Alan Sokal

Alan Sokal

   No es casualidad que George Orwell y el filósofo marxista Georgy Lukács coincidieran en apreciar que cada vez con mayor profusión se comenzaba a abusar en medios eruditos de un tipo de lenguaje oscuro y pomposo, detrás del cual, sospechaban que poco o nada había, sino que era puramente forma. La crítica de ambos autores, aunque referida a aspectos diferentes del lenguaje, iba hacia una misma dirección, ya que ambos se situaban en un plano marxista y lanzaban sus ataques contra la engañosa burguesía. El primero, Orwell, exponía esta preocupación en su obra Politics and the English Language del año 1943. Orwell se refería principalmente al lenguaje político pretencioso y vacío, como elemento de manipulación de masas. George Stainer va incluso más allá en su libro George Orwell y su ofensa a la eternidad llegando a decir incluso que este tipo de lenguaje sería para ocultar y engañar. El segundo, Georgy Lukács, hacía su crítica enfocada hacia las incipientes filosofías irracionales, en las que el grado de abstracción era cada vez mayor –todo parte necesariamente de Hegel–. Por desgracia, el libro de Lukács, El asalto a la razón, como la mayor parte de las obras marxistas, se acabó malogrando y convirtiéndose en un mero instrumento de propaganda política stalinista.

   En el año 1996 el físico de la Universidad de Nueva York Alan Sokal publica en la prestigiosa revista Social Text (número 46-47) un largo artículo titulado “Transgrediendo los límites: hacia una hermeneútica transformativa de la gravedad cuántica”, plagado re referencias intertextuales entre la física y las ciencias sociales, con autores de la talla de Derridá, Julia Kristeva, Jacques Lacan o Gilles Deleuze. Poco después Sokal publica un segundo artículo titulado “Los experimentos de un Físico con los Estudios Culturales” en la revista Lingua Franca. Este segundo artículo era tremendamente revelador para comprender el primero, ya que Sokal afirmaba en él que su primer artículo era completamente falso, que no se trataba más que de una burla o parodia de un texto aparentemente serio y científico, pero que en realidad no contenía más que una sarta de disparates carentes por completo de cualquier significado. Posteriormente Sokal trata de enviar un segundo artículo a la revista Social Text, titulado “Transgrediendo las fronteras: una postdata”; pero naturalmente la revista se negó a publicarlo. Apareció finalmente publicado en el segundo semestre de 1996 de la revista Dissent nº 43. (Es también lo que yo he intentado emular en un artículo titulado “Derrumbando los cimientos del siglo XX”, donde mezclo la confusa terminología de la pragmática y de la teoría de los géneros literarios).

   La gravedad del hecho repercutió rápidamente, en uno de los estremecimientos intelectuales más importantes de los últimos tiempos. La validez de esta revista quedó en entredicho, y comenzó una polémica que ha durado hasta nuestros días. Y no es desde luego una cuestión baladí, porque estamos hablando de la publicación de un largo artículo lleno de disparates, mentiras, errores, referencias equívocas, etc., en una prestigiosa revista científica. Así quedó demostrado que cualquiera, simplemente por tener un doctorado, tiene la posibilidad de publicar en una revista científica las mayores estupideces. Pero no hay que achacar la incompetencia sólo a los editores de la revista, sino a todos aquellos que la compraron –y probablemente no leyeron o leyeron sin comprender–, sin darse cuenta, hasta que el propio Sokal confesó su engaño.

   En septiembre del año siguiente Sokal publica en colarobarión con el físico belga Jean Bricmont un libro titulado Imposturas intelectuales. Esta obra sigue la misma línea de la crítica de Sokal, atacando la oscuridad y la utilización incorrecta de términos científicos –propios de las llamadas ciencias puras o duras– por parte de teóricos de las ciencias sociales, psicoanalistas y filósofos. Sokal dedica un capítulo a cada una de las figuras claves del posmodernismo: Lacan, Kristeva, Irigaray, Latour, Baudrillard, Deleuze, Guattari, Virilio, además de intermedios para Kuhn, Feyerabend, Bloor, Barnes, Lyotard, etc. Sokal lleva a cabo un ataque directo contra el relativismo cognitivo, epistemológico y cultural. No hay más que echar un vistazo a la lista de autores criticados para observar que la mayor parte de ellos pertenece al ámbito intelectual francés, cuna principal del pensamiento posmodernista. La intelectualidad francesa, al sentir el ataque directo de Sokal sobre sus pilares lo interpretó como un ataque contra la cultura francesa en general. Así, la cuestión se dio a conocer mundialmente con el nombre de affaire Sokal.

