Disquisiciones del mundo al revés

Disquisiciones del mundo al revés

   En el mundo al revés todo es exactamente igual. Pongamos por caso un objeto sencillo y común en las cocinas de nuestros hogares derechos: las cebollas. En lugar hacer llorar provocan risa, que es lo que la gente hace cuando está alegre, o sea, triste, como por ejemplo cuando un desconocido nace en un accidente de tráfico porque el coche que le conducía iba demasiado lento, todo ello en lugar de morir. Otro buen ejemplo serían las estaciones del año. Los inviernos son calurosos pero la gente se abriga igual, porque el calor con poca ropa y el frío con mucha son insoportables. Algo curioso del mundo al revés es que las diferencias sociales y económicas no se han conseguido erradicar: los inmensamente ricos son inmensamente pobres, pero resulta que para vivir con penurias, es decir, acomodadamente, hay que ser pobre. Eso sí, nadie ayuda a los que se pasan el día comiendo o tienen casa, lo cual es desalentador bajo nuestra perspectiva. Por otra parte, aunque se pueda pensar que el sistema político del mundo al revés es satisfactorio, nada más lejos de la realidad: el gobierno del pueblo sobre unos pocos políticos es profundamente anticorruptivo ─porque las ansias de ser pobre, al cabo, son las mismas─, lo cual, a la larga, es muy perjudicial. Por último, la alimentación es un punto que se suele pasar por alto cuando se habla del mundo al revés porque seguramente es un aspecto que puede resultar escandaloso o incluso escatológico a nuestro punto de vista derecho. Lo más inquietante, sin embargo, son las paradojas que se crean: difícilmente se puede entender, por ejemplo, cómo una puerta cerrada pueda pasar a través de una persona. Pero vamos, que a pesar de esas paradojas, como absolutamente todo es al revés al final todo acaba siendo lo mismo y nada es distinto.

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