Louis Armstrong

Louis Armstrong

(Louis Armstrong)

¡Qué  hermoso era el sonido de la trompeta

Cuando  el músico contuvo el aliento

Y el aire de todo el Universo

Entró por aquel tubo ya libre

de obstáculos!

Qué bello resultaba el estremecimiento

producido  por el roce

de los huracanes contra el metal,

de cálidos

vientos del  Sur, y luego del helado

austral, que dio la vuelta al mundo.

El viento solano  llegó lleno de  luz

salpicando de sol  y de verano.

El siroco dejó un poco de arena,

y el mistral

era casi silencio,

igual que los alisios.

Pero escuchad,

escuchad todavía

el  ramalazo,

la poderosa ráfaga

y deja

sobre la piel

la húmeda caricia del salitre.

Un grito agudo interrumpió la melodía.

El artista, extrañado,

agitó  su instrumento,

y cayó  al suelo, yerta, rota,

una brillante y negra golondrina.

   Ángel González, Tratado de urbanismo

   Hasta hace un momento he estado dudando en escoger entre este poema de Ángel González o su otro poema «Revelación». Aunque «Revelación» es más profundo y sincero, finalmente me he decidido por «La trompeta» como réplica a un poema sobre Charlie Parker que puse hace bastante tiempo escrito por Miguel D´ors y titulado «Bird» ─poema que es necesariamente superior a «La trompeta»─. También parece tener «Revelación» un vínculo más directo con la «Oda a Francisco Salinas» de Fray Luis de León, que en «La trompeta» se convierte en una auténtica cosmogonía del aire. Todos los vientos, provenientes de los cuatro puntos de la Tierra se concentran en la trompeta de Louis para ser expulsados en un movimiento circular que los retorna al lugar de origen. Ese movimiento concéntrico supone una mezcla de opuestos que desborda al oyente en el más puro sentido místico de la palabra: luz y oscuridad, ruido y silencio, norte y sur, frío y calor ─como aquella trompeta sola, de fuego, de Francisco Brines quemándonos la vida, «o acaso era de hielo»─.

   La referencia más evidente en una primera lectura del poema es ese maravilloso texto padre de todos los cronopios titulado «Louis, enormísimo cronopio» ─algo parecido intenté hacer con Charlie Parker─. Tanto el relato cortaziano como el poema de Ángel González muestran una visión todopoderosa y mágica de Louis Armstrong. Cortazar plantea la posibilidad de que el soplo divino hubiera sido obra de Louis, «el hombre hubiese salido mucho mejor», un mundo de cronopios. También en Cortázar aparecen referencias a la mística, como por ejemplo en la imposibilidad de describir la realidad a través del lenguaje, cuando se describe a Louis «flotando en una continua despedida de algo que no se sabe lo que es».

   La melodía de Louis es interrumpido por un grito agudo, lo que recuerda al llanto de la trompeta de Celaya, que en García Lorca no es sino el llanto de la guitarra aguijoneada por cinco puñales. El contierto se detiene para que Louis agite su trompeta y ¡zas! Ángel González nos golpea con un misterioso y hermoso final sobre el que no diré nada para que cada cual lo interprete a su manera.

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