Viaje a la luna

Viaje a la luna

   Me pregunto qué debieron pensar los treinta y tres asistentes de la primera proyección de cine realizada por los hermanos Lumière el 28 de diciembre de 1895 en el Gran Café, en el nº 14 del Boulevard des Capucines cuando vieron a un tren en la pantalla avanzando hacia ellos. Entre esos asistentes había un joven mago de treinta y cuatro años de edad, director del famoso y prestigioso teatro Robert Houdin, llamado George Méliès. Estas son las palabras que Méliès dejó escritas en su diario: “en frente de una pequeña pantalla, similar a las que se usan en proyecciones, y, después de unos minutos, apareció sobre ella una fotografía de la Plaza Bellcour en Lyons. Un poco sorprendido, me volteé y le dije a mi vecino, “¿nos trajeron acá para ver proyecciones?, yo he hecho eso desde hace diez años”, pero apenas dije la última palabra un caballo jalando una carreta comenzó a caminar hacia nosotros seguido por otros vehículos y después por un transeúnte. Pronto, por todo el rebusque y el ruido de una calle. Nos sentamos ahí, con nuestras bocas abiertas, sin hablar, llenos de asombro“.

Cartel de la primera proyección de los hermanos Lumiére

Cartel de la primera proyección de los hermanos Lumiére

   Era la primera proyección de cine realizada. Thomas Edison había inventado el cinematógrafo dos años antes, en 1893, pero no le dio importancia alguna. El cinematógrafo, parecido al kinetoscopio, pero en donde las imágenes salían de la caja –la gran ventaja del cinematógrafo es que la pantalla permitía que hubiera más de un espectador al mismo tiempo–, fue patentado por Louis y por Auguste Lumiére. George Méliès quedó tan fascinado por las posibilidades del artefacto que al terminar la proyección pretendió comprárselo al padre de los hermanos Lumiére, Antoine Lumiére, por 10000 francos, una suma más que considerable. La negativa de Antoine Lumiére fue rotunda, ya que según decía, no quería estafar a Méliés con un juguete de fin de siglo que carecía de futuro. George Méliès estaba tan empeñado en adquirir un proyector que finalmente acabó comprando en Londres un aparato similar llamado bioscopio a Robert W. Paul. Finalmente inventó su propio proyector, el kinetógrafo.

   En un principio Méliès proyectaba en su teatro Robert Houdin las películas de Edison y de los hermanos Lumiére; pero pronto se decidió a rodar sus primeras películas, y el 4 de abril de 1896 abrió el primer cine de la historia. Las películas de los hermanos Lumiére no pasaban de ser meros documentales, como la salida de los trabajadores de una fábrica, una jugada de cartas o un tren llegando a una estación. Estos primeros trabajos son simplemente tanteos de las posibilidades que ofrece el cinematógrafo, pero al mismo tiempo, no se plantea la posibilidad de ir más allá del simple juego y de la curiosidad infantil. El gran mérito de Méliès, lo que hace que se le conciba como el padre del cine, es el hecho de plantearse que a través del cine se podía crear ficciones, no ya documentales que reflejaran la realidad, sino historias imaginarias, equiparándose en su uso de la fantasía con otras artes.

George Méliès

George Méliès

   Para tal concepción del cine fue decisivo un error ocurrido en 1896 cuando su cámara tomavistas sufre un atasco y se detiene, aunque Méliès sigue rodando. Más tarde, en la proyección de la película, Méliès descubre asombrado el primer efecto especial de la historia del cine. Así describe ese momento en sus memorias: “La cámara que usaba al principio un aparato rudimentario que con frecuencia se dañaba y se negaba a moverse, produjo un día un efecto inesperado cuando estaba fotografiando, prosaicamente, la Plaza de la Ópera. Me tomó un minuto conseguir que la cámara volviera a funcionar, pero durante ese minuto la gente y los carros, por supuesto, se habían movido. Cuando proyecté el film, después de un rato de descanso, de pronto descubrí que un ómnibus se convertía en un coche fúnebre y los hombres se convertían en mujeres. El truco de la substitución había sido descubierto“. A partir de ese momento Méliès explora prácticamente todas las posibilidades que ofrece el cinematógrafo en cuanto efectos especiales, consiguiendo unos resultados espectaculares.

