León Felipe

León Felipe

Vencidos… – Joan Manuel Serrat

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar…

Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,

y va ocioso el caballero, sin peto y sin espaldar…

va cargado de amargura…

que allá encontró sepultura

su amoroso batallar…

va cargado de amargura…

que allá «quedó su ventura»

en la playa de Barcino, frente al mar…

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar…

va cargado de amargura…

va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.

Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura

en horas de desaliento así te miro pasar…

y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura

y llévame a tu lugar;

hazme un sitio en tu montura

caballero derrotado,

hazme un sitio en tu montura

que yo también voy cargado

de amargura

y no puedo batallar.

Ponme a la grupa contigo,

caballero del honor,

ponme a la grupa contigo

y llévame a ser contigo

pastor.

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar…

León Felipe, «Vencidos…», Versos y oraciones de caminante (I, 1920)

   Lo último que podría haber imaginado Cervantes cuando creó su hidalgo manchego fue que iba a acoger en su criatura tantas y tan diversas lecturas. De cuantas interpretaciones se le ha dado al Caballero de la Triste Figura, una de las más impresionantes es verlo enarbolar los colores de la bandera republicana, ascendido a símbolo universal de los vencidos. Con frecuencia se suele afirmar que la poesía política y de circunstancias es un mero documento histórico escrito al calor de los acontecimientos, que sin embargo se apaga cuando el hecho que la avivó desaparece. Esta interpretación de la poesía social, demagógicamente usada por los novísimos, resulta simplificadora en exceso. Aunque es cierto que algo tiene esta idea de verdad, no se debe olvidar la existencia de grandes poemas sociales. Los mismos que argumentan la pobreza de esta poesía advertirán que utilizar a don Quijote en esta causa significa politizarlo. Nada más lejos de la realidad: no importa el sentido originario que pretendiera darle Cervantes a su hidalgo, en función de la ambigüedad de William Empson o de la plurisignificación de Philip Wheelwright, es posible llenar al personaje de sentidos que no estaban previstos. He aquí la grandeza de las obras maestras.

   Don Quijote se convirtió en símbolo de aquellos que habían luchado por unos ideales justos, pero que finalmente habían sido derrotados. Como el hidalgo llevaba en su sangre la condena de un destino de vencido, todos los vencidos del mundo tienen dentro un trocido de don Quijote. Muchos de los poetas sociales aprovecharon esta materia prima para elaborar sus grandes cantos a la derrota -y de paso volver sobre el viejo tema de España, cuya herida había abierto la generación del 98-. De entre todos ellos, Gabriel Celaya, José Hierro, León Felipe, éste último escribió uno de los poemas más celebres y celebrados sobre el tema. Por supuesto me refiero a «Vencidos…».

   El momento que se escoge es el perfecto: don Quijote ha sido derrotado en Barcelona por el Caballero de la Blanca Luna en Barcelona, y vuelve hacia su pueblo despojado de su honor. Es este, junto con el momento final de la muerte de don Quijote, uno de los pasajes más patéticos y dramáticos del libro. El paisaje también está presente en el poema de José Hierro «Don Quijote trasterrado», pero el punto de vista que ofrece cada poeta no puede ser más distinto. También es muy diferente al enfoque que le da Celaya en su poema «A Sancho Panza». León Felipe se ha «materializado» en el poema para acompañar a don Quijote en su amargura, estableciendo un diálogo entre el poeta y el ideal. En el poema de Felipe no hay reproches ni críticas, sólo dolor, en una conversación de hermano con hermano. Por eso es uno de los enfoques más humanos que se han hecho sobre el tema. Queda la duda de si el poema se abre a cierta esperanza en un posible futuro de pastor, pero el bucolismo de la imagen y el conocimiento del final de don Quijote, nos lleva a pensar que se trate de una amarga ironía.

   La estrofa elegida por Felipe tiene reminiscencias de romance, por el uso del ritmo octosilábico y repeticiones en forma de estribillo, pero la disposición de la rima, en este caso consonante, sigue los criterios del poeta. El ritmo, similar al que utiliza Celaya -Celaya desde luego no podría haber usado otro-, es más acertado para el tema que el endecasilábico de José Hierro.

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