Gustavo Adolfo Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer

   Es imposible no sentir una profunda decepción cuando se toma la edición de Cátedra de Rafael Montesinos y se echa un vistazo al prólogo. Es evidente que Montesinos no ha hecho más que repetir los tópicos que siempre se han dicho sobre Bécquer, poniendo de relieve su originalidad sobre las posibles influencias, más que evidentes, de Heine. De una editorial como Cátedra se espera cierto rigor en sus estudios, y más cuando se trata de un poeta tan consolidado internacionalmente. Aún más, la edición de Francisco López Estrada de Austral, siendo más aceptable y aportando importantes datos sobre el poeta sevillano, sigue siendo insuficiente, para todo aquel que quiera profundizar en la poesía de Bécquer.

   Es por eso que me he propuesto esbozar unas líneas, para desmentir el tópico general que rodea a Bécquer, que lo suele situar en la órbita del post-romanticismo, pero como romanticismo tardío, cargado de nostalgia, cuando la verdadera importancia de Bécquer se haya en su labor de prefiguración de la lírica moderna, con importantes conexiones con el presimbolismo francés. No voy a descubrir nada nuevo, desde luego, sino a repetir lo que otros demostraron con una gran profusión de estudios. Me refiero, por supuesto, a los trabajos correspondientes de Dámaso Alonso, Jorge Guillén y Carlos Bousoño; todos ellos preocupados por demostrar que debajo de la naturalidad y sencillez del poeta sevillano se encuentra un intenso trabajo de elaboración.

   Con gran acierto Rica Brown acuñó en 1941 el concepto de la leyenda de Bécquer en un artículo publicado en el Bulletin of Spanish Studies, refiriéndose al tópico que rodea al poeta sevillano, que lo ha mitificado como un ser angélico, al margen de su tiempo, por encima de la realidad. Desgraciadamente, ese tópico, la leyenda de Bécquer, después de tantas décadas, continúa tan vivo como entonces. La valoración que tiene el lector normal sobre Bécquer es la de un poeta post-romántico, o incluso romántico -o romántico tardío-, poeta del amor, de la nostalgia y de la ensoñación.

   En el siglo XVI hubo otro poeta en torno al cual se ha creado un tópico, basado en una probable lectura errónea. Se trata de Juan de Ávila, más conocido como San Juan de la Cruz. San Juan pretendió explicar sus experiencias místicas, de naturaleza inefable, a través del lenguaje. El problema que se plantea en San Juan de la Cruz es el problema que se plantean todos los poetas: comunicar lo inefable a través del lenguaje. En este sentido, San Juan y Bécquer confluyen en el mismo camino. San Juan quiso hablar de sus experiencias místicas, y eligió el camino de la expresión amorosa. Bécquer, del mismo modo, quiso reflejar su relación con un absoluto, la Poesía, y la imposibilidad de plasmar satisfactoriamente el resultado en un papel. San Juan, temiendo que pudiera ser malinterpretado, dejó escrito un comentario a sus poemas, verso a verso, en donde explicaba la clave mística y religiosa. Bécquer, de la misma forma, dejó también un comentario donde daba la clave a sus poemas: las Cartas literarias a una mujer.

   Las Cartas literarias a una mujer son un conjunto de cuatro cartas que aparerieron publicadas en 1864 en el periódico El contemporáneo. La importancia de estos breves textos es tal, que no se puede comprender las Rimas sin conocer las cartas. Bécquer también recurrió al lenguaje amoroso, pero su intención primera era bien distinta. Lo que pretendía Bécquer era expresar sus relaciones con la Poesía. Y encontramos que la teoría de Bécquer es tremendamente moderna para su época; o tal vez no tan moderna, teniendo en cuenta los pasos que estaban siguiendo algunos autores europeos, pero desde luego, todo confluía hacia la modernidad plena del siglo XX. Otro autor que precede a la modernidad es Baudelaire, a quien Bécquer conocía y admiraba, y que también tiene una gran cantidad de textos teóricos de gran valor. Porque la reflexión sobre los quehaceres poéticos son otra característica propia de la modernidad.

   En la primera de sus cartas Bécquer escribió una frase que ha sido repetida insistentemente: “cuando siento no escribo”. Es el propio Bécquer el encargado de romper el mito que le rodea, y con una sola frase. En efecto, el proceso de creación poética que sigue Bécquer es el siguiente: el poeta primero tiene la experiencia vital, que se limita a sentir, sin intentar racionalizarla, sino sólo captándola a través de los sentidos; posteriormente esa experiencia queda almacenada en su memoria, como estado poético, ya que los poetas son seres que disponen de una memoria especial, capaz de albergar aquellos detalles que pasaron desapercibidos para otros. Después de pasado un tiempo, “sereno y puro”, el poeta recrea el estado poético almacenado en la memoria, a través de la evocación. Pero lo que se evoca no es la vivencia en sí, sino el recuerdo que permaneció en la memoria. Esta evocación, a través de la imaginación, la inteligencia y el esfuerzo creativo, se convierte en visión. La visión es lo que debe ser llevado al papel. En este momento comienza la lucha con el lenguaje; porque no es posible que algo material y concreto pueda expresar algo que inefable, que se encuentra oculto en la conciencia del poeta.

