Mahoma

Mahoma

   Lunes 8 de junio del año 632 d.C.:

   El silencio se extendía solemne a través de la cálida noche, sólo roto por la triste balada de una cigarra. Susurros con olor a templo viejo acompañaban a la melancólica melodía. Apenas eran perceptibles. Sólo pues, había silencio.

   Una joven de no más de 17 años salió a la puerta de una casa hecha torpemente de adobe. Su cara era el reflejo de una tristeza cósmica; pero bajo ella mostraba facciones delicadas de de urí virgen. Frente a la joven se encontraban decenas de sombras, figuras difusas por la oscuridad. Incluso las estrellas parecían estar tristes, y su brillo haberse apagado.

   -El Profeta no desea recibir a nadie en estos momentos –advirtió con dulzura la bella A´isa-. Presiente su muerte, ya la respira. Ha pedido soledad para meditar, para prepararse en su encuentro con Dios.

   -Pero es necesaria esta entrevista. Aún no ha delegado su poder en nadie, y si muere sin haberlo hecho… –replicó una de las sombras, Utman.

   Una mano se posó en su hombro. Utman se dio la vuelta. Era Abu Bakr, negando con la cabeza.

   -Es la voluntad del Profeta. No nos queda más que acatarlo –fueron sus palabras.

   Utman le miró con frustración. El murmullo aumentaba débilmente después de que A´isa volviera a entrar en la casa.

   -Si no actuamos con cautela puede cundir el caos en Meca. No podemos permitir que se derrumbe ahora todo aquello por lo que hemos luchado tanto –susurró Utman a Abu Bakr.

   -Tienes razón. Pero ahora lo único que me preocupa es nuestro Profeta –respondió Abu Bakr, con el rostro bañado en lágrimas.

   A´isa llegó al lecho en donde se encontraba reposando el Profeta, Mahoma. Lo miró con ternura, con desesperada ternura. Llegó hasta él y acarició sus cabellos.

   Mahoma era un hombre robusto. Sus cabellos largos, algo rizados, y tan negros como sus grandes ojos, o como el cielo de la noche que les espía. Por la amplia frente corrían grandes gotas de sudor. Bajo su nariz aguileña, unos labios enjutos, apenas perceptibles a causa de la espesa barba. Como era habitual en él, lucía una sobria sonrisa, a pesar de las circunstancias.

   Su esposa se recostó en el lecho con él, apoyando su cabeza sobre su regazo. Mojó la frente de Mahoma con un paño húmedo, pero era inútil: estaba consumido por la fiebre. Mahoma amaba a aquella mujer por encima del resto de sus esposas, tanto, que aquejado por las ansias de la muerte, había pedido permiso a todas ellas para permanecer en casa de A´isa. Sólo a su primera esposa, Jadicha, habría querido más, pero ya no era más que un recuerdo.

   -Tal vez estén más preocupados por la sucesión que por tu propia vida –comentó ella.

   -Comprendo su preocupación. Pero no estoy en disposición de tomar decisiones. En estos momentos es más importante que prepare mi alma para su último viaje. Y si saben seguir las revelaciones que Dios nos ha dado, no albergará en ellos la duda –interrumpió sus palabras a causa del terrible dolor que cabalgaba en su cabeza.

   Volvió casi el silencio, sólo interrumpido por sus rezos, y acompañados por los de los fieles que velaban en la puerta de la casa.

   Los momentos duros transcurrieron con pesadez, y la noche parecía alargarse hasta rozar el infinito, pero finalmente, se quebró. Llegó el momento. En unos instantes Mahoma habría abandonado el mundo mortal, para ser acogido en el seno de Dios, por su infinita Gracia. Este pensamiento reavivó su ánimo y apartó todos los miedos. En un momento todo aquello que permanecía en sus ojos se habría desvanecido. Acaso estaba a punto de despertar, y una gloriosa compañía le aguardaba.

Impaciente cerró los ojos. Esperó a que llegaran los ángeles Nakir y Munkar junto a él; los ángeles Negador y Negante, cuyas preguntas superaría y que le acompañarían al Paraíso. Esperó y esperó, pero no vinieron. La muerte lo había llenado ya con su aliento, y no había nada. Sólo negrura. Y tras ella, más negrura. No estaba Dios donde debía estar, allí no había nada.

   Las dudas invadieron a Mahoma, como otras tantas veces a lo largo de su vida. Acaso tuvo una suerte de revelación. Esta vez las palabras no descendieron, sino que brotaron de su interior. Tal vez no existía Dios, y las revelaciones que le habían asaltado a lo largo de su vida, eran producto de los chinns o espíritus maléficos como muchos afirmaban; o sus visiones habían sido producto de la locura como él mismo había sospechado en innumerables ocasiones. Sólo sería un poeta que habría ido más allá convirtiéndose en profeta.

   Puede que Dios no existiera. Tras la espera, más negrura, y una inmensa soledad. Todo habría acabado, después de entregar su vida a una posible mentira, y de inspirar una falsa esperanza en corazones ajenos. Todo en lo que creía amenazaba con derrumbarse.

   Abrió los ojos con pesadez. Pronto sería nada, tal vez dejaría de existir para siempre. La sonrisa se desdibujó de su rostro. Miró con eterna tristeza a A´isa. Ésta correspondió su mirada. En ella se trasmitió la desesperanza y soledad del Profeta. A´isa lo comprendió todo, pero se negó a aceptarlo.

   Volvió a cerrar los ojos. Los labios se tensaron y se relajaron, y murió.

   -El Profeta ha muerto –lloró A´isa en la puerta de la casa ante las miradas atónitas de los fieles. No dijo nada más sobre su muerte ni sobre su última revelación: silencio.

   Meca entera lloró con ella.

   A la mañana siguiente fueron celebrados los funerales por Mahoma en la misma casa de A´isa. Abu Bakr presidió la oración para los musulmanes que estaban presentes.

   -¡Vosotros, oh, pueblo de Meca! Si es cierto que adoráis al Profeta, sabed que ha muerto, pero si adoráis a Dios, sabed que Él vive y que jamás muere…

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