Ludwig Wittgenstein

Ludwig Wittgenstein

   Posiblemente haya más personas que comprendan la teoría general de la relatividad de Einstein por completo que el Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein, a pesar de las palabras de Jack C. Rosseter, que decía: “A. Einstein, cabello y violín, hacemos nuestra última reverencia; aunque sólo comprendido por dos personas, él mismo y, a veces, Dios”. Y sin embargo, Wittgenstein, en el prólogo de su obra, decía resumir el Tractatus en la siguiente línea: “todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad: y de lo que no se puede es mejor callarse”. Wittgenstein, sin embargo, no pareció hacer mucho caso de esta advertencia, porque la dificultad del Tractatus es evidente, y esto se debe a que, a pesar de su concentración y unidad, está abierto más a diversas interpretaciones que a un significado concreto. El nivel de abstracción que alcanza Wittgenstein en lógica sólo está al alcance de un puñado de filósofos o matemáticos lo suficientemente preparados, como por ejemplo Bertrand Russell, Gottlob Frege o Alfred North Whitehead. A juzgar por el carácter de Wittgenstein un profano en lógica podría pensar que el Tractatus es más el fruto de un devaneo neurótico que un sistema filosófico bien estructurado. Es posible que Wittgenstein no se hubiera convertido en la importante figura filosófica que hoy es si Russell no lo hubiera “adoptado” en Cambridge como brillante discípulo de honor, a pesar de las desavenencias entre ambos a causa del terrible carácter del filósofo austríaco.

   El carácter de Wittgenstein ha quedado perfilado gracias a sus diarios de guerra, a los epistolarios de la época, a la Autobiografía de Bertrand Russell, y a el diario personal de su mejor amigo David Pinsent. De los diarios de Pinsent, la fuente más importante para conocer a Wittgenstein, sólo se conocen los fragmentos en los que el matemático inglés habla de su amigo. La edición inglesa de estos diarios aparece en 1989, a cargo de Georg Henrik von Wright, heredero de los derechos de Pinsent, con importantes omisiones. Según Justus Noll, estas omisiones por parte de von Wright se deberían a un interés por preservar ocultas las insinuaciones amorosas de Wittgenstein hacia su amigo Pinsent. No así consiguió permanecer oculta la homosexualidad de Wittgenstein, que era manifestada en frecuentes cartas de Bertrand Russell a distintas personas. Aunque a Russell no le hace demasiada gracia la condición sexual de su discípulo –hay que tener en cuenta la época–, el filósofo y matemático siente un amor incondicional hacia Wittgenstein. Por otra parte, la homosexualidad, considerada desde un punto de vista platónico y sublimado, no era extraña a principios de siglo en el círculo de Bloomsbury, en la universidad de Cambridge y en la Cambridge Converzione Society.

   Dejando a un lado los violentos ataques de celos que Wittgenstein sufría cada vez que Pinsent frecuentaba el trato de otros seres humanos, el vienés demuestra tener un carácter difícil y duro. El apasionamiento que mostraba hacia la filosofía, comparable según Noll con el de su tocayo Beethoven con la música –que cuando componía parecía descender a los infiernos y luchar con mil demonios–, es digno por completo de admiración. Pero este apasionamiento, al igual que Beethoven, le llevaba a profundas depresiones cuando no conseguía encontrar las respuestas que buscaba; y también le llevaba a defender su propios argumentos con una violencia y vehemencia desorbitada, desoyendo los argumentos de los demás. Discutir con Ludwig era por completo inútil, ya que entraba rápidamente en descalificaciones. Pronto se granjeó el desprecio de la mayor parte de sus compañeros de Cambridge, y tuvo que abandonar la Society; aunque siempre contó con la amistad de Pinsent –y con la de Russell hasta 1921–. A pesar de su amistad con Pinsent, las peleas entre ambos fueron constantes a lo largo de sus dos viajes estivales, el primero a Islandia y el segundo a Noruega. Además de su carácter solitario –que le llevó a aislarse en Noruega antes de la primera guerra mundial–, era propenso a estados de ánimo lúgubres y depresivos, y con bastante frecuencia comentaba a sus amigos una profunda necesidad de suicidarse, algo que por supuesto no acabaría haciendo.

