José Hierro

José Hierro

(A Eulalio Ferrer, viejo amigo,

quijotesco y trasterrado)

He aquí el reverso del tapiz. La vida

tiene el mismo vellón en igual rueca.

Esta es la Mancha aquella, vasta y seca,

aunque hoy está de flamboyán vestida.

Sangra el ocaso por la misma herida.

Quema el cura –el chamán– mi biblioteca.

Hoy los gigantes son de piedra olmeca.

Ayer, de cal y de viento sin brida.

Ya no cabalgo sino en Clavileño.

Rocinante era real, y esto es un sueño

soñando en el fanal que el tiempo empaña.

Y aquí estoy, destiempado, en duermevela,

soñando con Malinche de canela,

mi Dulcinea de la Nueva España.

    José Hierro, «Agenda»

   Ya tuve la oportunidad de referirme al poema «Don Quijote trasterrado» de José Hierro al hablar de esa otra maravilla de León Felipe que se llama «Vencidos…»; y ya entonces señalaba las similitudes y diferencias que existen entre ambos poemas. En el poema de León Felipe se ofrece una visión amarga y melancólica de la derrota republicana, mientras que José Hierro, dentro de la misma línea de poesía social, utiliza al caballero manchego para hacer una crítica de la sociedad actual, no tan alejada de la de los tiempos de don Quijote como cabría pensar. También aparece amargura en el tono de Hierro, pero si en León Felipe se cargaba de humanidad y desesperación, en «Don Quijote trasterrado» es irónica y desengañada.

   Hierro utiliza el símbolo clásico del hilo como transcurrir del tiempo, que nos hace pensar en las viejas Parcas, que controlaban con sus manos las vidas de los mortales. Pero el uso que hace Hierro de esta imagen es bastante innovador, ya que presenta el «reverso del tapiz», aquello que nadie conoce ni ha visto nunca. El poeta se sitúa en una posición privilegiada en la que, como una especie de mensajero divino, puede alumbrar el camino del resto de humanos que carecen del don, en una concepción platónica del oficio poético. La verdad que comunica el poeta es la siguiente: aunque parezca que el tiempo avance y que el mundo progresa, en realidad formamos parte del mismo tapiz, y nuestro tiempo se construye con la misma rueca. Y es que el mundo no ha cambiado tanto como parece.

   Efectivamente, ha pasado el tiempo, y la Mancha, que en el Quijote recordamos como una extensión o un páramo de interminables caminos, hoy se ha llenado de flamboyanes; sin embargo, continúa anocheciendo de la misma forma –expresado magníficamente en ese verso «Sangra el ocaso por la misma herida» que además se adapta perfectamente al desengaño del poema– y el catolicismo, relacionado con las supersticiones, sigue tratando de imponer sus criterios. Para quemar libros ya no son necesarias las hogueras o el fuego: hoy en día los libros arden con la palabra, con la palabra condenadora de lo que va contra la ortodoxia de la Iglesia, que ataca a esos libros que, al igual que los antiguos caballeros andantes, llenan la cabeza del vulgo de extrañas y peligrosas ideas.

   Finalmente se produce la identificación con don Quijote, al igual que ocurría con León Felipe. Es por eso que el poeta se sitúa en un plano ajeno a la realidad, en el plano de los ideales caballerescos, del sueño o de la duermevela. Tal vez no sea posible actuar, porque intentarlo no produce más que golpes contra el muro de la realidad, pero siempre nos quedará el sueño. Y eso es precisamente lo que hace Hierro: soñar, identificar ese futuro mejor, esa tierra más propicia, con la Dulcinea de don Quijote, con esa hermosa doncella a la que el caballero siempre trató de complacer, aunque tal vez sospechara en el fondo de su corazón que en realidad no tenía existencia verdadera en el mundo real. Porque en verdad, en los ideales, como en las doncellas, no importa la existencia real o no, mientras que lleven al hombre a las grandes hazañas quijotescas.

   ¿Qué puedo decir sobre el ritmo del poema que no se oiga en los propios labios de José Hierro? El soneto se corresponde más a una reflexión profundamente meditada que a un sentimiento desgarrado, como en el caso de León Felipe. He aquí la principal diferencia que apuntaba entre ambos poemas, y también con respecto al de Gabriel Celaya. El impulso poético que los alimenta es distinto en cada caso. Sin embargo, Hierro consigue construir un endecasílabo sonoro, gracias sin duda a la proliferación del ritmo sáfico y al uso de ciertas palabras ajenas al español peninsular, y que sitúan necesariamente el poema en un contexto muy diferente al de la vieja península.

   Por último, también habría que señalar alguna que otra deficiencia, como en el caso del verso «Ayer, de cal y de viento sin brida», que no parece encajar con el resto del poema de ninguna de las maneras.

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