Viñeta de Forges

Viñeta de Forges

   Atacar a los bestsellers puede parecer a simple vista un mero ejercicio de snobismo intelectual, una pretensión fútil por pertenecer a una selecta minoría de ego hinchado y satisfecha de sí misma. Se repite hasta la saciedad que tienen una calidad pésima, que su argumento es simplón, que su fórmula está manida, todo enfocado hacia una perspectiva comercial al más puro estilo panem et circenses. Mientras tanto, el lector de a pie otorga su veredicto favorable: las cuentas hablan  por sí mismas. Es difícil saber si son leídos masivamente, sólo se tiene certeza de la transacción económica, y en este campo, desde luego, arrasan. Sin embargo, en este encolerizado debate de unos pocos contra todos  hay que admitir que muchos de los argumentos utilizados por ambas partes son falaces. Todos tienen alguna razón y ninguna. El problema que hay de fondo es la vaguedad conceptual que encierra el término bestseller.

   En 1928 Vladimir Propp publica su libro más célebre titulado Morfología del cuento. En esta obra Propp descubre que cualquier cuento tradicional ruso puede ser reducido a un número limitado de tópicos, treinta y una funciones, que se repiten invariablemente. Estas similitudes, que permiten a Propp escribir una gramática del cuento tradicional, son el punto de partida para los estudios narratológicos. Sin embargo, lo que Propp postuló y fue refrendado por autores como Tesnière o Genette ha demostrado ser insuficiente para describir la complejidad de obras como El Quijote o La Regenta. Aunque la novela hoy en día parezca muy alejada del cuento tradicional la definición que el agente y editor Albert Zuckerman, autor del libro Cómo escribir un bestseller. Las técnicas del éxito literario, resulta muy familiar en narratología: «el héroe de un bestseller acomete empresas extraordinarias. Ha habido una avería en el orden natural de las cosas, pero después de la intervención de héroes o heroínas la máquina del mundo renacerá mejorada». Tal vez pueda parecer que los argumentos se repiten una y otra vez con cambios superficiales, hasta tal punto que Laura Gallego, autora de bestsellers juveniles, ha llegado a admitir que «los autores eran antes un poco más originales, a estas alturas no han dejado personaje histórico ni obra de arte sin secreto oculto que desvelar». Sin embargo, la realidad es que no es posible hacer una gramática del bestseller a la manera de Propp con los cuentos tradicionales.

   En el número de los meses de julio y agosto la revista Mercurio se dedica un dossier a los bestsellers en el que hace un repaso por sus claves fundamentales y se da un balance de su situación con respecto a los escritores españoles. Es lógico que una revista que depende de la Fundación José Manuel Lara y del Grupo Planeta dedique su tiempo y su esfuerzo a un fenómeno que tantos beneficios económicos reporta a la editorial, pero deberán moderar su descaro intentando hacer comulgar a todos sus lectores con ruedas de molino si no quieren convertirse en un simple folleto propagandístico en el que la calidad literaria deja paso al número de ejemplares vendido y a puestos en superficiales listas de autores más vendidos. Y es que no es necesario abrumar al lector normal con datos que sólo interesan a editores o a libreros.

   De todos modos, en ninguno de los artículos se consigue poner en pie una definición satisfactoria del concepto de bestseller. Esto se debe a que cualquier intento de definición desde el ámbito de la literatura está condenado al fracaso, porque no es tanto un producto literario como editorial. No tiene nada que ver, por ejemplo, con el boom de la narrativa hispanoamericana, fenómeno que comenzó siendo editorial y trascendió lo literario. El material que se engloba dentro del concepto de bestseller es muy heterogéneo y en una parte importante de los casos va más allá de lo estrictamente literario: manuales de autoayuda, de adelgazamiento, recetas de cocina, etc. Puesto que todo está en el mismo saco no es posible aplicar valores literarios al bestseller. Esta heterogeneidad ya es recogida por uno de los grandes defensores de la minoría: Pedro Salinas. En El defensor Salinas habla del bestseller como una «monstruosa criatura, medio ángel, medio bestia». La explicación que Salinas da a su definición no tiene desperdicio: «Best, el mejor, la cabeza de ángel, noción de excelencia, de calidad, aquello a que todos aspiramos; y luego, seller, vendido, el cuerpo de endriago, lo venal, lo que se hace por puro dinero; al estar calificado por aquel mejor, quiere decir que se vende más e introduce como dominante la noción de cantidad». A partir de las apreciaciones de Salinas se puede ofrecer una definición de bestseller sin miedo a que sea poco satisfactoria: cualquier libro, independientemente de su tema, que venda entre 50.000 y 100.000 ejemplares.

   Lo que ocurre en el bestseller es un cambio en los criterios de valor de las obras. La valoración estética, como fenómeno literario llevado a cabo por multitud de especialistas a lo largo de un extenso periodo de tiempo deja paso a otro procedimiento más sencillo y rápido descrito por Pedro Salinas con gran certeza: «Se lanza al mercado la novela X. Y se espera. No mucho. A los pocos días empiezan a llegar a la casa editorial las notas de venta de las librerías. Se suman. Y de la relación entre los resultados y el número de días públicos que tenga el libro se alza radiante, con seguridad solar, el juicio sobre el libro. Pongamos, por ejemplo, que de la novela X se han vendido en tres semanas 80.000 ejemplares; de la Z, 30.000; de la Y, 8.000, y de la J, 722. ¿No están esas cifras proclamando, con dogmático imperio, que de las cuatro novelas en cuestión la primera es excelente, la segunda buena, la tercera mediana, y pésima la última? Por un procedimiento matemático […] se determina lo que antes hacía perder tanta tinta y tanto tiempo». Este cambio de valores es lo que se critica en el ataque al bestseller.

   Por otra parte, no hay que olvidar el argumento eterno de los impertérritos fieles del bestseller: existen escritores universalmente reconocidos por la crítica que han escrito bestsellers igualmente reconocidos ─basta echar un vistazo a la novelística del siglo XIX─. Este argumento es una falacia porque mezcla valoraciones económicas y literarias. Juzgar los bestsellers no debe convertirse en el ataque a obras o autores concretos sino a un determinado concepto de literatura. Cada obra o cada autor han de ser valorados con criterios estéticos y literarios y nunca según los beneficios económicos de la tirada. Eso explica que grandes obras maestras sean bestsellers, al mismo tiempo que un número importante de bestsellers puedan considerarse pésimas obras. Fomentar el concepto de literatura que va parejo al término bestseller es una estrategia de propaganda comercial que tiene poco o nada que ver con la auténtica literatura.

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