Nueve novísimos

Nueve novísimos

   En poesía la experimentación llega algo más tarde. Comienza a percibirse, no con la generación de los 50, sino a partir de los años 70. La generación de los 50 estaba dando frutos magníficos, y habría que decir que a periodos de gran esplendor literario deben seguirles necesariamente momentos de decadencia. En 1970 el afamado crítico José María Castellet publica una antología poética titulada Nueve novísimos poetas españoles. Esta antología no dejó indiferente a nadie, granjeándose adhesiones o desprecios en todas las manos en que caía. Los nueve poetas escogidos por Castellet se caracterizan por tener un estilo bastante homogéneo, en cuanto al contenido y en cuanto a la forma. Los novísmos suponen una ruptura radical con la literatura comprometida y el realismo social, y con todos los movimientos literarios anteriores; volviendo los ojos a las vanguardias, especialmente al surrealismo francés e introduciendo de nuevo en la literatura elementos como la escritura automática collage, citas de obras ajenas, importancia del mundo onírico, etc –de alguna forma se relacionan con el movimiento postista–. La formación de los poetas es similar a la de los novelistas, muy heterogénea, con un importante papel de los medios de comunicación de masas, el televisor y la radio, por lo que existe la conciencia de un espíritu colectivo urbano y cosmopolita. Para comprender de dónde surgen los novísimos era necesario conocer qué literatura se estaba haciendo desde los años 40, ya que estos nuevos poetas pretenden romper con todo eso.

   Es sorprendente la nómina que los compone, teniendo en cuenta los caminos tan diferentes que siguió cada uno de ellos. Castellet dividió el libro en dos partes, según la edad de sus componentes. La primera parte corresponde a los seniors, que son los mayores. Están compuestos por Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión y José María Álvarez. La segunda parte la componen la coqueluche –que es un término cariñoso que Castellet utiliza para referirse a los más jóvenes–. Está compuesta por Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix y Leopoldo María Panero –hijo de Leopoldo Panero–.

   Como resultado de esta búsqueda de ruptura radical y de experimentación frenética con el lenguaje, consiguen una poesía muy compleja, hermética, incomprensible e ilegible dirigida a un público tan reducido como ellos mismos. Ni siquiera puede hablarse del caso más extremo, de poesía de poetas dirigido a poetas, porque como indica una de las citas de Scott Fitzgerald, son unos textos que no están al alcance ni de aquellos que los escriben –es lo que ocurre con las corrientes excesivamente surrealistas, entendiendo el surrealismo no como movimiento organizado sino como influencia estética–. Precisamente fue este afán de ruptura y de escribir a una inmensa minoría lo que les granjeó no pocos desprecios, muy oportunos desde luego. Se entiende perfectamente que lo hicieran así, como reacción contra la poesía social, que pretendía buscar un público en las amplias masas del proletariado. Pero aunque era necesario tal radicalismo en postulados, para demoler toda la poética anterior y construir una nueva sobre nuevos cimientos, los extremos no son buenos, y si la generación anterior pecó por exceso de compromiso, los novísimos cayeron por el lado contrario: el del hermetismo. Posiblemente no haya nadie hoy en día que soporte leerse los Nueve novísimos poetas españoles hasta el final.

   Castellet trató de sistematizar algunos rasgos comunes a los novísimos. La única conclusión sensata a la que llega es el afán de ruptura con la poesía anterior. En contenidos introdujeron lo camp y lo snob en la literatura, es decir, mitos de la cultura popular, de la televisión, de la canción ligera, de la publicidad, en una especie de estética pop. Por otro lado, en la forma, existe un desprecio total por esquemas rítmicos preestablecidos, con tendencia general hacia el poema en prosa, o hacia interminables poemas de largos versos, carentes por completo de las nociones básicas del ritmo. El escaso número de poemas que se entiende mínimamente roza la frivolidad, con héroes prefabricados, y un grito irreverente e insolente a todo aquello que se puede considerar poesía. A veces se intentan tratar temas serios, como la guerra o el racismo, pero son tan inaccesibles que no transmiten lo más mínimo. Respetan a aquellos poetas que se adentraron en el campo de la experimentación con el lenguaje: Cernuda, Aleixandre, Neruda, Vallejo, Gil de Biedma, Octavio Paz, etc; y utilizan como modelos, además de a los surrealistas franceses, a Eliot, Pound, Cavafis, Wallace Stevens o Saint-John Perse.

