Picasso y las mujeres de Paula Izquierdo

Picasso y las mujeres de Paula Izquierdo

   Desde siempre me ha interesado enormemente la relación que existe entre el artista y su obra. Los casos más llamativos son aquellos en los que se produce una disonancia entre ambos, cuando un hombre pequeño, egoísta, inepto, autodestructivo, es capaz de crear una obra que le supera y le sublima. Freud sí tenía bastante clara la naturaleza de esta relación, y resolvía la cuestión de un plumazo identificando al artista con un neurótico y a la obra de arte como una manifestación de un complejo sexual oculto en el subconsciente y originado en la infancia. Lo cierto es que vuelvo una y otra vez a los mismos ejemplos: Charlie Parker muerto por sobredosis a los 34 años ─y la ineptitud de su doble cortaziano Johnny Carter de «El perseguidor» en Las armas secretas─ o la impostura surrealista de Dalí y de muchos de sus compañeros de generación ─Emilio Valdivielso estudia además del caso de Dalí los de Lorca, Buñuel, Falla, Sánchez Mejías en El drama oculto─. Un precioso y profundo tratamiento del tema se puede encontrar en Muerte en Venecia, de Thomas Mann; pero Miguel D´ors tiene la maestría de sintetizar la cuestión en un único sintagma con el que cierra «Bird», uno de sus mejores poemas: «esplendor de la rosa / y el estiércol». Y Picasso, icono de la modernidad por excelencia, no sólo no se escapa de esta dicotomía, sino que representa uno de sus ejemplos más evidentes.

   En alguna ocasión he mostrado mi desconfianza hacia el anticuado positivismo comteniano, que pretende desentrañar la obra de arte a través de una suerte de pesquisas biográficas que cifran el origen del objeto artístico en algún acontecimiento significativo en la vida de su autor o en una personalidad peculiar. Por otra parte, el rígido formalismo tampoco parece exento de peligros, pues hay críticos que en un exceso de soberbio retoricismo son proclives a anular al autor y a entronizar sus propias interpretaciones invalidando las demás ─y ya se sabe que no vemos el mundo como es, sino como somos─. Lo ideal sería una especie de justo medio aristotélico, más cercano al formalismo que al positivismo para ser exacto.

   Ahora bien, también hay excepciones, y Picasso se ha merecido a pulso ser una de ellas, porque en el caso del pintor malagueño vida y obra se funden con tanta intensidad que no se puede entender una sin la otra, y sobre todo en lo que a su relación con las mujeres se refiere. Así se entiende lo que John Richardson y Douglas Cooper llamaron «la ley de Dora». Richardson lo define de la siguiente manera: «cuando Picasso cambiaba de mujer, cambiaba también todo lo demás: el estilo que caracterizaba a la nueva compañera, la casa o piso que compartían, el poeta que le servía de musa complementaria, la tertulia que le proporcionaba apoyo y comprensión…, hasta el perro que apenas se alejaba de su lado». A esta lista yo añadiría sin duda su obra, que iba evolucionando al mismo tiempo que sus relaciones amorosas. Cuando Picasso está enamorado su pintura es pletórica, exuberante, con frecuencia figurativa, o bien se llena de mensajes amorosos; cuando su relación se empieza a tambalear sus modelos se deforman, adquieren una imagen grotesca, agresiva, vulgar o patética. Su pintura es un reflejo fiel de lo que siente y piensa en cada momento. Paula Izquierdo describe esta actitud con gran acierto: «todas las mujeres, en un primer momento, produjeron en él un entusiasmo creativo, casi febril. Fueron objeto de su arte, de su búsqueda permanente. Las pintó compulsivamente […] A través de los rostros de sus mujeres se lee el estadio por el que pasaba la relación, los sentimientos que éstas le inspiraban, en qué estado de ánimo se encontraba, cuán feliz o desgraciado le hacía. Cuando la relación se iba deteriorando la imagen pictórica de la amante se desfiguraba, se transformaba, dejaba de ser digna de ser mirada con asombro para ser vista con estupor, cuando no con cierta sensación de dolor, de malestar atormentado y, por fin, de repugnancia. Generalmente las fisonomías femeninas se desfiguraban distorsionándose, incluso se rompían, a medida que la relación se prolongaba, y, por tanto, comenzaba a agotarse el amor».

   Cada vez que una relación se rompe y comienza otra nueva se percibe un cambio brusco: sus obras se llenan de una nueva esperanza y una renovada vitalidad. Porque precisamente en eso consiste uno de los rasgos más innovadores de Picasso ─sus mil caras─, una capacidad para romper con todo lo anterior y consigo mismo que Brassaï describió de la siguiente manera: «Cada vez que hace tabla rasa es definitivo, irremediable. ¡Es su fuerza! La clave de su juventud. Como una serpiente que muda, deja su piel vieja detrás de él y empieza una nueva vida en otro lugar […] Después de una ruptura, jamás volverá la cabeza atrás. Más prodigiosa que su memoria, es su facultad de olvido».

