Ángel González

Ángel González

   “Me basta así” es el poema que todos habrías querido escribir, pero no pudimos, porque Ángel González se nos adelantó, como otras tantas veces, y lo escribió de una forma en que nadie más podría haberlo escrito. Decía Vicente Huidobro en su “Arte poética” -sin duda su mejor poema, y tal vez el único- que el poeta es un pequeño dios. Huidobro partía desde un planteamiento muy distinto, el del creacionismo -o cubismo literario-, que consistía en la superioridad del mundo literario con respecto al mundo real, y en la posibilidad del poeta de hacer florecer rosas en sus poemas. No digo que este sea el punto de vista del que parte Ángel González, pero desde luego algo de esto tiene.

   El paréntesis podría parecer un elemento nerudiano, pero sé por experiencia que ya no se puede hablar de panes y de panaderos sin dar un aire a Neruda. Sin embargo, el estilo de Ángel González está muy lejo de los largos y salmódicos periodos rítmicos de Neruda, aunque sí podría recordar en cierto modo a la rapidez pasmódica de las Odas elementales. Pero Ángel González está muy lejos del exotismo de Neruda. Su estilo es sencillo, de la calle, sin grandes rodeos metafóricos. El lenguaje de Me basta así es común, como es característico de su generación poética, conversacional, como ese entonces que vuelve a retomar la idea anterior. No hay grandes rodeos. No deja de sorprender que con un puñado de palabras comunes consiga alcanzar un texto de tanta grandeza.

   El paréntesis final tiene un ritmo entrecortado, que sirve de absoluto cierre final. Pocos finales han sido tan afortunados como el de este poema. Debía ser Ángel González, y no otro, el autor de este poema; sólo él hubiera sido y es capaz de concebir la maravilla de la creación amorosa -y poética, porque no hay que olvidar que debajo de la amada de todo poeta se esconde una lectura metapoética, que habla de la creación del poema-.

ME BASTA ASÍ

Si yo fuese Dios

y tuviese el secreto,

haría un ser exacto a ti;

lo probaría

(a la manera de los panaderos

cuando prueban el pan, es decir:

con la boca),

y si ese sabor fuese

igual al tuyo, o sea

tu mismo olor, y tu manera

de sonreír,

y de guardar silencio,

y de estrechar mi mano estrictamente,

y de besarnos sin hacernos daño

—de esto sí estoy seguro: pongo

tanta atención cuando te beso—;

entonces,

si yo fuese Dios,

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar que si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra,

Lázaro alegre,

yo,

mojado todavía

de sombras y pereza,

sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello

que, en unión de mí mismo,

recuperas y salvas, mueves, dejas

abandonado cuando —luego— callas…

(Escucho tu silencio.

Oigo

constelaciones: existes.

Creo en ti.

Eres.

Me basta).

   Ángel González

   No puedo dejar de poner la versión que hacen del poema el propio Ángel González y Pedro Guerra en ese maravilloso disco lleno de poesía y música que es La palabra en el aire, porque combina la sobriedad del primero con la dulzura melódica del segundo, consiguiendo que este texto alcance aún cotas más altas de belleza artística.

   Me basta así – Pedro Guerra y Ángel González

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