Otelo de William Shakespeare

Otelo de William Shakespeare

   Existe un viejo dicho ─con muchísimas variantes─ que dice algo así como «no hables si no puedes mejorar el silencio». Esta frase es precisamente la que me viene a la cabeza cuando sopeso la posibilidad de escribir una reseña sobre una obra como el Otelo de Shakespeare. Es tan evidente que en unos pocos párrafos no se pueden añadir ideas nuevas sobre un libro al que se han dedicado decenas y decenas de estudios monográficos como cierto es que intentarlo no iría más allá de repetir un puñado de ideas trilladas sobre la obra. Es por eso que desecho rápidamente la posibilidad de hacerlo y elijo el camino, bastante parecido pensará más de uno, de escribir unas cuantas líneas sueltas, muy personales y subjetivas, sobre las impresiones que ha causado la lectura de la obra en mi persona. Al fin y al cabo es la única forma que se me ocurre para salir airoso de semejante trance y salvar los muebles.

   Otelo es para mí ante todo y por encima de todo la obra de Yago. Esto no significa relegar a Otelo a un segundo plano ni mucho menos, pero hay que admitir que el resto de los personajes se ven arrastrados y anulados por ese torbellino destructivo y destructor que es Yago, una de las creaciones, junto a Hamlet y Falstaff, más perfectas de Shakespeare. La doble fuerza que genera Yago de atracción y repulsión es la contradicción que está presente en todo lo prohibido y peligroso. Swinburne lo definía como «la más perfecta maldad, el más potente semidiablo», mientras que para Harold Bloom «apenas existe un círculo en el Infierno de Dante que Yago no pudiera habitar, tan grande es su poder para el mal». Su lucidez y creatividad es admirable, su cinismo produce una mueca amarga a ratos, su descontrol nihilista horroriza. Algo nos atrae y nos aleja de Yago, como un oscuro presentimiento de la naturaleza humana, o al menos de sus posibilidades.

   Que Yago sea el único elemento cómico de Otelo dice mucho del tono general de la obra: el bufón no tiene la misma relevancia que en Hamlet o en El rey Lear. Yago tiene algo de bufón, pero también de Edmundo; es más, casi se podría decir que es un Edmundo hiperbólico, porque al fin y al cabo Edmundo es aniquilado por la víctima de su engaño, Edgar, convertido en vengador, pero Yago es un poder desbocado contra el que no cabe oposición alguna. Por otra parte, las motivaciones de Edmundo son claras, pero las de Yago son oscuras y misteriosas. O se engaña a sí mismo pensando una posible infidelidad de Otelo con Emilia, su mujer, o no quiere admitirse a sí mismo que el verdadero odio se fundamenta en haber sido apartado de Otelo a favor de Casio. Para Bloom este último motivo es más que evidente, y aún va más allá: lo que Yago llega a insinuar apenas es que Otelo pudo ser en el pasado su dios, una divinidad entregada por completo a la guerra que le traicionó y que merece ser castigado. Esto es suficiente para que Yago piense que le odia más que al mismo Lucifer.

   El propio Bloom hace un paralelismo entre la caída de Yago y la caída del Satán de Milton, aunque el primero es más sublime y el segundo es su discípulo. El odio obsesivo de Yago es similar al de Ahab: Otelo es el Moby Dick que debe ser arponeado y destruido a toda costa. Pero por encima de su maldad arbitraria, lo que llama la atención de Yago es su descomunal cinismo: el resto de personajes cantan constantemente alabanzas de su virtud, sobre todo Otelo ─sólo Rodrigo es consciente de su doble fondo─. Y Yago no dudará en utilizar esta virtud postiza en provecho propio, haciendo gala de ella según las circunstancias lo requieran, especialmente ante Otelo. Pero sólo eso no hubiera sido suficiente para convertir a Yago en uno de los personajes shakesperianos más sublimes. Yago no está completo desde un primer momento; a lo largo de Otelo tenemos el honor de asistir al proceso de creación de un personaje por parte de Shakespeare.  Su maldad, cuyo objetivo final ni el propio Yago sabe con certeza, va tomando forma sobre la marcha. En uno de sus soliloquios se confiesa a sí mismo esa incertidumbre: «Todavía mi pensamiento vive confuso y entre sombras: que los pensamientos ruines sólo en la ejecución se descubren del todo».

