Ángel González

Ángel González

De los cientos de muertes que me habitan,
ésta de hoy es la que menos sangra.
Es la muerte que viene con las tardes,
cuando las sombras pálidas se alargan,
y los contornos se derrumban,
y se perfilan las montañas.

Entonces alguien pasa pregonando
su mercancía bajo la ventana,
a la que yo me asomo para ver
las últimas farolas apagadas.

Por las cenizas de las calles cruzan
sombras sin dejar huellas, hombres que pasan,
que no vienen a mí ni en mí se quedan,
a cuestas con su alma solitaria.

La luz del día huye hacia el oeste.
El aire de la noche se adelanta,
y nos llega un temor agrio y confuso,
casi dolor, apenas esperanza.

Todo lo que me unía con la vida
deja de ser unión, se hace distancia,
se aleja más, al fin desaparece,
y muerto soy,

…y nadie me levanta.

Ángel González, Áspero mundo

Aún a riesgo de parecer reiterativo no puedo dejar de poner hoy otro poema de Ángel González cuyo protagonista vuelve a ser la muerte. Escribir sobre la muerte puede que no tenga mucho de particular, porque junto al amor son los temas más universalmente tratados en la Historia de la literatura; como tampoco tiene nada de particular leer a un poeta muerto que escribe sobre la muerte ─evidente es que al final todos los poetas acaban muriendo─. Sin embargo, uno no puede evitar un estremecimiento al leer «Muerte en la tarde», el mismo tipo de estremecimiento que se siente al leer Así pasen cinco años de García Lorca, por lo que tienen de premonitorio.

El poema empieza con dos versos rotundos, epigramáticos, que sorprenden y al mismo tiempo aturden. El tratamiento que hace Ángel González de la muerte en estos dos versos y en todo el conjunto no tiene nada de original en cuanto a contenidos, y vuelve a aparecer en otras composiciones, como por ejemplo en el célebre final de su «Cumpleaños», cuando dice también con brevedad: «Para vivir un año es necesario / morirse muchas veces mucho». El tema ─el tempus irremediabile fugit─ se remonta a las Geórgicas de Virgilio, pero el enfoque de la vida como sucesión de muertes es en realidad plenamente barroco y tendrá su exponente más perfecto en el oscuro y atormentado quevedismo metafísico, representado en grado sumo por el verso final del poema que empieza «¡Ah de la vida!» cuando Quevedo concluye que somos al cabo «presentes sucesiones de difunto». Otros autores recogerán el tema, adaptándolo a los nuevos tiempos, como ese hermosísimo poema de Cesare Pavese «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos». Sin embargo, la efectividad de Ángel González se basa en su capacidad de concentración y en la genialidad de sus imágenes, herencia de Quevedo.

     Como he dicho, cada poeta adapta el poema a sus circunstancias vitales, y Ángel González no es una excepción. Nótese el peso que tiene en el texto la poesía de la experiencia, que en Áspero mundo ocupa un lugar fundamental. El atardecer machadiano pasa a situarse en un entorno urbano, con sus objetos característicos: las calles, los edificios, las farolas. Además, la reflexión metafísica se empaña con detalles nimios, como el del comerciante que pregona sus mercancías en la calle. Pero la ciudad se convierte al anochecer en una especie de infierno de cenizas y sus habitantes en sombras, condenadas a la soledad. Y finalmente aparece la falta de esperanza, algo tan habitual en su poesía que incluso llega a inspirarle el título de su siguiente libro ─Sin esperanza, con convencimiento─, y que recuerda inevitablemente al infierno dantesco en cuya entrada figuraba la advertencia «Abandonad toda esperanza». Precisamente ese sabor final que deja el poema, entre amargo y tenebroso, dibuja la imagen de un ser condenado al infierno.

Ahora que el poema se ha convertido en una triste realidad para Ángel González, sólo queda esperar que allá donde esté, si es que está en alguna parte, haya podido esquivar esa dolorosa región de la desesperanza.

Por cierto, una curiosidad rítmica. Al leer en voz alta el poema hay algo que puede sonar extraño si no se pone especial atención: el verso «sombras sin dejar huellas, hombres que pasan» aparentemente es dodecasilábico. Esto podría parecer un fallo dentro de una composición de ritmo endecasilábico, y habría que pensar en una lectura de pentasílabo seguido de un heptasílabo. Pero lo curioso es que este falso dodecasílabo es el verso número doce empezando por el principio y por el final, quedando justo a la mitad del poema. ¿Casualidad o intencionalidad?

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