Bomba atómica

Bomba atómica

   El arte de los micro-relatos es de los más difíciles que hay en literatura. El micro-relato, género característico más que ningún otro de los tiempos que corren, en los que nadie tiene un hueco para leer y necesita hacerlo con gran rapidez, es un cajón de sastre donde entra todo, desde epigramas, aforismos, parábolas, alegorías, hasta las ramonianas greguerías. Debido a su extensión los micro-relatos ponen el énfasis en la acción: no hay lugar para descripciones física o psicológicas ni para largos diálogos; lo importante es que ocurra algo. En un micro-relato, cada palabra es imprescindible, lo que hace que el género se acerque a veces más a la poesía que a la propia novelística -como demuestran las greguerías o los aforismos-. Irene Andrés-Suárez dijo del microrrelato en su ensayo “El micro-relato. Intento de caracterización teórica y deslinde de otras formas literarias afines”, publicado en 1995 en Teoría e interpretación del cuento: “(los micro-relatos son) como fogonazos, como estrellas fugaces que pasan ante nuestros ojos sorprendiéndonos, reconciliándonos con el sentido último de la fantasía. Joyas de origen y destino desconocidos, historias intensas, piezas de aliento corto pero firme latido que, sin embargo, pueden y deben deslumbrar como soles”.

   Era una mañana soleada del 6 de agosto de 1945 cuando, a las 8,15, cayó sobre Hiroshima la primera bomba atómica. Tres días después, una segunda bomba caía sobre Nagasaki. El pasado sábado se cumplieron 60 años desde la caída de la bomba en Hiroshima, y mañana otros 60 años sobre Nagasaki. Siempre he dicho que la grandeza de un micro-relato está en que consiga estremecer al lector, y no cabe duda de que Alfonso Sastre lo consiguió con “Nagasaki”, aunque tanta parquedad en palabras hace necesaria una pequeña explicación histórica; si bien innecesaria porque habla de hechos de sobra conocidos por todos.

   Me llamo Yanajido. Trabajo en Nagasaki y había venido a ver a mis padres a Hiroshima. Ahora ellos han muerto. Yo sufro mucho por esta pérdida y también por mis horribles quemaduras. Ya sólo deseo volver a Nagasaki con mi mujer y mis hijos.

   Dada la confusión de estos momentos, no creo que pueda llegar a Nagasaki enseguida, como sería mi deseo; pero sea como sea, yo camino hacia allá.

   No quisiera morir en el camino. ¡Ojalá llegue a tiempo de abrazarlos!

   Alfonso Sastre

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