El libro del español correcto

El libro del español correcto

   A mediados del siglo XVI Juan de Valdés aconsejaba en su Diálogo de la lengua –no publicado hasta 1736 en los Orígenes de la lengua española de Mayáns– utilizar un estilo llano y natural, que se asemejara lo máximo posible a la lengua hablada. Semejante consejo es el que hace el autor anónimo de la Gramática de la lengua vulgar en 1559. Habría que entender estas propuestas dentro de la línea de promoción de la lengua romance, frente al latín, que ya había iniciado Dante a principios del siglo XIV con su De vulgata eloquentia. Siglos después Juan Ramón Jiménez diría que se debe escribir como se habla y no hablar como se escribe. Parecía el teatro el género literario apropiado para llevar a la práctica estos consejos; pero nada más lejos de la realidad: los primeros intentos serios de escribir tal y como se habla no aparecen hasta el siglo XX. Lo que encontramos en loa diálogos de Benito Pérez Galdós, de Echegaray –con sus altisonancias– o de los hermanos Álvarez Quintero son puro artificio –o artefacto– literario.

   El mejor momento para plasmar esta ambiciosa propuesta no podía ser otro que el año 1956, momento en que la literatura española andaba buscando su propia identidad por el cauce del realismo social. El autor fue Sánchez Ferlosio, y la obra, El Jarama. Esta magnífica obra es probablemente el intento más acertado de plasmar el lenguaje hablado. Con posterioridad otros intentaron explorar estos ámbitos literarios, como Carmen Martín Gaite o Elvira Lindo en sus artículos periodísticos.

   Pero ni siquiera Sánchez Ferlosio fue capaz de llevar a la práctica con eficacia tan ambicioso proyecto; simplemente por el hecho de que esto es imposible. El sistema gráfico de la lengua castellana no dispone de signos para representar los complejos elementos que intervienen en la prosodia, en especial, los contornos melódicos y el ritmo. Aún más, basta consultar un corpus de textos transcrito literalmente de conversaciones reales –los del grupo Val.Es.Co por ejemplo–, para comprobar que es casi imposible seguir una conversación escrita. Y a pesar de todo, nos entendemos al hablar.

   Las pretensiones de Valdés quedaron en un ideal de estilo inalcanzable. Decía además Juan Ramón Jiménez: no hablar como se escribe. Nunca dejará de sorprenderme que haya personas que esperan que los escritores hablemos tal y como escribimos, que sazonemos la conversación con oportunos y lúcidos aforismos o con citas a la postre ingeniosas y diamantinas, de autores conocidos o malditos. O tal vez esperan que siendo poetas hablemos en endecasílabos sáficos o melódicos los días entre semana y en alejandrinos los fines de semana y festivos. Cuenta la leyenda que sólo dos poetas fueron capaces de hablar siempre en verso: Ovidio y Lope de Vega. Así lo recuerda Luis Alberto de Cuenca en su poema “La chica de las mil caras” cuando dice Hablas en verso, como Ovidio y Lope. Yo añadiría algún que otro caso, como por ejemplo el de Jorge Luis Borges, que en sus numerosas entrevistas –a Olvado Ferrari o a María Esther Vázquez por ejemplo– ha demostrado manejar un estilo muy semejante al de sus ensayos en prosa.

   Pero dejando las leyendas a un lado, es poco probable que Ovidio o Lope de Vega hablaran en verso en su vida cotidiana. En el caso de Borges tal vez habría que pensar en una reelaboración de su diálogo, no así en su entrevista televisiva a Joaquín Soler Serrano. En este caso habría que pensar que Borges preparaba de alguna forma lo que iba a decir en sus entrevistas, siempre pensando en causar cierto impacto. Cualquiera que se haya acercado mínimamente al español coloquial se habrá dado cuenta de que esta variedad de uso tiene una gramática muy diferente a la de la lengua escrita, sólo hay que consultar los textos antes citados. Pero curiosamente, no somos conscientes de las estructuras sintácticas que empleamos al hablar, que se llenan de repeticiones, tautologías, vacilaciones, reformulaciones, redundancias, anacolutos.