   Los poemas no se basan en la realidad directamente. Como consecuencia, el poeta escribe sereno, alejado de cualquier sentimiento pasional. Es decir, que Bécquer escribiría sus supuestos poemas amorosos sin haber sentido directamente el amor. Esta separación entre escritura y vida también lo encontramos en otros autores característicos de la modernidad, como es el caso de Edgar Allan Poe, de Baudelaire -que admiraba fervorosamente a Poe- o de Paul Valery. La separación entre el individuo real y el poeta, uno de los rasgos más característicos de la lírica moderna, puede tener como consecuencia, a veces, la imposición del arte sobre la vida. Bécquer estuvo en esa línea, como señala en su “Introducción sinfónica”: “me cuesta saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido; mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales”. La muerte prematura de Bécquer impidió que supiéramos si en el poeta sevillano se hubiera dado el trágico desenlace que se dio con otros tantos poetas en los que el arte acabó por acaparar la vida, como ocurre con Gerarld de Nerval, el primer gran simbolista, que acabó suicidándose.

   Para Bécquer con el lenguaje para expresar la Poesía que anida en su interior tiene un resultado insatisfactorio. Somete a ese “himno gigante y extraño” al “hilo de luz”, que es la razón. El resultado es, según Bécquer, en todos los intentos, un “esqueleto descarnado”; es decir, escribir poemas es intentar alcanzar algo que jamás podrá ser alcanzado. Otro poeta a finales de siglo XIX se encuentra con el mismo problema: Mallarmé. Pero Mallarmé decide destruir el hilo de la razón, y liberar esos himnos extraños, dando como resultados Un lance de dados, obra que da comienzo a la modernidad, y de la que parten todos los experimentos vanguardistas posteriores. Toda la pretendida innovación de las vanguardias se encuentra ya en Mallarmé.

   Para Bécquer la Poesía preexiste al poeta y es independiente de él. Por eso que lo importante es la Poesía en sí, y el proceso creador, que es el proceso por el que la Poesía se plasma en poemas. Este proceso siempre será más importante que cada poema en concreto. Esta preexistencia del Absoluto guarda similitudes con la concepción que tenía Poe de la poesía y de la inspiración, como una especie de nota insistente y recurrente, previa al poema. También encontramos la forma como previa a la idea y al poema en Valery. Otros autores característicos de la modernidad señalaron la importancia de la forma, como Hölderlin, Novalis o Baudelaire. En todos estos poetas, además, encontramos una concepción del Amor similar; que también está presente en Bécquer. Se concibe el Amor como una fuerza cósmica que mueve el mundo, que repele y une átomos. En Baudelaire es el Absoluto, en Bécquer está relacionado con Dios, en Mallarmé con la Nada. Incluso Gautier no es ajeno a esta concepción, que sienta sus bases, como ya señaló Octavio Paz, en un filósofo poco conocido, como es Charles Fourier, y que curiosamente Breton conocía bien, pues escribió un poema en su honor.

   También hay que destacar la modernidad que supone la renovación estilística que supone Bécquer, lo cual le aleja aún más del romanticismo. El estilo romántico se caracterizaba por un excesivo retoricismo y una pesada grandilocuencia. El estilo de Bécquer se opone por completo al estilo característico en el romanticismo, como el mismo Bécquer señaló. Esto también ha sido señalado entre otros poe Jorge Guillén o por Dámaso Alonso. El estilo de Bécquer es más breve y conciso, tal vez más sincero, pero sin duda directo. Se caracteriza por los periodos cortos y concretos, por la llaneza del vocabulario. La poesía de Bécquer se puede entroncar con la poesía popular en cuanto a estilo se refiere. Las estrofas que utiliza Bécquer son cortas, y utilizan predominantemente la rima asonante, algo que años más tarde recogerán y aprovecharán muchos de los poetas de la modernidad, como es el caso de Antonio Machado.

   Por todas estas características, levemente esbozadas, y muchas más que requerirían un estudio en profundidad, Bécquer debe ser considerado no como un romántico tardío, sino como un presimbolista, a la altura de Baudelaire; seguramente superior a Verlaine, aunque más moderado en cuanto a ruptura de temas que Rimbaud y en cuanto a ruptura de formas que Mallarmé. Sin embargo, no es posible cerrar los ojos ante la modernidad que se desprende de la poesía becqueriana. Pero es necesario, para poder apreciar a Bécquer con exactitud, liberarse de la leyenda becqueriana de la que hablaba Rica Brown, y recordar aquella frase de Jorgue Guillén, de su trabajo crítico “El hombre y la obra”: “Contemplad la obra, olvidar al hombre”. Bécquer lo dijo de otra forma: “podrá no haber poetas, pero siempre / habrá poesía”. Es necesario por tanto insertar a Bécquer dentro de su contexto, que es también el contexto de poetas como Baudelaire o Rimbaud, con los que tiene numerosos puntos en común, que preludian la modernidad de la lírica del siglo XX.

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