Ángel González

Ángel González

   Como era de esperar hoy un aluvión de artículos se hacen eco en toda la presa de la muerte del poeta Ángel González, y como uno es del montón y no puedo referirme a la grandeza de su persona y a su fiel sentido de la amistad con un buen puñado de anécdotas íntimas como suele hacerse en estos casos, haré lo que más me gusta: leer poesía y hablar sobre ella. Además, como lo prometido es deuda, he elegido un poema que me parece adecuado con la situación, lo cual no es muy difícil teniendo en cuenta que la muerte es uno de sus grandes temas.

   Ángel González, algo enemigo de la crítica formalista, atacaba el exceso de rigor interpretativo con la siguiente frase: «Soy el primero en reconocer que lo que no diga el poema, lo que no se vea en el poema, no puede añadirse a posteriori y en prosa». En mi opinión, aunque «es cierto que la lectura es cosa del lector», no cualquier lectura es igualmente lícita. Si hubiera que establecer grados, la interpretación del autor es la más válida de todas, no por ello la única, porque es la que más se acerca a la intención original con que fue escrito el poema. Sin embargo, la interpretación no debiera interferir en la sensación acústica que produce la lectura del poema ─lo que comúnmente se llama el sentimiento─.

   Déjenme que trampee el sentido original de un poema para adaptarlo a las circunstancias. Es evidente que «Muerte en el olvido» se trata de una composición de tema amoroso, que se vale de uno de los grandes tópicos de la poesía de amor, que se ha repetido con variantes prácticamente desde el discurso de los andróginos de Aristófanes de El banquete de Platón ─un espléndido libro sobre el tema es el de La transformación de los amantes de Guillermo Serés─. El tratamiento que hace Ángel González es muy original, con resonancias que recuerdan a Pedro Salinas en el uso del verso corto y entrecortado y en la efectividad de los pronombres y de los posesivos, utilizados en casi todos los versos. El verbo, como en Salinas, también juega un papel fundamental, situado en muchos casos estratégicamente al final del verso para lograr encabalgamientos bruscos que dan al poema ese ritmo entrecortado. Por cierto que el ritmo es casi el único inconveniente que se le podría poner al poema, con tendencia al endecasilábico, o bien todos endecasilábicos, aunque en algunos versos hay que hacer sinaléfas que dificultan la lectura.

   No es difícil someter este poema a un proceso de relectura como el que Borges hizo con Pierre Menard. Mi propuesta es sustituir el concepto de la amada por el del lector. La vida de la que Ángel habla se convierte entonces en esa tercera vía a la que se refería Jorge Manrique en sus coplas, la vida de la fama. Pero no la fama banal y pasajera, sino la fama asentada sobre la memoria de los siglos, la fama inscrita con letras mayúsculas en la Historia de la literatura. Porque el poeta vive en su poesía, pero nada es la poesía si no existe quien la lea; luego el poeta necesita lectores para vivir. Y en esa vida que es la fama la grandeza del poeta consiste en mostrarnos nuestra propia grandeza: la poesía no inventa, sino que descubre lo que permanecía dormido en todos y cada uno de nosotros. Y si en el poema somos capaces de reconocer altura, limpieza, inteligencia, sencillez, ternura o bondad es porque somos altos, limpios, inteligentes, sencillos, tiernos y bondadosos. Berkeley había dicho que el sabor de la manzana no está en la manzana misma ni en la boca del que la come, sino en el contacto entre la fruta y el paladar. Borges se refirió en numerosas ocasiones a la hipótesis de Berkeley para plantear su concepto de la poesía, el mismo que yo he propuesto para el poema de Ángel González. En el conjunto de ensayos que recoge en su Arte poética dice Borges: «un libro es un objeto físico en un mundo de objetos físicos. Es un conjunto de símbolos muertos. Y entonces llega el lector adecuado, y las palabras ─o, mejor, la poesía que ocultan las palabras, pues las palabras solas son meros símbolos─ surgen a la vida, y asistimos a una resurrección del mundo».

   No dejemos, pues, que Ángel González muera. Mantengámoslo vivo siempre en su poesía.

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos, con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.

Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
─oscuro, torpe, malo─ el que la habita…

                                  Ángel González, Áspero mundo

  
«Muerte en el olvido» – Recitado por Ángel González

Comentarios

comentarios