El Golem de Gustav Meyrink

El Golem de Gustav Meyrink

   Los caminos por los que un autor o un libro llegan a nuestras manos son inescrutables. A veces puede tratarse de un regalo, un libro del que oímos hablar alguna vez, la recomendación de un amigo, o la de una autoridad. En este último caso podría ofrecer una dilatada nómina de los autores que son una referencia constante en la elección de mis lecturas, pero en lugar de eso me limitaré a dar el nombre del más importante de todos ellos: Jorge Luis Borges. De entre todas las lecturas que Borges recoge en ese magnífico compendio que es su Biblioteca personal —un canon en el que ya he dado algunos pasos— hay un libro que llamó especialmente mi atención: El Golem de Gustav Meyrink. A la atracción por la figura del maldito —utilizo la denominación de Savater de Malos y malditos, comparando al Golem con Frankestein—  hay que sumar las palabras de Borges: «Todo en este libro es extraño, hasta los monosílabos del índice: Prag, Punsch, Nacht, Spuk, Licht. Como en el caso de Lewis Carroll, la ficción está hecha de sueños que encierran otros sueños».

   Sin embargo, el que se acerque a El Golem con la idea de leer una historia sobre ese mítico personaje de barro, cuya imagen más perfecta esboza el propio Borges en su poema homónimo, se defraudará al encontrarse un libro muy distinto. El Golem es una obra muy fragmentaria, con una complicada trama en la que los elementos oníricos e irracionales son fundamentales, un conjunto de episodios enlazados por un personaje central, el maestro Pernath, de carácter muy heterogéneos y que en muchas ocasiones son difíciles de comprender, debido en gran parte a que el narrador, en primera persona, recurre a veces a la absoluta libertad en el flujo de sus pensamientos, la misma técnica que utiliza el Ulises de Joice, aunque con distinto resultado. En muchas ocasiones este tipo de narración rompe los lazos con la realidad, con cualquier referencia que pudiera orientar al lector. El resultado es una obra a ratos agotadora y a ratos insufrible, en la que es difícil concretar hacia dónde se pretende ir y qué significa lo que se narra.

   El resumen de la historia podría hacerse en pocas palabras: el maestro Pernath, que no sabe nada sobre su pasado porque tuvo algún acontecimiento traumático que le llevó a someterse a hipnosis para olvidarlo, va tomando conciencia de sí mismo y de ese pasado perdido, a través de distintos acontecimientos y por la mediación de varios personajes que se introducen en la trama sin ningún tipo de presentación, como si el lector los conociera desde siempre. Después de una serie de acontecimientos sobrenaturales, hilvanados de forma caótica y casi incoherente, Pernath es acusado de un crimen que no ha cometido y encarcelado. Existe un personaje, el archivero Hillel, que se convierte en el maestro espiritual de Pernath, con una hija, Miriam, de la que el protagonista se enamora. Además hay una trama paralela, la del cambalachero Wassertrum, y el odio que su hijo, Charousek, siente hacia él. Esta trama secundaria se enlazará con la principal, de forma que el destino del protagonista quedará determinado por él.

   Además del folclorismo judío, la obra está influenciada por la teoría platónica del conocimiento, y más concretamente por la teoría de la reminiscencia que Sócrates expone en el Menón. En un momento determinado se advierte —y la frase queda resaltada por el subrayado— que «conocimiento y recuerdo son la misma cosa». Como ya indiqué, el maestro Pernath ha perdido la memoria porque ha sido sometido a una sesión de hipnosis: sus recuerdos se ven mermados, lo que hace que el personaje no tenga conciencia de su propia identidad. El proceso que deberá seguir para adquirir conocimientos será el de recuperar la memoria, algo que no ocurre hasta el final, momento en que se reencuentra con el archivero Hillel y con su hija Miriam, que son una metáfora de todo lo trascendental perfecto. Una vez que ha adquirido el conocimiento parece ser que Pernath y Miriam se convierten en seres inmortales que habitan en una especie de mundo perfecto cuya naturaleza no se explica pero que bien podría verse como una especie de mundo de las ideas platónico.

   El espacio físico en el que se desarrollan los acontecimientos, el ghetto judío de Praga, se convierte en un mundo revestido de un carácter mágico y espectral, con el oscuro presentimiento de la existencia de lo oculto a los ojos. Los habitantes de este espacio no se describen —ni se comportan— como seres humanos sino más bien como sombras o entes, más parecidos al Golem que a cualquier otro ser: «del mismo modo que aquel Golem se convertiría en una estatua de barro en el mismo segundo en que se quitaba de su boca la sílaba misteriosa de la vida, me parece que todos estos hombres se derrumbarían sin alma en el mismo momento en que se borrara cualquier mínimo concepto, quizás un deseo secundario en alguno, tras borrar de su mente cualquier inútil costumbre, o en otro sólo la oscura espera de algo indeterminado e inconsistente». Junto con sus habitantes, las casas del ghetto, sus calles, se cubren de ese horror tan incomprensible y amenazador como el golem: «todas las casas me miraban fijamente con sus engañosas caras cubiertas de innombrable maldad».

   El Golem, como tal personaje, tiene una participación muy limitada en la obra. Su existencia se expone en un momento determinado, en el que Zwakh explica cómo el Golem fue construido por un rabino siguiendo los métodos de la Cábala, que no pudo crear a un hombre auténtico sino a un ser «rudo y semiiconsciente», que vivía gracias a una hoja mágica que tenía entre los dientes y que un día se descontroló y destruyó todo a su paso hasta que el rabino consiguió destruir la hoja. Sin embargo, según Zwakh, el Golem no puede morir completamente, y generación tras generación ha ido apareciendo, de forma que siempre ha perdurado en la memoria del ghetto. Este Golem, como figura de barro viviente e imperfecto, no hay que tomarlo en la obra al pie de la letra, sino que debe ser interpretado como una metáfora de lo sobrenatural y de lo oculto. Con el Golem se comparan todos los habitantes del ghetto y su aparición se vincula efectivamente con sucesos sobrenaturales.

   La estética de la obra se puede enmarcar perfectamente, hasta el punto de considerarla predecesora, en el expresionismo alemán que pocos años después tendría lugar en el cine. Efectivamente, existen algunos puntos en común —no tantos como podría suponerse— entre El Golem de Gustav Meyrink y Der Golem de Paul Wegener. Coincidencias que no va más allá de las características del expresionismo, pues Wegener sí da un papel fundamental al Golem dentro de su film. Es más, el final de la novela, que recuerda vagamente por la importancia de lo onírico a El hombre que fue jueves, guarda más semejanzas con El gabinete del doctor Caligari que con Der Golem. Si bien la técnica de introducir un sueño dentro de otro sueño —una técnica muy borgiana— puede dar resultados muy interesantes, parece que Meyrink no ha sabido aprovecharla. El resultado es un final confuso, tan confuso como el de Chesterton, en el que se intuye más que se sabe a ciencia cierta.

   Aunque el libro pueda tener algunos aciertos parciales, el enorme esfuerzo que requiere su lectura no se ve lo suficientemente compensado. Para comprender muchos pasajes hay que tener un mínimo de conocimientos sobre folclorismo judío, y en ocasiones ni eso es suficiente. El irracionalismo exige una lectura abierta, muchas veces dispuesta a la interpretación o a la posibilidad de que haya episodios indescifrables. En definitiva, una lectura difícil que no aporta más que la lectura de uno de los hitos más conocidos de la literatura fantástica del siglo XX.

   Este es un libro viajero

Comentarios

comentarios