Mito y realidad de Mircea Eliade

Mito y realidad de Mircea Eliade

   Los mitos son uno de los pilares fundamentales sobre los que se fundamental el estudio etnológico de cualquier civilización y del ser humano en general. Puesto que no se trata de historias ficticias arbitrarias, inventadas con una función meramente estética, sino que tienen un trasfondo ontológico que es imprescindible para explicar y comprender la visión que del mundo tiene un determinado grupo humano. La función del mito es plural: por una parte comprende la realidad al tiempo que la aprehende. Conocer el mito significa, por tanto, estar en posesión del conocimiento y tener las herramientas necesarias para controlar y cambiar el mundo. Su valor va más allá de la visión reduccionista que pretende oponerlo al logos, como una forma de conocimiento arcaica, propia de los pueblos primitivos, anterior al triunfo de la razón. «Gracias al mito, el Mundo se deja aprehender en cuanto Cosmos perfectamente articulado, inteligible y significativo. Al contar cómo fueron hechas las cosas, los mitos revelan por quién y por qué lo fueron y en qué circunstancias».

   Por suerte, ya desde el siglo XIX y fundamentalmente en el XX, han aparecido estudiosos que han demostrado el verdadero valor del mito dentro de cualquier sociedad, otorgándole el lugar que bien merece aún en nuestros días y aún en el moderno mundo occidental. Uno de estos estudiosos, seguramente uno de los que ha hecho aportaciones más significativas, es Mircea Eliade, con una extensa e interesante obra a sus espaldas sobre los puntos en común de los pueblos y religiones de todo el mundo.

   Dentro de su producción Mito y realidad constituye una continuación y un desarrollo con respecto a una de sus obras capitales, El mito del eterno retorno. En Mito y realidad hace un repaso a distintos aspectos del mundo mítico, desde la constitución de los mitos en las sociedades más primitivas, haciendo especial hincapié en los elementos recurrentes en todos los pueblos y culturas, hasta la pervivencia del contenido mítico en el cristianismo y en nuestros días, alimentados por los mass media. La obra, por su brevedad y su ligereza, no pretende ser ni un manual ni un tratado sistemático sobre mitología. Más bien son un conjunto de ensayos que al enlazarse con cierta coherencia conforman un conjunto que ofrece una idea global que resume con bastante acierto el pensamiento de Eliade.

   Antes de pasar a un estudio más pormenorizado del mito se plantea la necesidad de definir un concepto que llega a alcanzar enorme complejidad —y la extensa bibliografía existente sobre el tema da fe de ello—, ya que se aplica prácticamente a todos los pueblos y culturas del mundo, sin ninguna excepción. En poco menos de un párrafo Eliade da una definición de mito que deslumbra por lo que tiene de sencillo y de certero: «el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los «comienzos». Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre el relato de una «creación»: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser». Independientemente de esta definición, lo importante es no caer en la visión judeocristiana del mito, que lo ve como «lo que no puede ocurrir en la realidad», una historia falsa, una mentira. El verdadero mito es una historia sagrada, que únicamente debe recitarse durante un lapso de tiempo sagrado, y como tal no puede ser falsa. La demostración de la veracidad del mito es evidente: que el Mundo exista demuestra que el mito de la cosmogonía debe ser verdadero.

   El mito sobre el que se cimenta toda civilización es el de los orígenes, en primer lugar la creación primigenia, la del mundo —cosmogonía—, y más adelante la creación de todo lo que puebla ese mundo, la naturaleza, el hombre, sus costumbres, etc. Para comprobar la importancia de la cosmogonía basta con observar su aplicación terapéutica: son muchos los pueblos que tienen como costumbre recitar cantos rituales en los que se relata la cosmogonía del mundo una finalidad medicinal, de forma que el enfermo se proyecta «fuera del tiempo profano y se le inserta en la plenitud del Tiempo primordial». Después de haber recitado la creación del mundo se pasa a narrar el mito de origen de la enfermedad y de la curación, ya que esta recreación supone una invocación que se materializa en la cura. Y de la misma forma que se recurre al mito cosmogónico para curar enfermedades, se recurre a él en otras situaciones desafortunadas y desesperadas, como guerras, hambrunas o sequías. «En todas estas situaciones negativas y desesperadas, aparentemente sin salida, puede cambiarse la situación por la recitación del mito cosmogónico».

