Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift

Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift

   No deja de ser curioso el proceso de reinterpretación constante al que están sometidos las grandes obras de la literatura —uno de los casos más célebres, por paradójico, es El Quijote, novela que cada época ha interpretado según su modo de pensar y sus intereses, desde una parodia llena de comicidad hasta la tragedia de un hombre que lucha por sus ideales—. Algo parecido es lo que ha ocurrido con Los viajes de Gulliver, una obra que ha pasado de ser una de las críticas más violentas y negativas de la sociedad y del ser humano en general a leerse como una historia para niños. Debido a su desbordante fantasía, son innumerables las versiones infantiles que se han hecho de la obra, fundamentalmente del viaje de Gulliver a Liliput, el más conocido de todos. Pero la historia original de Swift no se corresponde exactamente con las versiones más conocidas, y así, entre viaje y viaje Gulliver consigue regresar a su casa, donde pasa algún tiempo antes de su nueva aventura, y trae consigo pruebas de la existencia real de las islas —un minúsculo rebaño o el gigantesco aguijón de una abeja—. Sin embargo, más allá de la narración infantil, se esconde, como he indicado, uno de los libros más duros y descarnados con el ser humano que se hayan escrito.

   Los viajes de Gulliver se insertan en un género bien conocido y de mucho éxito en la época, los libros de viajes. No es extraño que los europeos, de mentalidad ilustrada, viajen por todo el mundo y describan las costumbres de otros países con un interés rayano en lo antropológico, aunque siempre desde el ingenuo y presuntuoso punto de vista de la superioridad europea. Los libros de viajes que inundan el mercado editorial van desde el más estricto realismo a la fantasía más delirante. Precisamente, a medio camino entre ambos polos, se sitúan Los viajes de Gulliver, que se plantean desde el principio como una parodia a tales libros de viajes —una vez más, al igual que El Quijote—. Y es precisamente esa mezcla de realidad y fantasía uno de los aspectos más sorprendentes de la novela, porque a la objetividad en el modo de narrar se opone lo maravilloso de las descripciones, hasta tal punto que podría entenderse la obra como uno de los antecedentes del realismo mágico. De esta forma describe su encuentro con los liliputienses: «Al volver la vista hacia abajo lo más que pude, advertí que se trataba de una criatura humana, que no llegaba a medio palmo de alto, con un arco y unas flechas en las manos y una aljaba a sus espaldas».

   Pero detrás de todo ese derroche de fantasía se encuentra una crítica que va evolucionando a lo largo del libro a la par que evoluciona el modo narrativo. Si en las versiones infantiles y juveniles que se hacen del libro se utilizan sobre todo los dos primeros viajes no es por una caprichosa elección: no es difícil percibir que los dos primeros viajes conforman una unidad, desarrollada en torno al tema del tamaño pero con similitudes narrativas, que es completamente distinta a la unidad formada por los dos últimos viajes. En los dos primeros viajes la acción es más trepidante, las aventuras se suceden unas a otras, y ponen constantemente en peligro la vida de Gulliver. Frente al carácter narrativo de estos viajes a continuación se desarrollan dos viajes más propensos a lo discursivo. En el tercer viaje, incluso, se podría decir que Gulliver pasa a un plano completamente secundario y se convierte en un mero espectador que aporta muy poco al desarrollo de la historia. Al mismo tiempo la crítica del libro se va volviendo más agria y violenta.

   En Liliput la crítica no va más allá de los asuntos políticos. La invención del telescopio inspira en Swift el juego de las magnitudes, con el que desarrolla un episodio con una fuerte carga humorística. Los liliputienses, pequeños como insectos, están enfrascados en una guerra de terribles proporciones por motivos igualmente insignificantes: una guerra civil no declarada oficialmente entre los partidarios del tacón alto en los zapatos y los defensores del tacón bajo, y una guerra contra la otra isla, Blefuscu, debido al lado por el que deben romperse los huevos. Este conflicto político, que ha llegado a causar unas once mil víctimas antes de que el reino se sometiera y treinta mil en el conflicto armado acaba tomando tintes religiosos cuando se tacha de cisma y se alude al libro de la doctrina fundamental del gran profeta Lustrog —del que se dice que es como el Corán— y se menciona la dificultad y ambigüedad en la interpretación de los textos sagrados: «que todos los auténticos creyentes casquen sus huevos por el extremo conveniente». Aunque es evidente la parodia religiosa, que Swift vivió bastante cerca, entre católicos y protestantes, existe también una crítica política que parodia el enfrentamiento entre liberales y conservadores. De una parte se posicionan aquellos que defienden «la manera primitiva de cascar los huevos», es decir, cascarlo por el extremo más ancho —Blefuscu—, y del otro los que introducen la novedad de cascarlo por el extremo más estrecho —Liliput—. A pesar de que, en un principio, Gulliver se posicione de parte de los liberales, a los que sirve fielmente apresando a la tropa de Blefuscu, finalmente se descubren como traidores —en un pasaje, el de la bondad real, lleno del humor negro que admirara a André Breton— y son los habitantes de Blefuscu los que acaban tratando a Gulliver con magnanimidad.

