Antonio Machado

Antonio Machado

   Para mí, el Quijote es, en primer término, un libro español; en segundo término, un problema apenas planteado o, si queréis, un misterio. Fue Cervantes, ante todo, un gran pescador de lenguaje, de lenguaje vivo, hablado y escrito; a grandes redadas aprisionó Cervantes enorme cantidad de lengua hecha, es decir, que contenía ya una expresión acabada de la mentalidad de un pueblo. El material con que Cervantes trabaja, el elemento simple de su obra, no es el vocablo, sino el refrán, el proverbio, la frase hecha, el donaire, la anécdota, el modismo, el lugar corriente, la lengua popular, en suma, incluyendo en ella la cultura media de Universidades y Seminarios. Con dificultad encontraréis en el Quijote una ocurrencia original, un pensamiento que lleve la mella del alma de su autor. A primera vista parece que Cervantes se ahorra el trabajo de pensar. Deja que la lengua de los arrieros y de los bachilleres, de los pastores y de los soldados, de los golillas, de los buhoneros y vagabundos piensen por él. Desde este punto de vista, el Quijote viene a ser como la enciclopedia del sentido común español, contenida en la lengua española de principios del siglo XVII. No es la cazurrería de Sancho ni la locura de Don Quijote lo que nos asombra y abruma en la lectura del libro inmortal, sino la estupenda discreción de ambos. Con esta primera y superficial visión del Quijote bien se puede decir que la característica de Cervantes es el buen sentido. Don Quijote y Sancho son dos encantadores charlatanes, que derrochan conceptos como el pródigo su riqueza y se recrean en la fácil sabiduría que fluye de sus labios. Hay cierta elocuencia en ambos, cierta complacencia en la verbosidad que revela la falta de esfuerzo mental, la ausencia de reflexión, la alegría de disparar con pólvora ajena, si se me permite la frase. Jamás descubriréis ni en Don Quijote ni en Sancho el esfuerzo para calcar fielmente la línea sinuosa del propio sentimiento. ¿Para qué este esfuerzo? A una anécdota se contesta con otra, a un concepto con el contrario, contra dos refranes hay siempre a mano otros dos, una sentencia se refuta con otra. Cervantes es, en este primer plano de su obra, la antítesis de Teresa de Ávila. En la Santa, lo rico no es el lenguaje, sino lo que pretende expresarse con él; la materia con que labora Teresa es su propia alma; la materia cervantina es el alma española, objetivada ya en la lengua de su siglo. Es en vano buscar a Cervantes, rebuscando en su léxico, con un criterio filológico o meramente lógico y gramatical. Cervantes no aparece entonces por ninguna parte -y esto ha creado el equívoco cervantino-, sino la mentalidad omnibus de la España de su tiempo.

   Pero la lengua hablada en España, con su castizo contenido mental, es la materia en que Cervantes ha trabajado, no su obra; como una estatua no es la piedra en la cual se la ha esculpido, sino las líneas ideales que en el mármol fue trazando un cincel. Hombres muy sutiles -Gracián, por ejemplo- desdeñaron el Quijote porque, sin duda, no vieron la obra, sino su materia bruta. No es, ciertamente, en la vida de Cervantes, en sus andanzas de pretendiente despreciado, de soldado sin fortuna o de mísero alcabalero, donde es preciso buscar el secreto del Quijote; pero no es tampoco en su libro, entendiendo por tal el abundante caudal de castizos lugares comunes de que está formado. El Quijote es preciso verlo, abarcarlo con una visión mental, representárnoslo, para darnos cuenta de la obra cervantina, y formularnos esta pregunta: ¿Qué hizo Cervantes con la lengua española en ese monumento único que se llama el Quijote? No se pregunta lo que haya pretendido hacer. La obra de un poeta desborda y supera infinitamente su propósito. Cervantes, acaso, pretendió no más que poner en ridículo los libros de caballerías, empresa al alcance de un Pérez Zúñiga de su tiempo; propósito trivialísimo muy propio de un ingenio de tercer orden, que nos da, tal vez, la medida del valor en que Cervantes se tasaba a sí mismo al comenzar su obra. Cierto que la mezquindad del propósito inicial contribuirá a mantener el equívoco cervantino. Pero aquí se pregunta por lo que hizo Cervantes en su libro, y esta interrogación no contestada forma parte, a su vez, de la inmortalidad del Quijote […]

   Antonio Machado, «Las Meditaciones del Quijote de José Ortega y Gasset», La Lectura, n.º 169, enero 1915, pp. 52-64.

