Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca

Sin ti, sin ti, sin ti, con tu partida

deborándome el alma, las botellas

tiradas por el suelo y el tabaco

convirtiendo la alcoba en un infierno,

solo y sin afeitar, solo en la cama

que fue anoche tu reino, con las manos

vacías de tu cuerpo y con los ojos

heridos por la luz de tu recuerdo.

   Luis Alberto de Cuenca, Por fuertes y fronteras, 1996.

   Sólo un poeta de la talla de Luis Alberto de Cuenca lograría condensar tal grado de belleza en ocho versos que por otra parte son un prodigio de técnica al servicio de una estructura impecable, pero aparentemente desorganizada.

   El poema se abre con una desgarradora repetición «sin ti» que condensa toda la intensidad del poema al remitir inmediatamente al nevermore del estribillo del “Cuervo” de Edgar Allan Poe. El ambiente a Poe se verá reforzado además por la mención de la alcoba y de la cama. Así, desde el primer momento, el poeta plantea, con la partida, la posibilidad, como en el poema de Poe, de la muerte de la amada, pero dejando siempre el beneficio de la duda mediante un ambiguo tratamiento.

   Con unas pocas palabras, «botellas» –que no una–, «tabaco», «infierno», Luis Alberto consigue construir una ambientación completamente cerrada y agobiante, para en el último verso dar un giro brusco, un ráfaga de luz que nos golpea directamente en la cara, como si se abrieran las ventanas por completo dejando al descubierto toda la claridad del día. Para ello utiliza Luis Alberto una expresión propia de la mística, y que por supuesto encontramos en San Juan de la Cruz, en su «Llama de amor viva», que «dulcemente hiere», decía él. Frente a lo convencional del giro, el contraste con el marco anterior deslumbra por su belleza llena de sencillez.

   Luis Alberto ha preferido prescindir de forma de verbales que comprometan al protagonista de la historia. No ocurre nada. Se limita a describir una situación y a transmitir una angustia. Sin embargo, los gerundios consiguen un gran dinamismo.

   La estructura es uno de los puntos más valiosos del poema. Al igual que en el “Cuervo” de Poe –cuya elaboración desgranó el autor en “La filosofía de la composición”, en Arte poética–, Luis Alberto no deja nada al azar. Lo que más impresiona probablemente en una lectura en voz alta son los constantes encabalgamientos abruptos. Así consigue crear un ritmo entrecortado, casi jadeante, como si al personaje le costase la misma vida expresarse, o como si el espacio entre verso y verso se llenara de suspiros. El sistema de emcabalgamientos se rompe a la mitad del poema, para crear dos partes bien diferenciadas. En la primera parte la atención se centra en el ambiente y en la segunda parte en el propio personaje. Así lo indican las últimas palabras de cada verso, que debido a su posición dentro del verso quedan resaltadas semánticamente. En la estructura del poema los versos se agrupan claramente de dos en dos –la estructura de octava real ha sido deliberadamente olvidada–, quedando el primero relacionado con el último, de forma que la composición queda perfectamente cerrada. En el centro del poema, quedan pues, agrupados los dos versos de mayor dramatismo.

   Es un ejemplo perfecto de que con un escaso número de versos, ocho, un vocabulario sin pretensiones excesivamente poéticas, y con imágenes llenas de sencillez, aunque sin olvidar una estructura fuertemente trabada, se puede conseguir elaborar un texto lleno de la belleza más desgarradora.

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