   En su segundo viaje Swift también utiliza las proporciones como elemento paródico, esta vez en sentido opuesto: el país de Brobdingnag está habitado por inmensos gigantes ante los cuales Gulliver es el insecto. Swift de un paso adelante en su crítica haciéndola más general en cuanto que abarca la constitución humana. Para ello utiliza la perspectiva desproporcionada que tiñe el relato de un humor pantagruélico que le sirve para manifestar las miserias de cuerpo humano. De tal manera hace la descripción de un pecho: «debo confesar que no hay objeto que nunca me haya repugnado tanto como la contemplación de su monstruoso pecho, con el que no hallo cosa para comparar a fin de brindar al curioso lector una idea de su dimensión, forma y color. Era una protuberancia que se proyectaba casi dos metros hacia fuera, y su circunferencia tendría no menos de cinco. El pezón era como la mitad del tamaño de mi cabeza, y el tono, tanto de éste como de la mama, tan multicolor por sus lunares, granos y pecas, que nada podría parecer más nauseabundo». Ni tan siquiera la más refinada de los habitantes de Brobdingnag, la reina, queda a salvo del horror que causa la descripción desproporcionada y su forma de comer aparece como un espectáculo repugnante: «tomaba un bocado tanto como una docena de granjeros ingleses podían comer en un almuerzo».

   Existe en el viaje a Brobdingnag un pasaje que permite establecer un paralelismo entre este viaje y el último, al país de los houyhnhnms. Gulliver describe al monarca de Brobdingnag todos los aspectos concernientes a Europa: política, sistema de gobierno, economía, sociedad, historia, etc. Llevado por una irónica inocencia Gulliver habla con una avasalladora sinceridad sobre todos los desmanes del sistema europeo, ante lo cual, el rey de Brobdingnag «se quedó totalmente estupefacto ante la reseña de la historia de nuestros asuntos durante el último siglo, diciendo, en tono de protesta, que aquello no era sino un montón de conjuras, rebeliones, asesinatos, matanzas, revoluciones y destierros que son los más funestos efectos que la avaricia, el partidismo, la hipocresía, la perfidia, la crueldad, la ira, la locura, el odio, la envidia, la codicia, la malicia y la ambición pueden producir». La diferencia entre la bondad de Brobdingnag y la de los houyhnhnms es que la de los primeros parece sustentarse sobre la simplicidad y la de los segundos sobre una superioridad moral muy evidente. Frente al episodio en el que Gulliver ofrece la pólvora al rey, después de describir sus propiedades destructivas, y éste, horrorizado, le prohíbe terminantemente volver a mencionar el asunto, Swift parece señalar con un sentido humorístico que la maldad es inversamente proporcional al tamaño. El rey se sorprende de que un ser tan minúsculo sepa elaborar un arma tan nefasta al igual que Gulliver se sorprendía del sinsentido de la guerra entre Liliput y Blefuscu.

   El tercer viaje es el menos unitario en tanto cuanto Gulliver visita distintas islas —en las que se establece en periodos de tiempo más breves— y describe una mayor variedad de pueblos. Gulliver visita primero la isla flotante de Laputa —voladora mediante el uso de un gigantesco imán—, en la que sus habitantes se dedican exclusivamente al desarrollo de la música y de las matemáticas, aunque siempre desde un punto de vista teórico muy alejado de la aplicación práctica, lo conlleva que sean no sepan inventar, imaginar o razonar y que sean pésimos arquitectos. Dedicados por completo a la meditación, los laputanos no tienen la más mínima noción de la realidad, e incluso sus mentes «se enfrascan tan intensamente en especulaciones que no pueden ni hablar ni oír lo que otros les dicen si no se las hace volver en sí con algún contacto externo sobre los órganos del habla y del oído». Tanto es así que los dirigentes han descuidado por completo el sistema de gobierno y el pueblo llano se ve obligado a malvivir, muchas veces en pésimas condiciones. Este hecho sirve a Swift para plantear una de las ideas más peligrosas del libro, la de una revolución contra el monarca de Laputa, que si hubiera llegado a buen puerto habría llegado a «matar al Rey y a todos sus servidores, y cambiar por completo el sistema de gobierno».

   Es evidente que los laputanos representan para Swift a aquellos coetáneos dedicados por completo al cultivo de las ciencias abstractas, una crítica que se extiende a su siguiente viaje a la isla de Balnibarbi, que no es sino una prolongación de Laputa. En Balnibarbi Gulliver conoce a los proyectistas, que simbolizan a los estudiosos de la Royal Society y en general a la pasión exacerbada y pedante por la ciencia y el racionalismo. Estos proyectistas recuerdan por una parte a los utópicos y por otra a los arbitristas de la época, que proponían mejoras a la sociedad que todo el mundo tomaba a burla. Los proyectistas, dedicados a actividades por completo teóricas, se hayan enfrascados en los proyectos más disparatados, como extraer rayos de sol de pepinos para envasarlos, convertir los excrementos en alimentos, calcinar hielo para hacer pólvora, construir casas desde el techo hasta los cimientos o tejer ropa con tela de araña.

