polisemia de este término, como todas las obras de la época. De hecho, este poema influyó profundamente a Erasmo de Roterdam en la elaboración de sus Adagios y del Elogio de la locura. Influye en el Elogio de la locura hasta tal punto que Erasmo toma del Narrenshiff la estructura narrativa que convierte no al autor en el narrador sino a la propia Locura alegorizada. En el Narrenschiff como en el Elogio de la locura este personaje realiza su propio panegírico, consiguiendo hacer una sátira social de sus contemporáneos.

Página del Narrenshiff de Sebastian Brant

Página del Narrenshiff de Sebastian Brant

   El éxito de esta obra fue fulminante, y encontramos desde adaptaciones al inglés –por Alexander Barclay– traducciones al castellano –la de J. Locher–, e incluso continuaciones, como la Stultiferae naves de Jodocus Badius Ascensius. Ahora bien, Michael Foucault plantea en su Historia de la locura en la época clásica que el Narrenschiff de Brant podría tener una existencia real, como navío que recorría los ríos de Renania y los canales flamencos con su cargamento de insensatos, despojando a las ciudades de la enorme carga que éstos suponían.

   En un plano simbólico el navío puede significar el peregrinaje de los locos en busca de la razón, y su purificación a través del agua por la que navegan, ya que todo viaje y toda búsqueda suponen una purificación y un paso más hacia la perfección. Pero detrás de toda esta simbología los locos tal vez podían ser arrojados por la borda, consiguiendo así eliminar aquello que resulta amenazador o ridículo para la sociedad. Se nos revela así otro método cruel y despreciable de limpieza de la locura.

   Algunos años después de que Brant escribiera su poema el Bosco realizó su obra titulada La nave de los locos. El Bosco conoció el poema de Brant, pero no tuvo por qué basarse necesariamente en él, ya que la simbología estaba muy difundida en la época.

   La ambientación del lienzo recuerda a la parte central de El jardín de las delicias. El cuadro del Bosco participa de todos los elementos propios de la Stultifera navis, con los bufones con orejas de burro, los clérigos, el vino, la bandera y los cantos. El Bosco introduce algunas novedades, como de costumbre, sobre un viejo tema. Así limita la figura del bufón con orejas de burro a un único personaje que bebe vino, y los clérigos a tres. El resto de personajes son representantes del pueblo. La presencia de personajes eclesiásticos tiene una doble función: por una parte son aquellos que guían la nave cargada de locos, entendiendo el símbolo del barco en su sentido original, como la Iglesia que salva a sus tripulantes de la locura y les conduce a la razón, a través de la purificación del agua. Una segunda lectura, con la que juega el Bosco, es la de los eclesiásticos participando en la locura de todos los tripulantes. Así es como hay que entender a estos personajes dentro de la nave, ya que aparecen cantando con los locos, o sosteniendo una jarra de vino en el caso de una de las monjas.

   El Bosco introduce por tanto a la Iglesia dentro de la crítica que hace hacia la estupidez y la hipocresía de la época. Es una crítica en la misma línea que su cuadro La extracción de la piedra de la locura, en donde también aparecen clérigos a cargo de la macabra operación, pero al mismo tiempo formando parte de ella –así la monja aparece en este cuadro con un libro cerrado sobre la cabeza y una expresión de estupidez y aburrimiento en el rostro–. En La nave de los locos la Iglesia aparece formando parte de esos locos, y probablemente como los más locos entre los locos.

La nave de los locos de El Bosco

La nave de los locos de El Bosco

   Pero los lienzos del Bosco nunca están faltos de simbología contradictoria. En este caso hay que señalar la lechuza que otea el horizonte en el mástil a modo de gaviero; e incluso parece que fuera señalando el camino. La lechuza es el animal de Atenea o Minerva, diosa de la sabiduría, y por lo tanto, este animal se utilizó a lo largo de la Edad Media para representar la sabiduría. ¿Cómo es posible entonces que un símbolo de la sabiduría presida y dirija la nave de los locos, de la estupidez? Como suele ocurrir con el Bosco, sus cuadros siempre están abiertos a una interpretación variable. ¿Acaso quería indicarnos el Bosco que detrás de la locura y la estupidez siempre se encuentra la razón?, ¿o más bien que la razón es la que dirige a la locura? De ser así, no quedaría muy claro si la crítica del Bosco va dirigida hacia la locura o hacia lo que se considera habitualmente razón. Si el Bosco no hubiera introducido esta lechuza, que queda medio oculta y como en un segundo plano, su cuadro habría sido muy similar al de otros autores de la época y no habría aportado nada nuevo. Pero este autor consigue innovar y extrañar en cada uno de los temas que trata.

   Sea cual sea la interpretación del cuadro, está claro que el Bosco apunta hacia la doble naturaleza que existe en todo ser humano, razón y locura, los dos lados de una misma moneda. Porque no es posible encontrar ninguno de ambos estados de forma pura en ningún individuo. Y los cuadros del Bosco precisamente consiguen tocar esa fibra invisible en donde la razón y la locura se tocan. Esto se debe al tratamiento que el Bosco hace de los temas, ya que al mismo tiempo que logra alcanzar una enorme coherencia en cada uno de sus lienzos y transmite una información concreta, se ayuda de elementos ajenos a la razón para completar la expresión, como por ejemplo de elementos oníricos. Es este rasgo precisamente lo que hace que el Bosco sea muy superior al surrealismo que se vino a cristalizar en los años 20 del siglo XX. El surrealismo pretendía aislar la locura completamente y dejar olvidada la razón, pero esta simplificación maniquea de la realidad no llegó a dar frutos productivos al nivel del Bosco, que es mucho más complejo y completo.

   Existe una conexión evidente entre La nave de los locos y La extracción de la piedra de la locura. Ambas obras son una alegoría del hombre en el mundo, de la estupidez y de la barbarie humana; porque la nave de los locos, al igual que la piedra de la locura, es un símbolo que sigue plenamente vigente en nuestros días. Y a veces es inevitable pensar que el mundo es una gigantesca nave y que nadie se salva de la locura, una nave que no se sabe bien hacia dónde se conduce, pero probablemente a Narragonia, el país de los locos y de los tontos, porque aquellos que dirigen la nave son precisamente los más estúpidos y locos. Todos participamos del viaje, pero en diferente medida, porque algunos nos quedamos en un reducido rincón de la cubierta. Sin embargo, es imposible no confesar que formamos parte de la nave, y que aunque algunos sean más estúpidos que otros, todos vamos hacia el mismo sitio. La nave de los locos es uno de los símbolos más certeros que hayan podido crear sobre el mundo y sobre el género humano. El barco sigue navegando, pero yo me pregunto, ¿hacia dónde va?

   Michael Foucault, Historia de la locura en la época clásica (2 tomos), México, Fondo de Cultura Económica, 1991

Comentarios

comentarios