La vida de las abejas de Maurice Maeterlinck

La vida de las abejas de Maurice Maeterlinck

   Una de mis pasiones más ocultas, creo que hasta ahora no descubierta por estos lares, son las hormigas. Desde pequeño quedaba fascinado con ellas y descubrir un hormiguero era un feliz hallazgo que me garantizaba horas de entretenimiento: las observaba como un verdadero entomólogo, las sometía a diversos experimentos en laberintos fabricados por mí mismo, las premiaba o castigaba, preferentemente lo primero, porque mi posición era más bien la de un dios magnánimo y benévolo. El mundo de los insectos siempre me ha fascinado, sospecho que es porque me parecía un mundo fantástico, casi irreal, con seres monstruosos que van más allá de los límites de la imaginación. Pero dentro de este mundo grotesco y maravilloso para mí ha sido siempre la hormiga la estrella protagonista, algo que nunca he llegado a entender del todo. Aún hoy conservo intacto ese cariño por las hormigas ─que espero materializar un día en una granja─ y es por eso que fue un descubrimiento dichoso el libro de Maurice Maeterlinck titulado La vida de las hormigas. Supuso unir en un solo punto dos de mis grandes pasiones: a las hormigas les añadía la literatura, la visión del escritor que fuera premio Nobel de Literatura en el año 1911???. Y con Maeterlinck añadía no sólo la literatura sino un amor por las hormigas que no le va a la zaga al mío. La vida de las hormigas es un libro que se lee en un suspiro y que se disfruta de principio a fin. Fue por eso que al pensar en un autor de Bélgica me viniera a la cabeza el nombre de Maeterlinck y por supuesto de su libro La vida de las abejas, que es más conocido que el que dedica a las hormigas.

   El principio que inspira La vida de las abejas es muy similar al de La vida de las hormigas ─y al que cierra la trilogía, La vida de los termes─; como él mismo reconoce, «no es un manual ordinario de Historia Natural, únicamente destinado a darnos a conocer mejor esos bichitos», sino que va más allá del tratado de apicultura o del estudio monográfico propio de un entomólogo. Además del amor y la pasión por el mundo microscópico de las abejas, Maeterlinck mezcla sus conocimientos y desconocimientos con «algunas reflexiones más extensas y más libres», todo ello en un estilo cuidado, que deslumbra por la brillantez de sus descripciones, la alegría del cielo azul de verano o el lirismo del vuelo nupcial de la abeja reina. Lejos de la exposición científica, el amor hacia estos insectos y su exuberante estilo llevarán a Maeterlinck a describir a las abejas como «el alma del estío, el reloj de los minutos de abundancia, el ala diligente de los perfumes que vuelan, la inteligencia de los rayos de luz que se ciernen, el murmullo de las claridades que vibran, el canto de la atmósfera que descansa».

   Recurre Maeterlinck en varias ocasiones a lo largo del estudio a la comparación de las abejas con el ser humano. Primeramente los iguala de forma sencilla y gráfica, poniendo al mismo nivel el movimiento de las abejas dentro del panal con el de los seres humanos, cuya actividad contemplada desde el cielo se podría deducir tan inerte y miserable cuanto incoherentes e incomprensibles parecen las abejas dentro del panal. Más adelante llegará a hablar incluso de moral, distinguiendo las colmenas muy virtuosas de las muy pervertidas ─el apicultor imprudente puede ser un instrumento de corrupción de la colmena─.Pero la base de la comparación es mucho más ambiciosa, ya que trata de trazar un mapa de similitudes entre la inteligencia humana y lo que llama «el espíritu de la colmena», una comparación que le lleva finalmente a la conclusión de que la colmena alcanza un grado de perfección dentro de la Naturaleza superior al del hombre: «Ningún ser vivo, ni siquiera el hombre, ha realizado en el centro de su esfera lo que la abeja en la suya, y, si una inteligencia ajena a nuestro globo viniese a pedir a la tierra el objeto más perfecto de la lógica de la vida, habría que presentarle el humilde panal de miel».