   El siguiente viaje de Gulliver le lleva a la isla de Glubbdubdrib, habitada por una tribu de magos con habilidades nigrománticas que les permiten resucitar a cualquier muerto. Gulliver aprovecha para resucitar a los grandes personajes que han escrito la historia de la Humanidad, una vez más con intención crítica de mostrar el esplendor del pasado frente a la decadencia del presente: «Pedí que apareciera ante mí el Senado de Roma en una gran cámara, y en otra, frente por frente, una Asamblea de representantes de hoy día. El primero parecía una Asamblea de héroes y semidioses; la otra un hatajo de buhoneros, carteristas, bandoleros y matones». Así mismo, aprovecha para describir la degeneración física y moral de la sociedad inglesa comparando antiguos labradores ingleses llenos de sencillez, justicia y amor por su patria con sus nietos, viciosos y corruptos.

   En el último lugar que visita Gulliver digno de mención en este viaje acontece uno de los episodios más desconcertantes de todo el libro. Gulliver llega a Luggnagg, una isla en la que habita una misteriosa raza de inmortales llamados struldbruggs. Por suerte para los habitantes de Luggnagg estos struldbruggs son una inmensa minoría, ya que la forma de inmortalidad que concibe Swift está llena del mismo horror que obsesiona a Borges —y que aparece en relatos tan magistrales como «El inmortal» o «Las ruinas circulares»—. Se trata de una inmortalidad que no conlleva una eterna juventud, sino que está sujeta a los progresivos —e interminables por ser inmortales— achaques de la vejez. De esta forma queda descrita la degeneración física que padecen los inmortales: «A los noventa años se les caen los dientes y el cabello; a dicha edad no distinguen gustos, sino que comen y beben lo que pueden conseguir, sin ningún gusto ni apetito. Las enfermedades a que viven sujetos continúan afectándoles, sin que aumenten o disminuyan. Al hablar olvidan las acepciones corrientes de las cosas, y los nombres de las personas, inclusote aquellas que son sus amigos y parientes más próximos». De la misma forma, después de varios centenares de años son incapaces de comunicarse con los mortales, debido a las transformaciones a que están sometidos los idiomas. Es por eso que envidian la suerte de los mortales, que tienen un puerto en el que descansar al que ellos nunca llegarán.

   El último viaje de Gulliver es que el muestra de forma más descarnada las miserias del género humano. En él Gulliver conoce a la raza de los houyhnhnms, que son caballos dotados no sólo de raciocinio sino de un sentido moral infinitamente superior al de los seres humanos. Así, para los houyhnhnms no existe la mentira —el lenguaje se concibe estrictamente como una forma de incrementar la información—, ni tampoco contempla términos muy habituales para el ser humano como poder, gobierno, guerra, ley o castigo. En oposición a la superioridad de los houyhnhnms, Gulliver conoce a una raza de animales cuyo aspecto desagradable le llena de desprecio y aversión: los yahoos. Después de haber reiterado en varias ocasiones la repulsión que siente por estos animales descubre las semejanzas entre los yahoos y los seres humanos, dos razas sorprendentemente similares: «El horror y espanto que sentí al observar que aquella abominable criatura tenía exactamente la misma figura que un hombre, no son para describirlos».

   También se trata del episodio menos narrativo de todos, ya que su organización se desarrolla en torno a la conversación llena de irónico honor que se produce entre Gulliver y el houyhnhnms que se hace cargo de él. Una vez más, como ocurría en la isla de Brobdingnag, el autor pone de manifiesto los defectos del ser humano, refiriéndose de forma bastante crítica a las leyes y al Derecho —llamando a los abogados y jueces criminales y mentirosos—, a la sociedad, a la medicina, al gobierno y la nobleza, señalando como sus principales atributos la mentira, la corrupción, la pereza, la ignorancia, la perversión, el egoísmo o la frivolidad. Estas descripciones sorprenden y horrorizan al houyhnhnm, que finalmente llega a la conclusión de que los seres humanos y los yahoos son parejos en maldad, y que únicamente se diferencian en el ingenio de los primeros, lo cual los hace aún más aborrecibles, porque los yahoos no son, al fin y al cabo, conscientes de su propia maldad. Sin embargo, los houyhnhnms tampoco parecen el ideal al que imitar puesto que llegan a ser demasiado fríos, incapaces de albergar cualquier tipo de pasión, en uno u otro sentido —ni amor ni odio—, ni siquiera ante la muerte, que afrontan con calma y serenidad. Como consecuencia de polos tan opuestos, puede interpretarse a los houyhnhnms como representantes de lo apolíneo en el ser humano y a los yahoos de lo dionisíaco. Gulliver quedará fatalmente marcado por su encuentro con los houyhnhnms, ya que su recuerdo de los yahoos determinará que mire con asco a la raza humana el resto de su vida, convirtiéndose en un verdadero misántropo y cerrando así una de las novelas más negativas con respecto al ser humano que se hayan escrito.

   Este es un libro viajero

Comentarios

comentarios