   Los novísimos se atragantaron en sus propias ansias por romper con todo lo anterior, y cuando un poeta escribe versos despreciando la poesía seguramente no haga bien su trabajo. Lo más nefasto podría ser, de todos modos, identificar los años 70 con los novísimos poetas, que no fueron más que un desastroso paréntesis; y no hay que olvidar que la generación del 50 aún seguía en activo. Las vanguardias, incluyendo al surrealismo, son más interesantes por su producción teórica que por sus presupuestos llevados a la práctica en forma de textos, que en la mayor parte de los casos son ilegibles –no ocurre así con otras artes como la pintura o el cine–. Esto es aún más evidente con el creacionismo de Vicente Huidobro, por ejemplo, que es un movimiento interesante desde el punto de vista teórico, pero que no ofrece frutos prácticos de interés. Los novísimos se limitan a tomar técnicas vanguardistas, pero a ciegas, porque sus únicos presupuestos teóricos son la pura ruptura, sin mayores pretensiones. Castellet trató de sistematizar la teoría en torno a estos poetas, pero no llegó a conclusiones convincentes. Se limitó a hacer una descripción de su producción poética, similar a la ya formulada. Encargó a cada uno de los poetas que elaboraran una poética para ponerla al frente de sus poemas. Prácticamente todas las poéticas, algunas más que otras, tratan de buscar un mensaje irreverente e incluso insultante hacia la poesía y los poetas, demostrando que los guía el nefasto propósito de acabar con la poesía y de hacer otra cosa que difícilmente podría llamarse literatura. Y lo más triste es que Castellet –y también Gimferrer– se prestara a colaborar con semejante broma y lo orquestara todo.

   En términos hegelianos se podría decir que la poesía social es la tesis, los novísimos son la antítesis, y la síntesis está conformada por lo que vendría después de los novísimos. Un ejemplo perfecto de síntesis es Luis Alberto de Cuenca. No desde luego el Luis Alberto de Cuenca de Elsinore de 1972 o de Scholia de 1978, que es incluso más novísimo que los propios novísimos, y que sin embargo, consigue que sus poemas no sean insoportables, como sí ocurría con los novísimos. Como indica José Luis García Martín en Treinta años de poesía española, habría que plantearse Elsinore como una parodia de los presupuestos novísimos, llegando a una pedantería caricaturesca. De todos modos en Elsinore ya hay joyas históricas de Luis Alberto como por ejemplo “La chica de las mil caras”, “Marítima”, “Germania Victrix” o “Waht you will”. Pero por otro lado, Luis Alberto sabe conjugar esta orientación culta con un tipo de poesía de circunstancias, propias de la poética prosaica de Campoamor. Su estilo sintetiza lo más interesante de los dos extremos anteriores, alcanzando una madurez estilística y temática que sólo se consigue con una autoconciencia total de lo que se está haciendo y del discurrir histórico.

   En definitiva, los Nueve novísimos poetas españoles son un pasaje de la literatura española que más valdría olvidar, aunque la apertura a nuevos temas como el cine o los cómics y la introducción de elementos cultos o excesivamente cultos han sido facetas perfectamente recicladas y aprovechadas en la poesía de nuestros días. La autoconciencia del presente y del devenir histórico evitará caer de nuevo en extremos que sólo sirven para marcar cambios de rumbos –tal vez siempre sean necesarios–, pero de una validez estética más que dudosa. El caso es que hoy en día tenemos un mayor conocimiento poético, y ahora que podemos mirar el siglo XX por completo y que ya está en su mayor parte perfectamente sistematizado, hemos alcanzado una etapa madura en la que podemos empezar a escribir buenos poemas –y algunos como Luis Alberto de Cuenca ya lo hacen–.

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