   Como señala Antonio Briz, no es una cuestión de formación lingüística deficiente. Todas las clases sociales incurren en este tipo de construcciones. El problema es que tradicionalmente se ha venido a identificar el nivel diastrático con el nivel diafásico. Está claro que no podemos hablar a nuestros padres o amigos como hablamos a un profesor, a un compañero de trabajo o a un desconocido; de la misma forma que no se puede hablar igual sobre literatura que sobre fútbol. Cada situación lingüística exige una modalidad de uso, que no depende del nivel cultural del hablante. Este tipo de variantes –que están dentro de una escala gradual– es una cuestión pragmática, y no sociolingüística.

   De la misma forma, la escritura se produce en unas circunstancias muy diferentes a las de la lengua hablada. Empezando por el propio canal visual, que condiciona una determinada modalidad, diferente a la del canal fónico-auditivo, porque en cada caso hay, como señala Antonio Narbona, una diferente planificabilidad. Que hablemos de una forma u otra depende de una serie de parámetros que enumeraron P. Koch y W. Osterreicher en su escala gradual, entre los que me interesa destacar ahora la espontaneidad. La lengua hablada se caracteriza por su espontaneidad, y cada uno de sus participantes no tienen el tiempo necesario para pensar lo que van a decir en cada momento. Es por eso que un escritor, que puede tardar varios días en escribir un poema o una página en prosa, cuando tiene que enfrentarse a una conversación cotidiana se maneje con las mismas armas que aquellos que nunca escribieron.

   Desde luego, también depende del escritor en concreto. Yo he tenido la oportunidad de conversar con varios escritores y de escuchar conversaciones entre ellos y prácticamente se tocan todos los registros y temas. A veces se da el caso de escritores que tocan todos los temas excepto la literatura. La escala de actitudes no puede ser más variada: desde el parco Juan Rulfo hasta los desbordantes Ramón Gómez de la Serna o Pablo Neruda, que hablan de todo excepto de literatura. Y ni que decir tiene que hablar con un escritor –o artista– puede resultar en una gran cantidad de casos decepcionante. Es lo que ocurre por ejemplo con Dalí, deslumbrado en un primer momento con la necesidad de actuar en su papel de surrealista y finalmente absorbido por su propio personaje, en pos de la comercialidad –no exento al fin y al cabo de cierta cordura–. En estos casos, y aún en todos, habría que seguir el consejo que hace Jorge Guillén en su primer ensayo “El hombre y la obra”: Contemplad la obra, olvidad al hombre; porque sin duda es más interesante leer a un escritor que conversar con un escritor, sin que ninguno de los dos aspectos deje de ser enriquecedor.

   Lo cierto es, y hay que decirlo, que poco soportaríamos a alguien que nos hablara como si fuese un libro. El caso del Borges maduro es especial, porque su estilo se caracteriza por la sencillez cervantina y por lo esencial y conciso de su obra –su conocimiento de los étimos latinos hace que emplee cada palabra con una exactitud matemática–, alejada de su quevedismo de juventud; y es por eso que no se hace pesado cuando habla siguiendo el mismo estilo de sus libros, sino más bien al contrario. Aunque hay que admitir que en los últimos tiempos, el acercamiento entre la lengua escrita y la hablada, ha hecho que la escritura se llene de rasgos de oralidad, y la prensa escrita es una buena muestra de ello. Es por eso que ya no nos resulta extraño que alguien utilice en la escritura estructuras sintácticas que hace unas décadas estaban reservadas al español coloquial. Pero que este proceso se dé a la inversa resulta más complicado.

   Escribir es, al fin y al cabo, un trabajo duro y constante, que exige un gran número de horas y de sacrificios, y quien piense lo contrario poco sabe del oficio. Poco gratificante sería que después de tanto trabajo las musas nos dieran plantón, y se presentaran a deshora en el bar, entre cervezas y amigos, en el momento justo de celebrar el gol de turno con un hermoso endecasílabo, en pleno trance eufórico.

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