San Sergio y San Baco

San Sergio y San Baco

   Mucho habría que decir sobre el concepto de la homosexualidad en la Antigüedad Grecolatina. Una de las obras más interesantes al respecto es El Banquete de Platón. Esta obra nos permite comprender que la homosexualidad clásica tenía unas causas muy distintas a las actuales. Comparar uno y otro concepto carece por completo de sentido, puesto que es evidente que ha cambiado el sistema de valores. En el concepto griego de la homosexualidad nos encontramos en un terreno resbaladizo, porque junto a la defensa del amor homoerótico, también es habitual la defensa de la pederastia. Como ya he dicho, no tiene mucha lógica ni ensalzar uno ni criticar otro: estamos en otro sistema de valores.

   El concepto que tiene la tradición judaica sobre la homosexualidad, expresado en el Antiguo Testamento, es categórico: «Si un hombre se acuesta con otro hombre, como se hace con una mujer, ambos cometen una cosa horrible y serán castigados con la muerte; caiga su sangre sobre ellos» (Levítico, 20, 13). Y el Nuevo Testamento no se queda atrás: «y los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se han abrasado en mutua concupiscencia practicando acciones ignominiosas unos con otros y recibiendo en sí mismos el merecido por su extravío» (Romanos 1, 27) .

   Tal vez no sorprenda demasiado este punto de vista teniendo en cuenta la consideración actual de la Iglesia católica sobre la homosexualidad. Sin embargo, el director del Departamento de Historia de la Universidad de Yale John Boswell, católico y homosexual, trató de demostrar durante muchos años en obras como Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad o en Las bodas de semejanza, que durante la Edad Media los matrimonios homosexuales estaban permitidos por la Iglesia. Boswell alude a un ritual denominado hermanamiento, practicados fundamentalmente por sacerdotes ortodoxos, pero también católicos, en los que dos personas del mismo sexo reconocían públicamente un compromiso afectivo. Boswell aportó 80 manuscritos originales, algunos de ellos procedentes de la biblioteca Vaticana, siendo el manuscrito más antiguo una liturgia en griego del siglo VIII –Barberini 336–, aunque según Boswell la ceremonia se remonta a los siglos II y III. Dentro del propio santoral católico se da el caso de dos santos, San Baco y San Sergio, martirizados por el emperador Maximiliano a finales del siglo III, considerados como homosexuales.

   Autoridades católicas como San Agustín o Santo Tomás de Aquino contribuyeron a la consideración de la homosexualidad como un pecado que era necesario erradicar. Boswell cree ver en esta condena de la homosexualidad una forma de canalizar el odio hacia el islam, los judíos y los herejes, y como una estrategia política. Así, por ejemplo, Felipe IV de Francia acusó a la orden de los Templarios de ejercer prácticas de sodomía, consiguiendo detenerlos y quemarlos para quedarse con las riquezas expropiadas. No faltan, desde luego, críticas a las tesis de Boswell.

  Con la llegada de las ciencias y el cambio de paradigmas era de esperar un punto de vista más riguroso de la homosexualidad. Son embargo, la medicina sustituyó el concepto de pecado por el de enfermedad. Ya Krafft-Ebing en su Psychopathia Sexualis relaciona la homosexualidad con una tara genética, una perversión sexual de origen hereditario. Sigmund Freud, basándose en la teoría de Krafft-Ebing, clasifica la homosexualidad en el capítulo titulado “Las aberraciones sexuales” dentro de su libro Tres ensayos sobre una teoría sexual como una desviación en relación con el objeto. Pero el concepto de perversión de Freud es diferente al de Krafft-Ebing, ya que para Freud la perversión no es una patología, sino una característica esencial de la sexualidad humana. Todo parece indicar que Freud nada tenía en contra de la homosexualidad, y que el fallo ha sido, una vez más, interpretativo. En una carta escrita en 1935 y publicada en 1951, y reproducida en la biografía de Ernest Jones, Freud escribe la siguiente carta a la madre de un hijo homosexual: «La homosexualidad no es una ventaja, pero tampoco es algo de lo que uno deba avergonzarse; un vicio o una degradación, ni puede clasificarse como una enfermedad. Nosotros la consideramos como una variante de la función sexual, producto de una detención en el desarrollo sexual. Muchos individuos altamente respetables, de tiempos antiguos y modernos, entre ellos varios de los más grandes (Platón, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, etc.) fueron homosexuales, Es una gran injusticia perseguir la homosexualidad como un crimen y es también una crueldad».

   Charles Socarides decía sobre la homosexualidad en el Journal of the American Medical Association en 1970 que es «una gravísima disfunción, de naturaleza perniciosa, que ha cobrado visos de epidemia». Tal vez estas palabras suenen retrógradas, pero Socarides las mantiene aún en nuestros días. Hasta 1974 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) no decide eliminar la homosexualidad del Manual de Diagnóstico de los trastornos mentales (DSM) y actúa para rechazar toda la legislación discriminatoria contra gays y lesbianas, que anteriormente a esta fecha habian sido perseguidos y encarcelados por la ley debido a esta opción sexual. No es, sin embargo, hasta 1990, fecha no tan lejana, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) retira la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. Y no es hasta el año 2000 que la APA firma una declaración en la que se afirma la falta de evidencias científicas para defender una terapia o tratamiento psiquiátrico contra la homosexualidad.

   Un año después Judith A. Reisman, ex profesora de investigación de la American University, realiza dos estudios científicos titulados “Niños homosexuales producto del artificio: Una investigación del maltrato de la juventud vulnerable a través del establishment de los medios de comunicación y del aula escolar” y “El lenguaje seductor como reflejo de la orientación sexual masculina”, en los que sigue en la línea de su “Kinsey: crímenes y consecuencias”, estableciendo un vínculo entre la homosexualidad y la pederastia y defendiendo que un alto porcentaje de homosexuales maltrata sexualmente a sus hijos. Hace poco el catedrático de Psicopatología de la Universidad Complutense Aquilino Polaino Lorente se refería a la homosexualidad como una patología, producto de unos «hostiles, alcohólicos, distantes» y de unas madres «sobreprotectoras».

   Las investigaciones realizadas recientemente por el grupo de Psicología Evolutiva de la Universidad de Sevilla demuestran claramente que los niños criados por padres homosexuales son perfectamente normales, que carecen de traumas y no presentan necesariamente una tendencia homosexual. Personalmente no sé si los estudios demuestran algo, porque los hay en uno y otro sentido, y más bien parece que lo que hacen es confirmar las ideas previas de la persona que los realiza. Así pues, las investigaciones científicas no convencen ni a unos ni a otros, porque a la postre nos encontramos en el terreno de las consideraciones morales. Es por eso que el empleo del concepto de patología como arma contra la homosexualidad carece de rigor científico. La polémica está servida, por muy inaudito que sea que en la época que estamos un ser humano tenga que dar explicaciones sobre con quién se acuesta y qué hace en la cama.

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