   La crítica en torno al Quijote no está falta de apasionados e interesantes enfrentamientos entre unos estudiosos y otros. En un gran número de ocasiones estas disputas responden más a diferentes formas de concebir la vida que a la propia materia interpretativa del Quijote. Y en mitad de una de las más interesantes discusiones se sitúa Antonio Machado con la reseña crítica que hizo de Las Meditaciones del Quijote de Oterga y Gasset. No deja de parecer curioso que Machado, poco dado a escribir reseñas, haga lo propio con el libro de Ortega, pero no hay más que profundizar en las palabras del poeta para percatarse del sentido que tienen. Lo primero que llama la atención en el texto de Machado es que el libro reseñado de Ortega aparece en un discreto segundo plano, y que se utiliza como excusa para articular su propia interpretación sobre el Quijote.

   Como indica Ángel González en su conferencia «Viaje por los alrededores de Don Quijote» -a la que dedicaré en un futuro algún comentario-, Machado entra de lleno en el enfrentamiento entre la interpretación de la Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno y Las Meditaciones del Quijote de Ortega, las dos interpretaciones quijotescas más opuestas de la historia del quijotismo -hasta tal punto que se sospecha que el libro de Ortega pudiera haber nacido de una contestación al de Unamuno-. La reseña sobre éste último le sirve a Machado para defender a su admirado Unamuno, dando una valoración bastante negativa del libro de Ortega. Además de la referencia a Unamuno a través de Santa Teresa de Jesús, que posteriormente retomará Juan Ramón Jiménez, Machado resume la interpretación de Unamuno en una sola frase: «La obra de un poeta desborda y supera infinitamente su propósito»; para después añadir: «Cierto que la mezquindad del propósito inicial contribuirá a mantener el equívoco cervantino». Machado sigue a Unamuno en la consideración de un don Quijote muy por encima de Cervantes, algo que el pensador salmantino llevó a sus últimas consecuencias eliminando sin escrúpulos al escritor.

   Pero Machado no se limita a repetir la interpretación de Unamuno ni a atacar la de Ortega, sino que ofrece su propia visión. Como señala una vez más acertadamente Ángel González, la concepción de Machado ofrece más información sobre el propio Machado que sobre el Quijote. Para Machado la grandeza del Quijote está en su «lenguaje vivo, hablado y escrito», porque el gran acierto no son sus palabras, «sino el refrán, el proverbio, la frase hecha, el donaire, la anécdota, el modismo, el lugar corriente, la lengua popular». Lo que descubre Machado en el Quijote, o mejor dicho, lo que descubre el Quijote en Machado, es su amor hacia lo popular, hacia el folklore, como expresará en sus apócrifos Abel Martín y Juan de Mairena.

   Sin duda la valoración que ofrece Antonio Machado sobre las Meditaciones del Quijote fue injusta -a pesar de que me yo mismo me inclino más hacia Unamuno-, porque el libro de Ortega tiene momentos deslumbrantes y al igual que la Vida de don Quijote y Sancho, ofrece únicamente una visión parcial sobre el Quijote. Si bien es cierto, todo hay que decirlo, que el libro de Unamuno rebosa pasión y vitalidad, mientras que el análisis de Ortega es más racional e intelectual, propio de un filósofo. Es por eso que es más fácil llegar a Unamuno que a Ortega, pero no por eso el segundo deja de ser interesante y relevante dentro de los estudios cervantinos.

Comentarios

comentarios