   No voy a detenerme uno por uno en cada autor posmodernista criticado por Sokal, pero generalmente las críticas están formuladas desde la óptica del rigor científico. Afirma Sokal: Creen sin duda poder utilizar el prestigio de las ciencias exactas para dar un barniz de rigor a su discurso. Por otra parte están seguros de que nadie señalará la utilización abusiva de esos conceptos científicos (cap. 1, Impostures intellectuelles, Ed Odile Jacob, París, 1997). En una entrevista realizada por Hinde Pomenariec a Alan Sokal para el diario Clarín (miércoles 15 de abril de 1998) resumía de la forma más contundente posible la confusión que subyace en el seno de la posmodernidad: está instalada la idea de que un texto, cuanto más oscuro y hermético, más profundo es. En esa misma entrevista planteó una más que adecuada definición para el concepto de relativismo cognitivo: Básicamente es aquella idea que asegura que algo es verdadero o falso según la óptica de cada persona. Es decir, se trata de no poder distinguir claramente los hechos del conocimiento que nosotros tenemos del mundo externo. De esa manera, los hechos son vistos de diferente modo si uno es hombre, mujer o negro. Sokal no invalida completamente el trabajo de estos autores, sino simplemente señala sus deficiencias.

   Las críticas que surgieron a Sokal a raíz de estos trabajos son desde luego compresibles. El principal problema se deriva del hecho de que Sokal sea físico, es decir que formando parte de las ciencias puras, se dedique a criticar a aquellos estudiosos de las ciencias sociales. Se pone en duda la validez de los planteamientos de Sokal, teniendo en cuenta que como él mismo confiesa, sus conocimientos de psicoanálisis, por ejemplo, son escasos. Es necesario pensar que Sokal, ya que no tiene suficientes conocimientos de psicoanálisis, no está capacitado para criticar a Lacan. Está entrando en el mismo juego contra el que habla, el de acercarse a campos de los que tiene escaso conocimiento. La posibilidad de error por parte de Sokal se multiplica. La crítica, pues, debería ser llevada a cabo por algún valiente miembro de las ciencias sociales –aunque harto complicada es la tarea de contradecir y criticar a los titanes de las ciencias sociales–. Pero en este caso muchas de las contradicciones achacadas en Sokal se verían acalladas.

   Una segunda crítica se deriva de la anterior. Se trata de la falta de rigor por parte de Sokal al pretender zanjar a un autor como Lacan en quince páginas –sin saber nada de psicoanálisis, además–, teniendo en cuenta que este autor cuenta con sus Ecrits (700 páginas), más de veinte seminarios publicados post-mortem cada uno como libro, y otras varias obras dispersas (entrevistas, el libro sobre el tema de la familia, etc.). No se puede pensar que Sokal haya refutado eficazmente una obra de tales dimensiones en tan solo quince páginas. Una vez más Sokal cae en su propia trampa, ya que sus textos conllevan una evidente falta de rigor. Sokal puede criticar a Lacan desde el punto de vista de las matemáticas, pero no puede hacerlo desde el punto de vista del psicoanálisis. Por eso es necesario que surjan autores sociales que trabajen en la línea de Sokal, para limpiar el pensamiento actual de todo el oscurantismo intelectual posmodernista.

   No deja de ser curioso el cambio de pensamiento que se produce a mediados del siglo XX. En arte se habla constantemente de la alternancia entre épocas clásicas y épocas barrocas, y tal distinción ya se encuentra plenamente aceptada, aunque tal vez pueda significar una simplificación metodológica. Cabría plantearse si no ocurre algo similar en la filosofía, en las ciencias, en la epistemología –ese puente que une la filosofía con la ciencia–, y en el ser humano en general. Tal vez así se podría explicar el paso de Freud a Lacan, del estructuralismo al posestructuralismo o al posmodernismo –o al deconstruccionismo de Derrida–, del positivismo lógico al falsacionismo poperiano, en definitiva. Tal vez habría que plantearse una tendencia a la alternancia de movimientos.

