Amparo Rubiales

Amparo Rubiales

   Al tiempo que el Instituto de la Mujer exige la eliminación del masculino genérico apoyado en trabajos como los de Eulàlia Lledó Cunill, Esther Forgas Berdet y Mª Ángeles Calero Fernández ―De mujeres y diccionarios. La evolución de lo femenino en la 22ª edición del DRAE―, la sin par Amparo Rubiales publica en El País un desafortunado artículo titulado “La RAE y el lenguaje” que demuestra la imprudencia de opinar sobre aquello que se desconoce y de mezclar política y lingüística. A pesar de declararse «absoluta ignorante en esta materia» y de pedir perdón por sus reflexiones, Amparo no tiene pudor en discurrir sobre la injusticia del masculino genérico relacionándolo con la ancestral dominación del hombre sobre la mujer, y atacando de paso a la RAE, a la que considera poco más que una institución caduca que pretende obligar a los hablantes a utilizar una lengua determinada, perpetuando así estereotipos detestables.

   Ignacio Bosque contesta a Amparo Rubiales de forma clara y concisa en un artículo titulado “La RAE, las palabras y las personas” recordando que la labor de la Real Academia es descriptiva, y en ningún caso presciptiva; es decir, que los académicos no son entes todopoderosos que deciden las leyes por las que se rige una lengua ni tampoco inventan las definiciones que llenan el diccionario, sino que más bien se limitan a recoger los usos de un conjunto de individuos, en este caso la sociedad hispanohablante, sistematizando estos usos para su correcto estudio dentro de un paradigma científico. Una lengua se limita a reflejar los usos y costumbres de una sociedad, por lo que el problema de la discriminación hacia la mujer se debe tratar socialmente y no lingüísticamente. Cuando el cambio se haya producido en la sociedad, se haya extendido y consolidado, se trasladará de forma natural a la lengua, sin necesidad de forzar el sistema ―como ocurrirá con la palabra matrimonio―. La Real Academia, en su pretensión de ser seria, no puede incluir usos o definiciones que no se han consolidado, y que por tanto pueden deberse a veleidades de la moda.

   Y siendo el problema social, son las propias personas las que cargan las palabras de significado, ya sea positivo o negativo, porque las palabras en sí mismas no significan nada. Tal vez para una mente feminista el uso del masculino genérico sea una grave ofensa que excluya a una parte importante de la sociedad, pero la inmensa mayoría de la población lo utiliza sin pensar que esté cometiendo machismo lingüístico. Simplemente por este motivo no es posible considerarlo machismo. Sin embargo, el Instituto de la Mujer, en su cruzada por eliminar la discriminación de sexos, hila demasiado fino y tiende a crear injusticias donde no existen. Más bien parece que esta institución debe justificar su existencia de alguna forma, porque como dice Pablo Molina «la creación de organismos sigue en las socialdemocracias el proceso inverso dictado por la lógica. Primero se crean y después se buscan las funciones que deberán realizar».

   Aún más, las soluciones propuestas como alternativas al masculino genérico no pasan de ser ridículos parches que difícilmente podrían consolidarse en la lengua, ya sea el constante desdoble de género ―los españoles y las españolas―, el uso de la barra ―los/as españoles/as― o de la arroba, el empleo de términos englobadores no genéricos ―el estado español― o la inclusión en la lengua de nuevos términos de dudosa validez como por ejemplo estudianta, albañila, miembra o lídera. Estas propuestas están condenadas al fracaso, no sólo por economía lingüística, sino porque suponen una importante manipulación en el desarrollo natural de la lengua. En definitiva, no se puede forzar el cambio de una lengua desde una institución, ni la Real Academia ni el Instituto de la Mujer, para situarla dentro del marco de lo políticamente correcto. En última instancia son los usuarios quienes deciden si el cambio se debe llevar o no a cabo. Porque la lengua sólo son palabras, y estas palabras no son arquetipos que contienen la realidad como pensaba Platón. Para cambiar la realidad hay que cambiarla de raíz, y no limitarse a barnizar las palabras que la reflejan. Pero entonces mucha gente se quedaría sin trabajo.

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