   ¿Qué hay sobre la forma de pensamiento de Wittgenstein? Como todo el círculo de Cambridge, Wittgenstein está en contra de la metafísica y del idealismo, y defiende que la única forma de conseguir conocimientos ciertos a través de la filosofía es con la lógica y con el uso de la razón. Pero ante la incredulidad de Russell, Ludwig afirmaba: “los agumentos no hacen más que perjudicar la belleza de una idea. Me da la sensación de estar tocando una flor con las manos sucias”. Como resultado Russell no puede sino comentar: “tiene una coraza de acero contra todos los ataques del pensamiento racional, hablar con él es una verdadera pérdida de tiempo”. Wittgenstein se deja llevar por la abstracción racional hasta tal punto que no le interesa demostrar sus ideas ni defenderlas con argumentos. El único argumento que interesa a Wittgenstein es el de su propia razón, que en ocasiones entra en desacuerdo con la razón de los demás, incluyendo a Russell. No importan cuántos argumentos pudieran oponérsele, porque Ludwig siempre creía estar en posesión de la razón, contraviniendo así a una de las reglas más básicas de la filosofía.

   En el verano de 1914 en plena primera guerra mundial –en la que Wittgenstein tomó parte del bando alemán–, en una librería cerca de Cracovia Wittgenstein adquiere la Breve explicación del Evangelio de León Tolstoi. En esta obra Tolstoi cuenta el proceso iluminativo que sigue hasta hacerse cristiano, debido a la imposibilidad de responder a las grandes cuestiones de la vida, y a la insoportable idea de concebir la existencia como producto del azar. Tolstoi explica que, al igual que Wittgenstein, llegó a pensar en la idea del suicidio, lo que hace que el filósofo vienés se sienta tremendamente identificado, teniendo en cuenta además de la barbarie por la que estaba atravesando con la guerra y por la falta de ideas filosóficas que le había sobrevenido. Tolstoi explica cómo encuentra la salvación cristiana no en la razón –no en la historia o en la teología–, sino en la fe –en la conversación con un campesino analfabeto–, que está por completo al margen de la razón. La lectura de esta obra marca profundamente a Wittgenstein, hasta el punto de que transforma el libro en un objeto fetiche que le acompaña a todas partes y que consulta constamente.

   Con el tiempo, a causa del libro de Tolstoi, y añadiendo lecturas de Kierkegaard y del místico Ángelus Silesius, Wittgenstein iría transformando parcialmente su forma de pensamiento hasta dar en una especie de misticismo filosófico. Si bien se producía este cambio radical en su pensamiento, Wittgenstein aún seguiría interesado por la publicación de su Tractatus. Russell se percata del cambio que se ha producido en él en La Haya en 1919: pinta tres manchas de tinta en un papel y enseñándoselas a Wittgenstein afirma que “hay al menos tres cosas en el mundo”, a lo que Ludwig responde: “admito que hay tres manchas en el papel, pero nada puede decirse a partir de ellas sobre el mundo en general”. La discrepancia entre ambos intelectuales llega a unos límites en que es preferible cortar todo tipo de relación, teniendo su último encuentro en Innsbruck en 1921. Para Russell Wittgenstein había echado a perder su carrera filosófica al igual que Blas Pascal había echado a perder su carrera matemática o Tolstoi su carrera literaria. (La conversión mística de Pascal no deja de estar rodeada de un halo de misterio porque parece ser que se produjo a raíz de una extraña revelación divina en 1694).

   Durante algún tiempo Wittgenstein suspenderá su trabajo filosófico y más tarde elaborará una nueva filosofía a partir de la crítica del Tractatus. Este cambio tan radical no deja de sorprender en una personalidad tan segura de sí misma y de sus convicciones; pero demuestra que en filosofía no se puede dar nada por hecho ni por seguro, ni siquiera en el exacto terreno de la lógica. Wittgenstein trató de hacerlo, y como resultado elaboró el Tractatus, pero aunque esta obra sea capital en los cimientos de la lógica del siglo XX, no dejan de ser hipótesis filosóficas.

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