   El objetivo de La vida de las abejas es precisamente esclarecer el carácter y la esencia de ese «espíritu de la colmena», discernir si es el mero instinto lo que les ha permitido establecer instituciones y realizar trabajos de innegable perfección o si es una «inteligencia» en el sentido que el hombre atribuye a esta palabra. Maeterlinck se decanta claramente por la segunda opción, refiriéndose a una inteligencia social o grupal, en muchos sentidos similar a la humana. Para él hablar de instinto supone enmascarar la realidad con un término que no llega a aclarar el misterio ni siquiera parcialmente. De todas formas, Maeterlinck aborda su estudio consciente de los límites impuestos por la Naturaleza al entendimiento humano, y esta limitación precisamente le sirve de estímulo, ya que plantea cuestiones que van más allá del estudio de las abejas: «Le llamemos Dios, Providencia, Naturaleza, Azar, Vida o Destino, el misterio sigue siendo el mismo, y todo lo que millares de años de experiencia nos han enseñado es a darle un nombre más vasto, más próximo a nosotros, más flexible, más dócil a la espera y a lo imprevisto».

   Para entender esa «inteligencia» de la colmena es necesario tener en cuenta su carácter colectivo: «En la colmena, el individuo no es nada, no tiene más que una existencia condicional, no es más que un momento indiferente, un órgano alado de la especie. Toda su vida es un sacrificio total al ser innumerable y perpetuo de que forma parte». Lo que mueve a las abejas, lo que mantiene a la colmena viva es la noción del porvenir y el amor a la raza. Ese sentimiento abstracto y superior es lo que lleva a todas las abejas a proteger a su reina con su vida si fuera necesario. Si la reina muere la colmena está irremediablemente condenada a desaparecer. Por ello, por el bien de la colmena, la vida de uno solo de sus miembros cuenta solo en tanto que forma parte de un conjunto, y es perfectamente sacrificable en beneficio de ese conjunto. Así se entiende, por ejemplo, el sacrificio de los zánganos, aunque no deja de ser sorprendente la fatalidad de esta ley, que hace que cuando dos abejas de una misma colmena están fuera del panal ya no se conozcan y no se ayuden mutuamente. El papel que desempeña la reina dentro de esta sociedad no es jerárquico, ya que representa el porvenir infinito de la raza, a la que sirve antes que gobierna; es soberana, pero también «sirvienta real», «el corazón esclavo de la colmena cuya inteligencia la rodea».

   Por encima de esta idea Maeterlinck va dedicando distintos capítulos a cada uno de los momentos decisivos de la colmena, empezando por su fundación, que sorprende y maravilla por la perfección de sus formas geométricas. Con una precisión matemática las abejas construyen la colmena sin desaprovechar un centímetro, siguiendo el principio de la mayor eficacia, pero al mismo tiempo utilizando el menor esfuerzo posible. Pocos días después del nacimiento de las reinas, y después de su enfrentamiento entre ellas, del que sólo puede quedar una, se produce el vuelo nupcial, única ocasión en que verán la luz del sol para unirse a un puñado de zánganos elegidos ─el resto serán sacrificados por el emjambre porque no aportan nada a la colmena─. A partir de ese momento, si la fecundación ha sido exitosa, los espermatozoides quedan almacenados dentro de la reina, que podrá poner huevos de obreras sin necesidad de volver a ser fecundada por los zánganos. De esos mismos huevos podrán nacer además de obreras nuevas reinas si son alimentadas de forma especial. En caso contrario, de los huevos no fecundados nacerán zánganos que sólo perjudicarán a la colmena y que a corto plazo precipitarán su destrucción. Cuando llega el momento idóneo se produce el traslado del enjambre y la colmena deberá empezar una vez más desde cero, repitiéndose de nuevo el ciclo.

   Leer La vida de las abejas es una opción recomendable no sólo para aquellos que estén interesados por el mundo de los insectos, sino que es una lectura sugerente para reflexionar sobre los límites con que se enfrenta el hombre al calificar determinados fenómenos de la Naturaleza, lo ambiguo de conceptos como el de instinto o el de inteligencia. Como ya he indicado, no se rechaza a la visión materialista de la ciencia, pero consciente del misterio se enriquece con un sentido poético que llega a interpretar el vuelo nupcial como una de las manifestaciones más hermosas del amor, una puerta detrás de la que se esconde un atisbo de la verdad del mundo y que sólo nos está permitido entreabrir para presentir lo que esconde.

   Este es un libro viajero

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