Desaparición de una dama en el Robert Houdin

Desaparición de una dama en el Robert Houdin

   En el año 1897 funda en las afueras de París, en Montreuil-sous-Bois, el segundo estudio cinematográfico de toda Europa –el primer había sido el Black María de Edison–. En estos estudios Méliès llega a rodar entre 1896 y 1912más de cuatrocientas películas de ficción. La primera de ellas es la famosa Desaparición de una dama en el Robert Houdin, en donde Méliès actúa en el papel de mago convirtiendo a una actriz, Jeanne D’Alcy, en esqueleto, y después de nuevo en una persona viva. Gracias a Méliès, que era mago, la magia entró en el cine, ya que este artefacto permitía conseguir cualquier efecto visual imaginable, ya fueran transformaciones, desapariciones, cabezas que se inflan hasta explotar, o cabezas que se separan de sus cuerpos, cuerpos que se reconstruyen, viajes a la luna, hombres que vuelan, etc. Todo es posible en un corto de Méliès. Es increíble pensar que películas que se ruedan a finales del siglo XIX y principios del XX tengan tal cantidad de efectos especiales, algunos de ellos de una calidad que no ha sido superada hasta recientemente, con la irrupción de la informática en el cine. Méliès inició una andadura en el cine, el camino de los efectos especiales, que no tuvo una escuela que heredara directamente su estética. Sólo cabe recordar que D. W. Griffith, el genio norteamericano indiscutible de la nueva generación de cineastas, pese a confesar que se lo debía todo a Méliès, no refleja una influencia tan directa en sus filmes, caracterizados por su grandiosidad y su maestría –y es que Griffith revolucionó el cine con sus grandes superproducciones al más puro estílo Hollywood–. Otros conocidos homenajes son los que hacen Charles Chaplin, que lo llamaba alquimista de la luz, o Buster Keaton, que admitía haber querido rodar siempre El hombre orquesta. Las influencias en cada caso también son discutibles.

   Pero Méliès no se limita a hacer simples trucos de magia, aunque un corto como Ilusionismos pueda sorprender y fascinar a un espectador actual. Desde luego, es uno de los trabajos más puramente de salón de Méliès, pero seguramente ofrece una síntesis mejor que cualquier otro corto de lo que el director parisino pretende hacer con el cine. Una de las grandes aportaciones de Méliès es la introducción del mundo onírico dentro del arte. No hay que olvidar un corto como El sueño del astrónomo, que es un claro preludio de su más famoso Viaje a la luna. En El sueño del astrónomo aparece uno de los grandes elementos de la producción de Méliès, que será una constante a lo largo de toda su obra: el espacio exterior y las estrellas. Es evidente que Méliés no pretende realizar películas con una línea argumental clara, sino simplemente explorar posibilidades y hacer poesía con las imágenes. Él, por su parte, siempre afirmaba que su objetivo principal era entretener al público, y nunca fue consciente de que pudiera recibir el título de artista. No hay que olvidar que estamos a principios del siglo XX, en París. Todavía falta una veintena de años aproximadamente, hasta el año 24, para que los surrealistas, con André Breton a la cabeza, saquen su manifiesto en donde hablan de la importancia del mundo onírico y de lo irracional dentro del arte. Normalmente se suele decir que los surrealistas son los introductores del sueño en el arte, y como un antecedente e influencia clara se señala a Sigmun Freud; pero quedan algo olvidado otros precursores, como pudieron ser Méliés, el Bosco o Pieter Brueghel. También es precursor en cuanto a la utilización de personajes, porque Méliès introduce en sus películas a demonios, vampiros, Faustos, hipnotizadores, insectos, asesinos en serie, suicidas, etc.