   La raíz de todo se encuentra, sin duda, en el falsacionismo poperiano. Como señala Thomas S. Kuhn en su obra La Estructura de las Revoluciones Científicas, era necesario buscar una nueva alternativa para el positivismo lógico, que ya prácticamente había exprimido al máximo sus presupuestos, y del que ya no se podía esperar un mayor avance. Y desde luego, no deja de ser curioso que el positivismo lógico, que nace en Aristóteles, se mantenga casi intacto, salvo determinadas puntualizaciones y matizaciones a lo largo de la Historia, hasta entrado el siglo XX. Así era como funcionaba la ciencia, pero el avance científico de las últimas cinco décadas parece deberse a los planteamientos epistemológicos de Karl Popper. El falsacionismo de Popper ha hecho que la ciencia avance a pasos gigantescos y ha posibilitado que la tecnología se desarrolle a una velocidad abismal –cierto es que Albert Einstein jamás hubiera llegado a la teoría de la relatividad a través de la inducción–. Pero la otra cara del falsacionismo es ese posmodernismo oscuro y confuso, en el que todo es posible, porque en sus cimientos está el relativismo cognitivo –no hay duda de que parte de ese relativismo cognitivo parte de la Hermenéutica de Gadamer–, mientras no sea posible demostrar lo contrario. Paradógicamente, no hay que olvidar lo que Popper dice en En la búsqueda de un mundo mejor, del año 92: Cada intelectual tiene una primera y especial responsabilidad…una deuda (con la sociedad en su conjunto) de hacer conocer los resultados de sus estudios, tan sencilla, clara y modestamente como es capaz. Lo peor que puede hacer –el pecado capital– es erigirse como un gran profeta frente a sus semejantes y abocarse a impresionarlos con abstrusos saberes y confusas filosofías. Quien es incapaz de hablar claro debe callar y así permanecer hasta poder hacerlo. No hay que olvidar que el fin último de las ciencias es explicar el mundo, e incluso simplificar la complejidad del mundo a los esquemas mentales del ser humano; pero cuando la explicación se hace más compleja que el objeto que se está explicando, entonces algo falla necesariamente.

   Así por ejemplo, Noam Chomsky llega a formular que el lenguaje es una capacidad innata del ser humano, y que en el cerebro existen unos órganos específicos que se encargan de controlar dicha capacidad. El ser humano no tiene aún los medios técnicos para comprobar si la teoría de Chomsky es cierta o no, pero al no haber sido refutada o falsada aún, Chomsky basa todo sus presupuestos generativistas en esta primera teoría. Tal vez algún día tengamos los medios necesarios para confirmar si existen órganos encargados de controlar la capacidad del lenguaje, y en ese caso Chomsky quedará confirmado o refutado. Pero de la teoría de Chomsky a algunas de las afirmaciones de Lacan, que Sokal critica, hay un abismo. Sokal se detiene en esa famosa afirmación de Lacan que dice que el órgano eréctil es igualable a la raíz cuadrada de (-1). El falsacionismo poperiano hasta cierto punto da cobijo a este tipo de disparates, que por otra parte, como Sokal afirma, carece por completo de una base científica sólida. Entrando en el juego de Popper, ¿cómo demostrar que el órgano eréctil no es igualable a la raíz cuadrada de (-1)? Es evidente la arbitrariedad de esta comparación, pero no existe en realidad forma posible de refutar o de confirmar tal afirmación, porque no existen referencias o datos objetivos sobre los que llevar a cabo la falsación. ¿Es posible entonces hacer cualquier afirmación arbitraria e indemostrable por incoherente que parezca consiguiendo que sea considerada como seria y científica? No es mi intención invalidar a Lacan desde luego, pero es necesario admitir que sus textos están llenos de expresiones de este tipo. Sin embargo, la revolución que Lacan supone para el psicoanálisis freudiano es suficiente motivo como para tomar en serio algunas de sus afirmaciones. Yo he tenido la oportunidad de ver a Lacan dando una conferencia, y es imposible no darse cuenta de que Lacan parece más un actor o un poeta declamando unos versos que un psicoanalista serio. Pero esto no quiere decir que Lacan no sea aprovechable –y sobradamente conocida es su megalomanía, que lo lleva a intentar hacerse notorio por todos los medios posibles–.

   Ante tal panorama, el posmodernismo exige una inmediata revisión –este término que por lo demás, tan criticado era por Octavio Paz, ya que encierra la tautología tan evidente de lo que va después del modernismo, que hace referencia a lo anterior, y no al movimiento en sí mismo–. Los textos de Sokal no deben ser interpretados como un ataque directo, que implica necesariamente una defensa, sino como un toque de atención y una reorientación del pensamiento actual y de los modos de proceder. Desde luego, el trabajo de Sokal no es en absoluto definitivo, ya que tiene demasiadas carencias y es muy parcial, pero se puede tomar como punto de partida para futuros trabajos, mucho más serios y más fundamentados. Ahora que ya han pasado algunas décadas de pensamiento posmodernista, es necesario que surja alguna mente brillante para hacer un balance de todo lo que nos ha aportado y que saque a la luz todo lo que haya de vacío y de pseudocientífico. No puede ser menos que una mente brillante, porque la complejidad del posmodernismo y la necesidad de conocer con detalle a todos sus autores hace que sea una tarea reservada a alguien más especializado que Sokal. Tal vez con un poco de modestia intelectual demos pasos más seguros hacia delante, y surja un pensamiento más limpio y más claro. Porque en definitiva, las ciencias, tanto puras como sociales, deben explicar y aclarar el mundo, y no complicarlo.

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