Natividad, la inconsciente protagonista

Natividad, la inconsciente protagonista

   Los límites entre el arte y el no arte es una de las cuestiones más dolorosamente punzantes de la dichosa modernidad. Pero en esta ocasión no voy a plantearme por qué un puñado de latas llenas de mierda se veneran como a una especie de ídolo fálico en el centro Georges Pompidu, en la TATE Gallery o en el MOMA. Con anterioridad he expresado la opinión que me merece el arte moderno, en dos artículos titulados «Verborrea crítica» y «El traje nuevo del emperador», el primero sobre Joan Miró y el segundo sobre la feria de ARCO. Las opiniones expresadas en aquel entonces permanecen ahora vigentes con fuerza inusitada.

   Otro tema no menos inquietante es el de las relaciones existentes entre la moralidad y el arte. El romanticismo, primer gran movimiento intelectual y artístico de la modernidad, rompe la unión que se había considerado hasta ese momento como las dos caras de una misma moneda: el bien y la belleza. A partir de ese momento pasa a formar parte del arte lo truculento, lo macabro o lo desagradable. Esta nueva vinculación se exacerba con autores como Théophile Gautier u Oscar Wilde y llega al clímax con Baudelaire y los decadentistas, hasta dar a caer con sus huesos en el expresionismo o en un sembrado Francis Bacon. Este es el recorrido que hace precisamente Umberto Eco en su Historia de la fealdad.

   Hasta aquí dos temas referentes al arte moderno, ligados entre sí pero independientes al mismo tiempo. ¿Qué ocurre cuando estos dos aspectos se consideran al mismo tiempo en una obra de arte? ¿Qué ocurriría si el título de esa famosa obra de Thomas de Quincey, El asesinato considerado como una de las bellas artes, se tomara al pie de la letra? (precisamente de Quincey plantea una estética del asesinato y Chesterton ya había dicho con su habitual humor: «El criminal es el artista; el detective, el crítico»). Poner límites al arte debería ser en este caso una cuestión de sentido común. La mayoría de nosotros somos capaces de percibir que no es posible realizar los actos más atroces y viles en nombre del arte; que no se puede robar, violar o asesinar y considerar estos hechos como obras de arte, por más que puedan generar determinadas sensaciones ─y una de las perspectivas más comunes del arte moderno parte y se basa en las sensaciones producidas por las obras─. Sé que esto que acabo de decir puede sonar a barbaridad porque sale de los parámetros de la normalidad, pero no es menos cierto que no todo el mundo se encuentra dentro de estos parámetros.

   Todo esto viene a cuento por la famosa y polémica obra de Guillermo Vargas Habacuc, que ató un perro en una galería de arte en Managua hasta dejarlo morir de hambre y sed. El animal murió después de haber padecido el sufrimiento de una muerte lenta y atroz ante la mirada impertérrita de los espectadores, posiblemente cegados por el prestigio que adquieren las obras que se exhiben en una galería de arte ─la ignorancia puede ser también cobarde─. La historia desde luego no está muy clara, y a poco que busquen información podrán comprobar que hay versiones contradictorias sobre la veracidad de esta obra de arte, por lo que, por si las moscas, conviene ponerla en cuarentena. De todos modos, verdadera o falsa, la idea no es ni mucho menos original, y recuerda a la mariposa de Peter Brook, que fue quemada viva al final de su monólogo, o a la polémica creada en torno a un vídeo expuesto por el museo Reina Sofía y realizado por Jordi Benito ─un perturbado que se ha hecho famoso por sus desagradables obras─ en el que se mostraba explícitamente el maltrato de vacas. Al igual que Habacuc, Benito causó en su momento un rechazo que finalmente desembocó en una denuncia interpuesta al Reina Sofía por parte de Amnistía Animal Comunidad de Madrid.

   Pues bien, parece ser que la Bienal Centroamericana de Honduras 2008 ha invitado al señor Habacuc a repetir su innombrable hazaña para deleite de un pequeño grupo de retorcidos críticos e indignación del resto de mundo. Hace algún tiempo llegó a mi correo electrónico una propuesta de recogida de firmas para boicotear la presencia de Habacuc en esta Bienal. Si no publiqué antes la información fue porque, aunque esté plenamente de acuerdo, considero que el poder de las firmas electrónicas es muy reducido. Sin embargo, a pesar de ser así, hacerlo sólo lleva unos pocos minutos y tiene la capacidad de dejar la conciencia más tranquila. Les animo a firmar contra este emponzoñado concepto del arte. Que se ate a sí mismo hasta morirse de hambre; que se hagan daño a sí mismos si quieren, como el famoso Shoot de Chris Burden ─y maldita la puntería─, pero que nos dejen en paz a los demás.

   Firma el boicot a la presencia de Guillermo Vargas Habacuc en la Bienal Centroamericana de Honduras 2008.

Comentarios

comentarios