Hemingway

Hemingway

   The Toronto Star Weekly, 20 de agosto de 1921

   Casi han acabado el trabajo de condensar a los clásicos. Se trata de un pequeño grupo de entusiastas condensadores, supuestamente subvencionados por Andrew Carnagie, que han trabajado durante los últimos cinco años para reducir la literatura mundial a bocados comestibles para consumición del agotado hombre de negocios.

   Los miserables ha sido reducido a diez páginas. Parece que Don Quijote ocupa una columna y media. Las obras teatrales de Shakespeare no pasan de ochocientas palabras cada una. La Iliada y La Odisea cabrán en el texto de un componedor y medio cada una.

   Es algo magnífico poner a los clásicos al alcance del hombre de negocios cansado o retirado, aunque estigmatice el intento de colegios y universidades de poner al hombre de negocios al alcance de los clásicos. Pero aún hay un modo más rápido de presentar el asunto a quienes han de correr mientras leen: reducir toda la literatura a titulares de prensa, seguidos de una pequeña nota que resuma el argumento.

   Por ejemplo, El Quijote:

   CABALLERO DEMENTE EN UNA LUCHA ESPECTRAL

   Madrid, España (Agencia de Noticias Clásicas) (Especial). Se atribuye a histerismo de guerra la extraña conducta de don Quijote, un caballero local que ayer por la mañana fue arrestado mientras «combatía» con un molino. Quijote no supo dar una explicación de sus actos. […]

   Ernest Hemingway, “Cómo condensar a los clásicos”, artículo publicado en The Toronto Star Weekly, el 20 de agosto de 1921.

   Utiliza Hemingway con humor la mise en abyme en una doble dirección: por una parte inserta un artículo dentro de su artículo, y por otra parodia el formato periodístico al igual que el Quijote parodiaba las novelas de caballerías. A pesar del tono jocoso que adopta, el problema que está tratando desde un punto de vista crítico podría ocupar las más altas cotas de la estética. Según la distinción que Ferdinand de Saussure establece en su Cours de linguistique générale, cualquier manifestación lingüística es al mismo tiempo significado y significante. Detrás de esta doble discinción, que Dámaso Alonso llamaría sucesión temporal de sonidos y contenido espiritual, se esconde el problema de la arbitrariedad del signo lingüístico. Parece no existir una relación intrínseca entre el plano fónico y el plano semántico. Esto se comprueba por el hecho de que un mismo significado puede ser traducido a diferentes significantes, es decir, a diferentes lenguas, y el significado en sí aparentemente no cambia. La posición de la estilística de Dámaso Alonso a este respecto es clara: siempre existe una vinculación motivada entre significante y significado. El ejemplo que Dámaso Alonso plantea es el famoso verso gongorino de «infame turba de nocturnas aves». Otro posible ejemplo sería el capítulo 68 de Rayuela.

   Es Robert Louis Stevenson, entre otros, quien señala la naturaleza dual del lenguaje poético, ya que las herramientas de la literatura son las palabras, y éstas se utilizan tanto en la literatura como en el lenguaje cotidiano. Cada día estas palabras se utilizan de forma trivial, con finalidades prácticas. Las palabras están destinadas al común comercio de la vida, pero lo que hace el poeta es introducirles un componente mágico. El formalismo ruso se había planteado el hecho de que el lenguaje cotidiano está sometido a la rutina y al automatismo del hábito, y por eso los objetos se perciben de forma superficial y genérica. El lenguaje poético actúa en otro sentido, porque proporciona una sensación del objeto como visión y no como reconocimiento. En esta misma dirección se sitúan figuras como Viktor Shklovskij, Tomashevkij, Boris Eichenbaum o Tynjanov. Sin olvidar por supuesto el concepto de literariedad acuñado por Jakobson, que había distinguido la función poética como una de las funciones del lenguaje.

   Este componente mágico y sagrado de las palabras en la literatura, en el mismo sentido que puede tener en la Cábala como señala Borges en su conferencia “Pensamiento y poesía” del ciclo de Arte poética -para la Cábala el sonido o la forma de la palabra y la realidad a la que hacen referencia son una misma cosa-, no podría ser posible si se defendiera la división absoluta entre significado y significante, problema que no se plantea con la música. Por tanto, significado y significante se necesitan y exigen mutuamente. Sin embargo, defender esta idea hasta sus últimas consecuencias puede ser tremendamente peligroso, ya que supondría rechazar la validez de las traducciones.

   Lo que no cabe duda es que el resumen de una novela o el mero argumento de un poema no son ni la novela ni el poema. Hoy en día, por diversos motivos que no me detendré a analizar, se ha olvidado este punto esencial, y los lectores se han convertido en simples devoradores de contenidos, completamente ajenos a la forma. De ahí en parte viene el triunfo actual de un cierto tipo de literatura que apuesta fuertemente por los contenidos, olvidándose de las formas. Esto, que es lo que parodia Hemingway en su artículo, no hace sino llevarnos a un punto de vista parcial e incompleto del hecho artístico.

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