Joseph Conrad

Joseph Conrad

   No puede dejar de causarme gracia que el desconfiado lector medio tenga la sensación de que le están tomando el pelo con respecto al Quijote. Y más todavía en el año en que estamos, celebrando la publicación de la gloriosa primera parte. Ese mismo lector, sin haber leído el Quijote o no habiendo pasado del primero o el segundo capítulo, piensa que no es posible que en torno a un libro pueda existir un fetichismo tan particular. En lo más profundo de su ser sospecha que está siendo víctima de un complot, ya intelectual ya editorial. Qué duda cabe de lo que ha pasado. En su confusa mente piensa que una elite de críticos pseudointelectuales decidieron cantar alabanzas de un libro, que por otra parte, no consigue enganchar tanto como El código da Vinci. Y otros tantos lectores, que iban de listos, o querían dársela de tales, siguieron a los primeros, simplemente para parecer más cultos y más inteligentes.

   No pocas veces me he cruzado con gentes de este parecer, lo hayan manifestado o no abiertamente. Uno les insiste con total sinceridad y honradez que si ama el libro no es por seguir una moda ni para parecer más culto, sino simplemente porque le ha parecido uno de los libros más sabios y bellos que jamás hayan caído en sus manos. Pero su interlocutor hace oídos sordos. Entonces llega el gran momento, la pregunta que amenaza con desbaratarlo todo.

   “¿Por qué ese amor hacia el Quijote?”, “¿por qué es uno de los mejores libros que se hayan escrito en el mundo?”, “¿por qué tanto alboroto por un libro?” Si me dieran una moneda por cada vez que me han hecho esta pregunta, qué duda cabe que sería millonario. Te paras a pensar un momento, y llegas a la conclusión de que alguien que hace ese tipo de preguntas debe ser o muy tonto o muy listo. La respuesta es, inevitablemente, la misma en todos los casos: “Me llevaría horas darte una explicación convincente a esa respuesta”. Invariablemente muestran sus caras de satisfacción, dándose por vencidos y creyendo haber derribado uno de los grandes mitos del arte universal. ¿Acaso pretenden que les resumas los cientos de tomos que se han escrito en torno al Quijote en una sola frase genial? ¿Pretenden que les resumas en pocas palabras lo que hombres de la talla de Alborg, Francisco Ayala, Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset, Antonio Machado, Dámaso Alonso, Marcel Bataillon, Gonzalo Torrente Ballester, Borges, Luis Alberto Blecua, Carlos Fuentes, Vicente Gaos, Díaz-Plaja, Jorge Guillén, López Estrada, Thomas Mann, José María Pemán, Menéndez Pidal, Martín de Riquer, Ángel Rosenblat, Alonso Zamora Vicente, Gonzalo Sobejano, etc., dijeron en profundos estudios?

   Amo el Quijote, pero no soy santo para hacer milagros. A todos ellos les dedico estas pocas palabras de Joseph Conrad, que me han parecido bastante acertadas por la belleza y la certeza que expresan. Pero yo les digo: estas pocas palabras sólo consiguen dar cuenta de uno de los aspectos que han hecho que el Quijote sea una obra maestra aclamada por todos. Como suele ocurrir en muchas ocasiones, tenemos que esperar que vengan de fuera de España para que nos laven las legañas.

   Todos los conversos son interesantes. Los más de nosotros, si me perdonan el que traicione este secreto universal, nos hemos descubierto en un momento u otro cierta disposición a perdernos por el mal camino. ¿Y qué hemos hecho, en nuestro orgullo y cobardía? Echando miradas furtivas y aguardando el momento oscuro hemos enterrado nuestro descubrimiento discretamente, para seguir luego en la misma dirección de antes y esa senda tan transitada, que no tuvimos el valor de dejar y que ahora, más claramente que nunca, advertimos que no es sino el largo camino que lleva a la tumba.

   El converso, el hombre capaz de gracia (hablo en sentido seglar) no es discreto; su orgullo es de otra clase. Abandona rápidamente la senda -el toque de gracia es casi siempre súbito- y orientándose en una nueva dirección incluso puede hacerse la ilusión de haberle vuelto la espalda a la misma Parca.

   Conversos ha habido que, por su exquisita indiscreción, han ganado inmortalidad cierta. El ejemplo más ilustre, esa flor de la Caballería, don Quijote de la Mancha, sigue siendo para todo el mundo el único Hidalgo genuino y eterno. Como saben, el delicioso Caballero de España se convirtió a una fe imperativa en una misión tierna y sublime que lo alejó del hacer y de las costumbres propias del pequeño hidalgo provinciano. Luego sería apaleado, y con el tiempo hasta encerrado en jaula de madera por el Barbero y el Cura, apropiados ministros de un orden social justamente soliviantado. (…)

   Joseph Conrad, “Un vagabundo feliz”, 1910, Notas de vida y letras.

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