El lector, Ferdinand Heilbuth

El lector, Ferdinand Heilbuth

Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
No habré sido un filólogo,
no habré inquirido las declinaciones, los modos, la laboriosa mutación de las letras,]
la de que se endurece en te,
la equivalencia de la ge y de la ka,
pero a lo largo de mis años he profesado
la pasión del lenguaje.
Mis noches están llenas de Virgilio;
haber sabido y haber olvidado el latín
es una posesión, porque el olvido
es una de las formas de la memoria, su vago sótano,
la otra cara secreta de la moneda.
Cuando en mis ojos se borraron
las vanas apariencias queridas,
los rostros y la página,
me di al estudio del lenguaje de hierro
que usaron mis mayores para cantar
espadas y soledades,
y ahora, a través de siete siglos,
desde la Última Thule,
tu voz me llega, Snorri Sturluson.
El joven, ante el libro, se impone una disciplina precisa
y lo hace en pos de un conocimiento preciso;
a mis años, toda empresa es una aventura
que linda con la noche.
No acabaré de descifrar las antiguas lenguas del Norte,
no hundiré las manos ansiosas en el oro de Sigurd;
la tarea que emprendo es ilimitada
y ha de acompañarme hasta el fin,
no menos misteriosa que el universo
y que yo, el aprendiz.

     Jorge Luis Borges, Elogio de la sombra, 1969.

Pocos versos habrá en la historia de la literatura más citados que el arranque de este fabuloso poema; versos que por otra parte invitan a una profunda reflexión sobre la relación que existe entre la lectura y la escritura. Y es que no hay que olvidar que detrás de casi todo buen escritor existe un mejor lector, entendiendo en este caso la lectura como un proceso de recreación que dejará un poso sobre el cual el escritor podrá cimentar su posible labor posterior.

     Pero la figura de Borges no aúna simplemente a un espléndido escritor y lector. Es un verdadero humanista, posiblemente uno de los últimos, en una época en la que hay tanta información que nos desborda. Como los humanistas del siglo XVI, Borges era un profundo conocedor del latín y de las posibilidades de la lengua romance, lo que demuestra en un estilo sencillo pero esencial y preciso, con una profunda conciencia de las etimologías de cada palabra. Su pasión por el lenguaje le llevó no sólo a escribir relatos, poesía, crítica, reseñas, prólogos, ensayos, etc., sino también a estudiar anglosajón antiguo o a admirar con devoción las viejas sagas, Snorri Sturluson o a Sigurd -tal vez no parezcan obras muy cercanas al lector común, pero como demostró el propio Borges, y como demostraron otros como Julio Martínez Mesanza o Tolkien, el espíritu épico es intemporal-.

   Este poema supone una auténtica síntesis biográfica en la que el vate argentino destaca cómo el destino, a modo de ironía dramática, lo relegó a una perpetua dormienda. En una ocasión escribí: «En 1955 la lenta ceguera obliga a Borges a apartarse definitivamente de la letra escrita, aunque seguirá cultivando con gran dominio la conversación, siguiendo las enseñanzas de su amigo y maestro Macedonio Fernández, y como también había hecho Sócrates. Homero y Milton también fueron ciegos. Ya en esas fechas Borges habría formado una conciencia literaria madura, y a pesar de que no pudo volver a leer, se refugio en la soledad secreta del recuerdo, siguiendo los pasos de Funes el memorioso, uno de sus personajes». Además del refugio en la memoria, son bien conocidas las veladas en que visitantes, conocidos y amigos leían pasajes a Borges, que fue el único modo que tuvo de no perder por completo el contacto con la palabra de papel. No parece que el optimismo con el que Borges afronta su ceguera sea una fachada superficial -baste recordar el título de la obra Elogio de la sombra-, a pesar de apartarlo de aquello que seguramente más amaba.

   El poema se cierra con una reflexión digna de un Gilgamesh de vuelta de todo, que mezcla a partes iguales secretum iter y ars longa vita brevis. Es cierto que la tarea es ilimitada, que nunca se podrá desvelar el misterio del universo, que incluso el más sabio de los hombres muere como aprendiz, pero no por ello debemos abandonarnos a la desesperación o al desengaño vital. El esfuerzo no es vano, ni aún cuando el final sea, como pensaba Borges, un eterno dormitar.

   Por eso, permítanme que sobre el escritor, el lector, el filólogo o el sabio, admire ante todo en Borges una actitud frente a la vida y frente al conocimiento con la que me identifico plenamente.

   Otros poemas sobre libros:

«Libros», de Luis Alberto de Cuenca.

«Los otros libros», de Emilio Ruiz Parra.

«Oda al libro», de Pablo Neruda.

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