   Picasso tenía una personalidad muy compleja: era machista, misógino, celoso, posesivo, tiránico, con una fuerte personalidad que anulaba a todos cuantos le rodeaban. Este carácter repercutió en la vida amorosa del artista en una sucesión de mujeres que prácticamente se engarzaban unas con otras. En el fondo Picasso se rebela como una figura con fuertes carencias afectivas, un temperamento necesitaba constantemente amar y ser amado, aún cuando tuviera que recurrir a prostitutas en el caso de ser necesario. Sería imposible hacer un cómputo total de las amantes que tuvo a lo largo de sus 92 años de vida, aunque las biografías que se han escrito sobre él suelen reconocer aproximadamente el mismo número de parejas oficiales. En el libro de Paula Izquierdo, Picasso y las mujeres, aparecen un total de doce relaciones, añadiendo además un capítulo especial a su madre, cuya influencia es fundamental en los primeros años del pintor, que se crió en un entorno principalmente femenino, junto a dos hermanas. La importancia de estas doce relaciones es desigual en la vida de Picasso, y en algunos casos no dura más que unos meses. Su relación más duradera fue la última, Jacqueline Roque, su segunda esposa, con la que permaneció hasta su muerte durante casi veinte años.

   Parece que Picasso tenga la necesidad de amar y de causar sufrimiento al mismo tiempo. Su actitud de desprecio absoluto hacia la mujer se refleja en frase como «las mujeres son máquinas para sufrir» o «las mujeres deben ser pasivas y sumisas». A través de su arte lograba sus conquistas amorosas, que desempeñaban plácidamente el papel de musas, retratadas hasta la saciedad. Cuando el pintor se cansaba de ellas, lo que ocurría inevitablemente, necesitaba buscar desesperadamente otra nueva relación. Así describe Paula Izquierdo este comportamiento: «Hay algo de antropófago en los retratos que hace de forma casi compulsiva. Como si necesitara exorcizar sus sentimientos. Aprehender a la mujer amada a través de su pintura, poseerla hasta el agotamiento». En efecto, parecía como si devorase a sus amantes, como si les arrancara la vida a sorbos para dejarla gota a gota plasmada definitivamente en sus lienzos. De esta forma las iba erosionando hasta el hastío e incluso el desprecio. Finalmente la fatalidad parece adueñarse de todos aquellos que rodean al poeta: Fernande Olivier murió sola y olvidada por todos, Eva Gouel murió de cáncer, Olga Koklova ─su primera esposa─ acabó completamente desquiciada debido a su obsesión por Picasso, Marie Thérèse se ahorca dos años después de la muerte de Picasso, Dora Maar también acabó trastornada y con arrebatos místicos, Jacqueline Roque se suicida con un tiro en la sien años después de la muerte del pintor, su hijo Paulo muere por una cirrosis producida por la ingesta desenfrenada  y continua de alcohol y su nieto Pablito también termina suicidándose. Sólo Françoise Gilot pareció mostrar una personalidad lo bastante fuerte como para escapar a la vorágine picassiana.

   Aunque en casi todas sus amantes hay algo que llame la atención, posiblemente sean Dora Maar y Françoise Gilot las que más destaquen. Curiosamente ambas ejercieron de artistas ─Dora dedicada a la fotografía y Françoise a la pintura─ y tuvieron que verse reducidas a crear bajo la inmensa sombra del pintor malagueño. También son las que destacan intelectualmente dentro del prototipo de mujeres que solía frecuentar Picasso, y las únicas que podrían resultar estimulantes en este aspecto para él. En el caso de Jacqueline Roque uno siente una especial antipatía hacia su figura, porque entró con una sorprendente docilidad dentro del juego de Picasso, aguantando humillaciones y desprecios, llamando monseñor al pintor o besándole las manos. También se retrata como el personaje mezquino que enterró a Picasso en vida, aislándolo del mundo en su castillo de Notre-Dame-de-Vie, y apartándolo de su familia, de los hijos de sus anteriores relaciones y de sus nietos ─en el fondo culpable del suicidio de Pablito─.

   El recorrido biográfico de Paula Izquierdo tiene su originalidad en el hecho de que la figura de Picasso pasa por vez primera a un segundo plano, sin dejar de ser permanentemente omnipresente, y el foco de atención se centra en sus compañeras sentimentales. No pretende ser una obra totalizadora ni mucho menos: se ofrecen unas pocas pinceladas de cada mujer, de ellas sólo interesa lo tocante a Picasso. El uso de las citas es profuso, principalmente de dos libros: Conversaciones con Picasso de Brassaï y Picasso. Una biografía de John Richardson. Además, el libro aparece acompañado de numerosas fotografías y láminas en las que aparecen algunas de las imágenes más conocidas de las amantes de Picasso ─el único fallo es la escasez de documentación pictórica, por otra parte comprensible en una obra de tales características─. En definitiva, Picasso y las mujeres se perfila como un libro desde el que acercarse a la vida y a la obra del pintor malagueño desde una perspectiva pretendidamente distinta, que en el fondo es el acercamiento biográfico de siempre, porque es imposible referirse a la vida de Picasso sin mencionar a las mujeres que participan en ella.

   Por cierto, para complementar esta lectura puede resultar interesante acercarse al documental titulado Picasso y sus mujeres. La intensa relación entre su obra y su vida amorosa. La coincidencia de títulos es menos casual de lo que parece, ya que Paula Izquierdo es una de las guionistas del documental. Durante una hora aproximadamente se hace un recorrido por una nómina más reducida pero evidentemente más completa desde un punto de vista pictórico y visual. El único inconveniente es su estructura, un tanto irritante, con unos personajes ficticios que sobreactúan y unas conversaciones forzadas que introducen datos del pintor casi con un calzador.

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