Pablo Neruda

Pablo Neruda

   Hoy, Día del Libro, quería recordar una vieja polémica que se va renovando cada cierto tiempo en mi vida. Es la polémica más vieja que el mundo, la batalla entre el arte y la vida, entre la literatura y lo real, entre el conocimiento libresco o el conocimiento vital. Mi admiración es absoluta hacia personas como Menéndez Pidal, Jorge Luis Borges, Dámaso Alonso, o Manuel Alvar, que fueron capaces de sacrificar sus vidas para dejarnos un legado de conocimientos que aún hoy están dando frutos perdurables. Estos hombres pasaron toda su vida en bibliotecas, leyendo, adquiriendo conocimientos, o incluso manejando antiguos manuscritos, en el caso de Pidal. Gracias a su legado libresco somos lo que somos. Pero también es cierto que sacrificaron sus vidas en pos de la literatura. Pidal es tal vez el caso más extremo, aunque bien conocido es el aislamiento de Borges con respecto al mundo, que se parapetaba detrás de su ceguera, quedando dedicado por completo al mundo interior del pensamiento.

   Arte y vida parecían irreconciliables. Leer es un acto individual, que requiere cierta concentración, y para ello es necesario aislarse del mundo –puesto que desgraciadamente se ha perdido el antiguo hábito de la lectura en grupo, algo característico de una época que por lo demás se considera paradógicamente más iletrada que la actual–. Cuando leemos no podemos relacionarnos con aquellos que nos rodean. Quevedo había dicho: retirado en la paz de estos desiertos, /con pocos, pero doctos libros juntos, /vivo en conversación con los difuntos, /y escucho con mis ojos a los muertos. Conversar con los muertos es olvidar durante esos momentos a los vivos; aislarse del mundo.

   Para Andrés Amorós no es irreconciliable la vida y la literatura. En su Introducción a la literatura afirma que los libros ofrecen posibilidades que no están en la vida cotidiana de cada día, en cuanto a vivencias y en cuanto a conocimientos. ¿Cómo si no podríamos saber lo que siente y cómo vive un pirata de los mares del sur? Leyendo a Stevenson. De la misma forma que podemos conocer la vida de un agente secreto leyendo a Joseph Conrad, la vida en la Rusia represiva del siglo XIX leyendo a Dostoiewski, o la vida de un mendigo o de un príncipe del lejano Oriente leyendo Las mil y una noches. Por supuesto, Amorós no decía que esta fuera la finalidad última de la literatura, lo cual hubieran criticado C. S. Lewis u Ortega y Gasset –extracto de vida llamaba a este tipo de arte–, pero es una más de sus manifestaciones.

Precisamente sobre Las mil y una noches trata ese entrañable texto de Luis Landero llamado El cuento o la vida. Este pequeño y extraño libro, que nos habla de lo que ocurre cuando en una misma persona coincide un profesor de literatura, un escritor y un lector apasionado, como cada una de esas tres dimensiones se integran en el mismo ser, y las diferencias que pueden aportar en cada momento. La hermosas expresión el cuento o la vida se basa en la clásica expresión robinhoodiana de la bolsa o la vida. La visión que da Landero de Las mil y una noches es una de las más maravillosas que he conocido hasta el momento –increíblemente, aunque llegué a Las mil y una noches a través de Borges, fue Landero quien me enseñó su belleza–. Landero habla del poder de la palabra en esta colección de cuentos, del poder de la historia, del cuento, de la literatura. Es cierto que son los cuentos, la literatura al cabo, lo que salva a Sheherezade de la muerte. Pero también fue la literatura lo que podía hacer que un mendigo se convirtiera en rey, ya que un buen cuento podía salvar la vida y dar las mayores fortunas.

   La disputa entre la literatura y la vida seguirá abierta, como una herida que sangra permanentemente y que jamás encontrará cura. Es en esta herida abierta donde hay que situar la Oda al libro de Pablo Neruda. Es cierto que Neruda es uno de los poetas más vitalistas que jamás hayan existido, muy alejado de la poesía libresca. Neruda en sí era un ser vitalista. Pero también es en parte la imagen que él quiso crear de sí mismo, aunque por supuesto tiene mucho de real. Pero no hay que olvidar que la biblioteca del joven Neruda, la que le sirvió de formación, contaba con libros como Esquilo Sófocles, San Pablo, Ovidio, Dante, Cervantes, Dumas, Defoe, Poe, Wells, etc. A todos ellos leyó y asimiló Neruda. Sin embargo, está claro que es un poeta marcadamente vitalista. He de reconocer que su Oda al libro me deja en la boca un sabor amargo, e incluso se me puede hacer un poema insoportable. Estoy hablando por supuesto de su primera Oda al libro. Su segunda Oda al libro es un manifiesto agradecimiento a este maravilloso objeto. En su primera oda, sin embargo, Neruda se muestra claramente partidario de la vida, llegando a menospreciar y a negar incluso al libro. No pienso que sea necesario llegar a tales extremos. Es extraño lo que siento hacia este poema, porque aunque no esté de acuerdo con su contenido, su forma hace que me parezca un texto magnífico.

ODA AL LIBRO

Libro, cuando te cierro

abro la vida.

Escucho

entrecortados gritos

en los puertos.

Los lingotes del cobre

cruzan los arenales,

bajan a Tocopilla.

Es de noche.

Entre las islas

nuestro océano

palpita con sus peces.

Toca los pies, los muslos,

las costillas calcáreas

de mi patria.

Toda la noche pega en sus orillas

y con la luz del día

amanece cantando

como si despertara una guitarra.

A mí me llama el golpe

del océano. A mí

me llama el viento,

y Rodríguez me llama,

José Antonio,

recibí un telegrama

del sindicato “Mina”

y ella, la que yo amo

(no les diré su nombre),

me espera en Bucalemu.

Libro, tú no has podido,

empapelarme,

no me llenaste

de tipografía,

de impresiones celestes,

no pudiste

encuadernar mis ojos,

salgo de ti a poblar las arboledas

con la ronca familia de mi canto,

a trabajar metales encendidos

o a comer carne asada

junto al fuego en los montes.

Amo los libros

exploradores,

libros con bosque o nieve,

profundidad o cielo,

pero

odio

el libro araña

en donde el pensamiento

fue disponiendo alambre venenoso

para que allí se enrede

la juvenil y circundante mosca.

Libro, déjame libre.

Yo no quiero ir vestido

de volumen,

yo no vengo de un tomo,

mis poemas

no han comido poemas,

devoran

apasionados acontecimientos,

se nutren de intemperie,

extraen alimento

de la tierra y de los hombres.

Libro, déjame andar por los caminos

con polvo en los zapatos

y sin mitología:

vuelve a tu biblioteca

yo me voy por las calles.

He aprendido la vida

de la vida,

el amor lo aprendí de un solo beso,

y no pude enseñar a nadie nada

sino lo que he vivido,

cuanto tuve en común con otros hombres,

cuanto luché con ellos:

cuanto expresé de todos en mi canto.

   Pablo Neruda, Odas elementales

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