Los dueños del vacío de Luis García Montero

Los dueños del vacío de Luis García Montero

   No hay nada que escape de forma más escurridiza a concepciones monolíticas como el arte, y concretamente, en este caso, la poesía. Se podría decir que para gustos los poetas. Suele ocurrir a los neófitos en poesía que sea el poeta, por uno de esos misteriosos azares, el que acuda al encuentro del lector, al que deslumbra o decepciona dependiendo de complejas variables; pero a partir de cierto conocimiento es el lector el que busca al poeta, según sus apetencias anímicas o necesidades de desahogo existencial. Esta concepción catártica de la lectura de poesía es más que un simple capricho aristotélico: se basa en una experiencia real. Como dijo Ángel González en su «Poética»: «…el hombre que las mira / ─adormecido el viento, / la luz alta─ / o ve su propio rostro / o ─transparencia pura, hondo / fracaso─ no ve nada».

   Hacer afirmaciones categóricas, rotundas y generales sobre la poesía puede resultar de una facilidad engañosa. Basta con seleccionar aquellos poemas que den el reflejo de nuestro propio rostro, dejando a un lado con una mezcla de cuidado y malicia aquellos que no encajan en el molde teórico. Y precisamente este es el “fallo” en el que parece caer Luis García Montero y sobre el que basa su conjunto de ensayos reunidos bajo el título de Los dueños del vacío. La conciencia poética, entre la identidad y los vínculos.

   Lo que pretende García Montero es la descripción de esa zona intermedia que se sitúa entre la expresión de una identidad individualizada y los vínculos con una comunidad entendiendo al poeta como portador de una verdad colectiva. Para Montero esta tierra de nadie se sustenta sobre la quimera de la identidad, pero cuando el conocimiento desbarata la inocencia de lo íntimo ─paraísos perdidos, herencias arcaicas, paisajes infantiles─ se encuentra de bruces con el vacío, del que se proclama dueño y señor. Es entonces cuando se produce lo que el poeta granadino llama «el óxido de la melancolía», una crisis vital a la que el poeta no puede encontrar una solución viable. Ni siquiera recurriendo a los vínculos sociales puede encontrar una solución a esta melancolía oxidada, porque las verdades colectivas acaban despersonalizando la voz propia, disolviéndola en el vacío. Este es el camino inevitable de muchos de los grandes poetas contemporáneos: la crisis del sujeto moderno.

   García Montero hace un lúcido recorrido por aquellos poetas que mejor ejemplifican esta crisis dedicando a cada uno de ellos uno o dos ensayos: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pablo Neruda o Luis Cernuda. Así por ejemplo, dibuja un paralelismo entre la trayectoria de Alberti y la de Neruda, un doble camino que va desde Sobre los ángeles y Residencia en la tierra hasta El poeta en la calle y la Tercera residencia o el Canto general respectivamente, como proceso de huida de la propia individualidad, que se muestra descarnadamente vacía y como refugio del Otro. Pero en ambos casos se plantea la necesidad de una tercera vía, porque los caminos señalados confluyen en un mismo final: la disolución del yo, ya sea debido al vacío interior o en una red de consignas sociales.

   Pero en la nómina que plantea Montero hay un poeta que llama especialmente la atención por tratarse del único no contemporáneo: San Juan de la Cruz. La inclusión de San Juan de la Cruz puede considerarse necesaria en un tema como el del vacío, pero es incorrecta porque su vacío es absolutamente opuesto al de la poesía contemporánea. No hay que olvidar que la aniquilación del individuo en el todo aparece en San Juan de la Cruz desde una perspectiva dichosa y gozadora. Si se equipara erotismo y lenguaje, porque a través del segundo se expresa el primero, hay que considerar un lenguaje escindido, capaz de expresar la trágica contradicción del erotismo, de la imposibilidad de ser uno, lo que contradice la idea clásica de la suspensión del lenguaje del poeta místico. Sin embargo, Montero cae en una evidente contradicción porque aunque propone una visión desacralizadota a través de la doble lectura, religiosa y amorosa, se decanta evidentemente por encuadrar al poeta en su contexto histórico y por tanto en la interpretación mística para explicar su alegría erótica, tan alejada de la melancolía de la poesía contemporánea. Aunque esto no quiere decir que defienda la lectura mística del quehacer poético.

   Aunque García Montero tenga parte de razón, como ya he dicho se basa en una selección de poetas nada azarosa. Si se hubieran elegido otros poetas quizá no hubieran salido las cuentas; es por eso que no es posible generalizar y referirse a esta crisis vital como algo característico de la poesía contemporánea. La selección es más bien el reflejo de lo que Montero llama un «optimismo melancólico» que no es sino una forma de pesimismo esperanzado, porque ser conscientes de la existencia de este vacío permite «amueblarnos con nuestra libertad de decisión, dándole en cada caso a la identidad lo que es de la identidad y a los vínculos lo que es de los vínculos».

   Pero el principal defecto del libro es la tendencia general al retoricismo exacerbado, propio por otra parte del poeta académico que teoriza sobre el quehacer artístico, lo que entorpece enormemente la expresión y su interpretación. Ya sea por su oscuridad o por la redundancia que le lleva a desarrollar la idea más simple en un laberinto de páginas su lectura es difícil y requiere un esfuerzo intelectual apoyado en un conocimiento profundo de los poetas que se citan. A pesar de ello, puede resultar tremendamente interesante porque ofrece una visión muy personal de la experiencia poética, que no es otro punto de vista sino el de un poeta que lee poesía y que reflexiona sobre su escritura.

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