   De mayor ambigüedad que Yago es Otelo, un personaje contra el que la crítica se ha ensañado duramente por la facilidad con que cae bajo los engaños de Yago, la rapidez con que olvida el amor que siente por Desdémona, y el desbordamiento del odio en que se transforma ese amor. El origen de Otelo parece incierto, pero al mismo tiempo, a la manera del Quijote, es un hombre que se ha hecho a sí mismo ─y al cabo fue ese “hacerse a sí mismo” lo que conquistó a Desdémona─. Su raza y la humildad de su nacimiento llenan de prejuicios a una sociedad que le demuestra un respeto basado más en el provecho propio que en los méritos. Brabancio llega a considerar una aberración contra naturaleza el enamoramiento de Desdémona, pero el caso pronto se olvida ante la amenaza de la invasión a Chipre: Otelo es el único salvador posible. Se puede considerar como un dios de la guerra lleno de virtudes venido a menos por necesidades de la vida doméstica, un espíritu al fin incapaz de dedicarse a las finezas del amor. La relación estaba predestinada desde el principio, algo que se presiente en la condena de Brabancio: «Moro, guárdala bien, porque engañó a su padre y puede engañarte a ti».

   A Otelo le pasa algo parecido al Julio César de Shakespeare: se mueve dentro de una ambigüedad en la que es difícil señalar la frontera entre la vanagloria y la grandeza verdadera. Tan cierto es que a pesar de su caída en ningún momento se muestra risible o insignificante como que su amor se convierte en un pozo sin fondo chorreante de odio negro y pegajoso que le lleva a gritar: «Con mi aliento arrojo para siempre mi amor. ¡Sal de tu caverna, hórrida venganza! Amor, ¡ríndete al monstruo del odio! ¡Pecho mío, llénate de víboras!». Bloom, para quien el personaje no pierde su dignidad, Otelo «es admirable, una atalaya entre los hombres, pero muy pronto se convierte en una atalaya derruida». El problema que se plantea es cómo Yago ha conseguido embaucar y transformar a Otelo con unas pocas palabras, a pesar de que su amor por Desdémona parecía tan sincero ─una transformación que, como ocurre con Rodrigo, no está exenta de dudas─.  La hipótesis de Bloom de que el matrimonio entre Otelo y Desdémona no se hubiera consumado nunca a pesar de los deseos ansiosos de ella no parece del todo descabellada. Otelo es tan vulnerable a las insinuaciones de Yago porque no tiene ni puede tener la certeza de que Desdémona sea virgen. La siguiente pregunta que se plantea es si Otelo desea sexualmente a Desdémona o no. Pensar que Otelo sea una representación shakesperiana de «la vanidad y el miedo masculino ante la sexualidad femenina» quizá sea ya hilar muy fino, pero es una posibilidad que no hay que dejar de considerar.

   Dejando este tema a un lado, de todos los personajes manipulados por Yago el más antipático y menos carismático es Rodrigo, cuyo motor es una especie de mezcla de lujuria y vanidad enmascarada de amor hacia Desdémona. Aunque moralmente es a todas luces muy inferior a Otelo ─al menos al Otelo anterior a la transformación─, como ocurre con Brabancio, existe un importante prejuicio hacia él fundamentado en su raza y en su origen. Rodrigo está convencido de su superioridad ante Otelo, pero sus actos demostrarán lo equivocado que estaba. Para Yago manipular a Rodrigo con la esperanza del amor de Desdémona es cosa de niños. En sus manos es un mero instrumento de destrucción de Casio, la verdadera causa de su odio por Otelo. Durante breves instantes Rodrigo tiene un momento de lucidez que le lleva a sospechar de Yago, pero la superioridad de éste se superpone y anula al primero. Cuando deja de ser útil y se convierte en un peligro Yago tiene la precaución de deshacerse de él, una medida que tuvo la poca previsión de no considerar en el caso de Emilia.

   Y es que la heroica victoria de Emilia sobre Yago es según Bloom una de las más grandiosas ironías de Shakespeare. Yago, ese maestro de la psicología que supo manipular con gran habilidad al resto de personajes, a Otelo, a Desdémona, a Casio, a Rodrigo o incluso a Emilia, es vencido por ésta última, que no pasaba de ser un eslabón más en la cadena de intrigas. Yago no logra prever que la honradez de Emilia y su fidelidad y amor hacia Desdémona pondrán al descubierto el engaño. Llevado por la sorpresa la humanidad asoma en Yago en sus instintos más primitivos, que le llevan a asesinar a Emilia, convirtiéndose en un reflejo de aquello que tanto odiaba: Yago mata a su esposa como Otelo había asesinado a Desdémona hacía solo unos instantes. Incluso la huida, que sería la salida del vulgar ratero, queda ensombrecida por su silenciosa actitud final. El enfrentamiento verbal directo entre Yago y Otelo nunca se producirá. Con el silencio de Yago, tan sorprendente como desolador, el final de Otelo se tiñe de ambigüedad. Por encima de la confusión, del rechazo o de la admiración que cause, el personaje de Yago sale sublimado y engrandecido.

   Este es un libro viajero

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