Thomas Samuel Kuhn

   A finales del siglo XIX y principios del siglo XX la filosofía de la ciencia asiste al nacimiento de toda una serie de movimientos y escuelas de neokantianos, con Ernst Cassirer a la cabeza. Junto a este conjunto de pensadores, los trabajos de Gottlob Frege, acuñador de la lógica moderna en el último cuarto del siglo XIX, y las aportaciones de Bertrand Russell en su impecable Principia Mathematica a principios del siglo XX –sin olvidar a mentes tan lúcidas como Alfred N. Whitehead, David Hilbert y Ludwig Wittgenstein– propiciaron que tras la Primera Guerra Mundial la aparición de dos grupos de investigadores: el Círculo de Viena –con Moritz Schlick, Rudolf Carnap y Otto Neurath–, y el Grupo de Berlín –con Hans Reichenbach–. A pesar de que las conexiones con Auguste Comte, fundador del positivismo, no son tan directas como los antecedentes mencionados, a todos estos autores se los engloba bajo la denominación de positivismo lógico. La base del positivismo lógico es, con numerosas matizaciones a lo largo de la historia, el esquema científico aristotélico, basado en la inducción de hechos espacio-temporales y a partir de generalización la elaboración de leyes generales.

   Este período dura hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente. A partir de este momento, debido a la crisis del inductivismo, se abandona el esquema científico clásico y se pasa al falsacionismo popperiano. El punto de partida ya no será la observación de hechos espacio-temporales, sino las leyes generales, a partir de las cuales se lleva a cabo la contrastación con la realidad, o falsación. Si la teoría no se cumple en la realidad se falsa y se propone una nueva teoría. No importa de dónde provengan las leyes generales, ya sean de la inducción, de la inspiración de las musas o de un sueño –cierto es que Einstein nunca podría haber llegado con los medios de que disponía a la teoría de la relatividad a través de la inducción, sino sólo a través de la especulación matemática–. Popper deja una mayor creatividad en manos del científico. En el paso del inductivismo al falsacionismo se explican muchos de los cambios de paradigmas que se producen en las ciencias, como por ejemplo, el generativismo de Chomsky sustituyendo al distribucionalismo de Bloomfield. Si bien, la tesis generativista sobre el hebreo de Chomsky es del año 57, y a partir de los años 60 se produce un nuevo cambio de enfoques epistemológicos.

   En los años 60 H. Putman llama tanto al positivismo lógico como al falsacionismo popperiano concepción heredada. A pesar de ser dos enfoques muy diferentes, tenían un importante punto en común: ambos se centraban únicamente en el contexto de justificación de la ciencia, es decir, se preocupaba únicamente por la metodología de la filosofía de la ciencia, ofreciendo una visión mucho más reducida. A partir de esta década surge la nueva filosofía de la ciencia, con planteamientos que tienen en cuenta el contexto de descubrimiento, es decir, la historia y la sociología de la filosofía de la ciencia. Además, se plantea un nuevo concepto de teorías científicas. Tanto el positivismo lógico como el falsacionismo se planteaban las teorías como conjunto de enunciados; sin embargo, a partir de este momento, las teorías se van a plantear como estructuras fuertemente sistematizadas: en toda teoría científica existen unas hipótesis nucleares, que son incuestionables, y unas hipótesis marginales o cinturón protector, sobre las cuales se desarrollarán los programas de investigación –las teorías nucleares son invariables porque en el momento en que se cambian nos encontramos ante un nuevo paradigma científico–.

