Cuadernos en octava de Kafka

Cuadernos en octava de Kafka

   Por uno de esos maravillosos azares siento por Kafka, al igual que por otros escritores como Galdós o Stevenson, un especial cariño, ya que constituyen algunas de mis primeras lecturas, en los comienzos de mi más temprana adolescencia. Tal vez un libro como La metamorfosis, obra sobre la que vuelvo necesariamente cada cierto tiempo, o relatos como En la colonia penitenciaria o Informe para una Academia sean excesivamente complejos para esas edades –de hecho, mis primeros recuerdos están llenos de desconcierto y extrañeza–, pero nunca debe ser demasiado pronto para alimentar la curiosidad por lo irracional.

   Pero no es La metamorfosis el libro del que hablaré en este caso, sino de otro mucho menos conocido, pero no menos extraño y fabuloso: Cuadernos en octava. Se trata de uno de esos libros, como Drácula de Bram Stoker, que marcó una época de mi vida, llenando mis noches de pesadillas presentidas, de miedos esbozados. Porque el miedo más terrible no proviene del fantasma del armario o del monstruo de debajo de la cama, sino de aquello que se desconoce y no se puede controlar: no se sabe de dónde viene ni de qué se trata. Sólo quien lo haya sentido, porque no todo el mundo lo hace, puede saber de qué hablo.

   No se engañen, porque Cuadernos en octava no es un libro de terror ni mucho menos. Se trata de ocho pequeños cuadernos azules con una gran cantidad de reflexiones y aforismos, aparentemente desordenados, o únicamente siguiendo el orden en que fueron escritos, con la excepción de una pequeña sección titulada «Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero», que sí tiene una disposición coherente, elaborada por el propio Kafka. No son diarios, como sí ocurre con sus trece cuadernos en cuarto, sino que es una obra en la que Kafka anota de forma fragmentaria ideas o pensamientos sobre temas que le preocupan o sobre posibles futuros relatos, que en algunos casos pueden considerarse como cuentos completos. Las referencias a su vida personal, al contrario de lo que ocurre en los cuadernos en cuarta, son muy escasas y en cualquier caso crípticas. De ahí las dificultades para fechar la mayor parte de los textos, con toda probabilidad posteriores a 1917.

   Este cuaderno de notas es muy irregular en cuanto a composición y calidad, sin que exista un plan o una línea argumental predeterminada. Debido a que en una buena parte de los textos son ideas apenas esbozadas la comprensión se vuelve especialmente difícil, siendo necesario en muchos casos dejarse llevar más por la intuición que por la razón, al igual que ocurre con los sueños. Porque, en definitiva, Cuadernos en octava puede entenderse como una larga pesadilla de fragmentos sin sentido, una vertiginosa sucesión de imágenes que descienden hacia lo irracional, a veces cautivadoras, otras insuficientes, pero siempre perturbadoras. Sin duda podría decirse que es Kafka en estado puro.

   Desde luego, no es un libro al uso. Tal vez pueda decepcionar en su totalidad –porque es evidente que Kafka tiene obras mucho mejores–, pero entre toda la paja es posible encontrar perlas de indudable belleza, relatos autónomos que profundizan en los laberintos más oscuros del alma humana. Además, la obra es un hito imprescindible para los fervientes lectores kafkianos porque permite conocer los entresijos de su forma de crear mundos fantásticos o filosóficos, convirtiéndose en una especie de manual de Kafka deconstruido, puesto que contiene mucha materia prima para pesadillas con el sello del escritor checo.

   De entre todos los fragmentos selecciono un pequeño relato que me ha obsesionado durante algunos años, y aún hoy en día sigue causándome cierta inquietud. Como se puede comprobar, la capacidad de síntesis y la naturalidad ante lo fantástico propia de Kafka se concentra en una única y genial frase: «Viejo extraño: tenía alas». Espero que lo disfruten.

   Nuestras tropas lograron finalmente irrumpir en la ciudad por la puerta meridional. Mi sección estaba estacionada en un jardín de la periferia, a la sombra de cerezos calcinados, y esperaba órdenes. Pero cuando oímos la estridencia de los clarines en la puerta meridional, nada pudo detenernos. Empuñamos las primeras armas que nos cayeron sobre los hombros del compañero más próximo, aullando nuestro grito de guerra: “Kahira Kahira”, galopamos en largas filas por los charcos de la ciudad. En la puerta meridional, no encontramos ya más que cadáveres y un gran humo amarillo que pesaba sobre el suelo y lo cubría todo. Pero no queríamos ser sólo la retaguardia y por eso nos metimos enseguida por algunos estrechos callejones laterales que hasta entonces se habían visto libres de lucha. La puerta de la primera casa voló en astillas al primer golpe de mi pica, e irrumpimos en el pasillo con tal furia que al principio chocamos entre nosotros. Un viejo nos vino al encuentro por un largo corredor vacío. Viejo extraño: tenía alas. Grandes alas desplegadas, cuyos bordes externos superaban su propia estatura.

   —Tiene alas —grité a mis camaradas, y los que estábamos al frente retrocedimos un poco, todo lo que nos lo permitieron los que teníamos a la espalda.

   —Ustedes se maravillan —dijo el viejo—, pero todos nosotros tenemos alas, pero no nos han servido de nada y, si pudiésemos nos las arrancaríamos.

   —¿Por qué no huyen volando? —pregunté.

   —¿Huir volando de nuestra ciudad? ¿Abandonar la patria? ¿Nuestros muertos, nuestros dioses?

   Franz Kafka, Cuadernos en octava, Obras completas IV, Barcelona, Edicomunicación, 2003.

Comentarios

comentarios