   La poesía hecha imágenes hace de El sueño del astrónomo una pieza de incalculable belleza, con imágenes tan celebradas como la de la bailarina en la media luna. Es un viaje hacia lo más profundo de la razón humana, metaforizado en la luna. Poco después Méliés dirigiría su filme más aclamado: Viaje a la luna, una auténtica obra de artesanía, ya que Méliés realizó a mano los trajes de los selenitas. Para comprender lo que supone Viaje a la luna simplemente hay que compararla con una obra maestra de años más tarde de Frizt Lang, La mujer en la luna. Méliès no pretende que su historia tenga un argumento sólido, porque tampoco se lo hubiera permitido el escaso tiempo de duración de la película. Lo que realiza Frizt Lang es un film con un guión maduro y complejo, en el que se reflejan casi todas las miserias del ser humano, especialmente la avaricia y el miedo a la muerte. Pero La mujer en la luna carece de esos efectos visuales que han hecho que Viaje a la luna sea tan aclamada. Es cierto que Viaje a la luna, a la luz de los ojos actuales, es un film tremendamente inocente –aunque La mujer en la luna tampoco carece por completo de esa inocencia–, sobre todo por la escena final del cohete cayendo desde un precipicio de la luna hasta la Tierra. Pero lo que Méliès pretendía era la espectacularidad de las imágenes, como ese momento en que el cohete se estrella en un ojo de la luna, momento que ha pasado a ser el icono representativo del séptimo arte en el ámbito universal.

   Pero Méliès no tenía alma de empresario, necesario para cualquier director y productor de cine, sino que tenía alma de artista; y eso hacía que se gastara grandes sumas de dinero en producciones tal vez poco rentables. A esto hay que unir el hecho de que circularan una gran cantidad de copias piratas de sus películas –una copia pirata de Viaje a la luna llegó a manos del propio Méliès o de Thomas Edison–, y al hecho de que las productoras de Pathé y Gaumont hicieran un mayor número de películas a más bajo coste, resultando altamente rentables. Méliès se negaba a asociarse con las nuevas grandes empresas porque temía perder su libertad creadora. Después de tres años de fracasos y de derrochar dinero en producciones poco rentables tuvo que ofrecerle sus trabajos al estudio de Pathé a cambio de un reducido porcentaje. En el año 1912, trabajando para Pathé, rodó sus cuatro últimas películas, que resultaron ser un fracaso. Detrás del cierre de Star Films, la productora de Méliès hay numerosas causas, tales como sus crecientes deudas, el odio que hacia el sentía Ferdinand Zecca –mano derecha de Pathé–, la pérdida del estudio de Montreuil, la demolición de su querido teatro Robert Houdin, la pérdida de los negativos de la mayoría de sus películas, la llegada de la primera guerra mundial o el fallecimiento de su hermano Gastón y de su esposa Eugéne.

   Méliès no se dio por vencido e intentó montar una pequeña compañía de teatro con la ayuda de su hija, pero una vez más volvió a fracasar; y volvió a intentarlo con representaciones de magia. En 1925 se casa con Charlotte Stephanie Faes, mejor conocida como Jeanne D’Alcy, la actriz que protagoniza Desaparición de una dama en el Robert Houdin, y Méliès acaba trabajando a los sesenta y cuatro años en un pequeño kiosco de juguetes de la estación de Montparnasse, y allí se mantuvo en el más absoluto anonimato hasta que en 1928 Léon Druhot, editor del Ciné Journal, descubrió que el anciano que vendía caballos de madera debajo del letrero Confiserie et Jouets era Gorge Méliès. Este periodista sacó a Méliès de su anonimato y lo dio a conocer al mundo entero como pionero del séptimo arte. Méliès daba las gracias, pero seguía sin entender a qué se debían tantos elogios, cuando él simplemente había procurado buscar la forma de entretener al público. Finalmente falleció en 1938, y fue enterrado en el cementerio Pére Lachaise de París. Bajo su estatua de bronce se lee: “George Méliès: creador del espectáculo cinematográfico”.

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