   La filosofía de la ciencia sigue dos líneas que se distinguen claramente: la corriente historicista y la corriente semántica. La corriente historicista se convierte en una fuerte alternativa, sobre todo a partir de las aportaciones de Thomas S. Kuhn, Paul K. Feyerabend e Irme Lakatos. El libro de Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, publicado en el año 62, es uno de los pilares fundamentales de esta corriente historicista. La obra de Kuhn propone que a lo largo de toda la historia de la ciencia se puede distinguir una serie de etapas que se repiten de forma recurrente. Habla de un primer momento de preciencia, que se caracteriza por una diversidad de propuestas. A este periodo le sigue uno de ciencia normal, en donde alguna de las propuestas se formaliza como paradigma científico y como programa de investigación. Ese programa de investigación va acumulando problemas, y llega un momento en que las hipótesis nucleares entran en crisis y es necesario que se produzca una revolución científica. Para que esa revolución pueda ser llevada a cabo deben surgir mentes científicas con una visión del mundo completamente diferente, genios capaces de abrir nuevos campos de investigación hasta entonces no imaginados, como puede ser el caso de Galileo, Newton o Einstein. Después de que se produzca la revolución científica se vuelve de nuevo a un período de ciencia normal, con una nueva crisis y revolución, y así sucesivamente, en un esquema recursivo.

   Así es como Kuhn explica toda la historia de la ciencia: el paso de la astronomía geocéntrica al sistema copernicano, de la física cualitativa y verbal de Aristóteles a la física matemática y experimental de Galileo, de la química de Sthal a la química del oxígeno de Lavoisier. Normalmente estas revoluciones, al ser llevadas a cabo por espíritus demasiado avanzados para su época, acaban en trágicos episodios, como la quema pública de Bruno o el encarcelamiento de Galileo. El esquema de las revoluciones científicas de Kuhn supera al positivismo lógico y al falsacionismo popperiano. Como Kuhn indica, en la historia de la ciencia no aparece ninguno de estos dos enfoques, lo único que se ve son unos paradigmas sustituyendo a otros paradigmas. En el positivismo lógico la ciencia avanzaba por acumulación de conocimientos científicos; y en el falsacionismo popperiano avanzaba por ruptura: una teoría científica se falsa y es sustituida por una nueva teoría científica. Como se puede comprobar, la concepción de Kuhn es mucho más amplia y abarcadora, ya que toma en parte ambas consideraciones de la concepción heredada. Por una parte toma la acumulación de conocimientos en los períodos de ciencia normal y por otra parte toma la ruptura de paradigmas en los períodos de revolución científica. Según Kuhn, la acumulación de novedades produce la ruptura.

   Como señala Jesús Mosterín, la visión de Kuhn del desarrollo científico puede resultar un tanto dramática, ya que no parece que su modelo sea completamente aplicable para el siglo XX. Así, por ejemplo, los cambios que se van introduciendo dentro de la física “son perfectamente conmensurables y constituyen casos claros de progreso científico”. Parece difícil que en pleno siglo XX se produzca una revolución científica, del calibre de las ya señaladas, que nos ofrezca una visión del mundo completamente innovadora y nos haga ver las cosas de un nuevo modo. Las revoluciones científicas ya no parecen ofrecer el carácter estridente y dramático de las renacentistas. Desde luego, es una posibilidad; pero aparentemente remota, o al menos así lo señala Jesús Mosterín. El mismo Kuhn tenía cada vez más reservas en torno a su famoso libro, y había cambiado sus ideas con respecto a la inconmensurabilidad –la no comparación de paradigmas científicos–. Durante años intentó matizar y desarrollar sus ideas sobre el desarrollo de la ciencia, pero la muerte le sorprendió en pleno trabajo el julio de 1996, por lo que no pudo concluirlo.

   Sin embargo, la corriente historicista parece haber dado todo lo que podía dar de sí, al menos en cuanto a propuestas de metateorías generales. Sus autores acabaron cayendo en el error del simple sociologismo relativista o en la historiografía de la ciencia. En cambio, la línea semanticista se ha seguido desarrollando como metateorías generales de la ciencia. No es posible ofrecer un juicio certero en cuanto al desarrollo de la filosofía de la ciencia a causa de la falta de perspectiva histórica, pero no hay duda de que estos enfoques se continuarán desarrollando y que continuarán dando interesantes frutos.

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