   Como consecuencia de la importancia que adquiere la cosmogonía, los orígenes se convierten en un elemento fundamental. El hecho de considerar la memoria como la forma de conocimiento por excelencia no es una innovación platónica, sino que está presente en muchas culturas primitivas. De ahí que existan rituales iniciáticos que impliquen simbólicamente un regressus ad uterum, de forma que el novicio se convierta en embrión para que se produzca un segundo nacimiento que le convertirá en un adulto. No deja de ser curioso que modernamente el psicoanálisis pretenda acceder al conocimiento de la persona a través del estudio de la infancia, reconocida como un tiempo mítico primordial y paradisíaco.

   Un mito relacionado con el cosmogónico es el de la renovación del mundo: en la realidad no existe el tiempo atemporal e inalterable del mito, por lo que el mundo debe renovarse periódicamente a través de distintos rituales, generalmente a través de la repetición de los hechos y palabras de los seres Inmortales. Esta renovación periódica del mundo se identifica con la llegada del Año Nuevo, que asegura la renovación cósmica mediante la recuperación de «la beatitud de los comienzos». Pero para reintegrar el mundo a su perfección inicial es necesario que se produzca la destrucción de todo lo existente, y es aquí cuando aparece el mito del Fin del Mundo, que simboliza la regresión al Caos y a la Cosmogonía. En los pueblos primitivos el mito del Fin del Mundo es muy poco habitual, y será el judeocristianismo la religión que innovará el mito presentándolo proyectado en el futuro, en una temporalidad lineal e irreversible —alejada del tiempo circular del Eterno Retorno— que acabará con un Paraíso terrestre eterno. Este mito del Fin del Mundo ha sido recientemente reelaborado por los dos grandes movimientos sociales y políticos del siglo XX: el nacional-socialismo y el marxismo-leninismo.

   Otro mito bastante extendido es el del deus otiosus, el Ser Supremo que crea el mundo para después retirarse, dejándolo en manos de dioses inferiores —que a veces se encargan incluso de terminar la creación—. Ese dios superior ya no vuelve a participar en el mundo, por lo que los hombres saben muy poco de él, fundamentalmente mitos muy sencillos y generales. La comunicación se establece con esos dioses inferiores, mientras que a este Ser Supremo se recurre sólo en casos de extrema necesidad. Por otra parte, es habitual que se produzca el crimen de alguno de esos dioses inferiores, que previamente ha asesinado a los hombres —como rito iniciático—, pero este crimen no se considera como tal, y se incorpora al acerbo de mitos que se repiten de forma ritual, ya que esta muerte aporta algún tipo de beneficio al hombre.

   Mención aparte merece la explicación que Eliade dedica al paso del mito al logos. La cultura griega es la única que somete al mito a un análisis crítico que tiene como resultado su desmitificación. A partir de los filósofos milesios los dioses descritos por Homero y de Hesiodo se ven demasiado humanos —todos sus actos son considerados vergonzosos por los hombres—, y se comienza a interpretar buscando significaciones ocultas. Así es como nacen las alegorías, desarrolladas sobre todo por los estoicos. Aunque el gran responsable de la supervivencia del panteón homérico, que podría haberse visto seriamente amenazado con la llegada del cristianismo, es Evhemero, que reinterpretó los mitos griegos como la representación del «recuerdo confuso, o transfigurado por la imaginación, de las gestas de los reyes primitivos». Esta mitología secularizada sobrevivió hasta que en el Renacimiento se recupera el sentido puro de los mitos y se separa definitivamente del cristianismo.

   Ciertos elementos míticos han sobrevivido hasta nuestros días y se mantienen aún arraigados en la cultura actual, ya que «ciertos aspectos y funciones del pensamiento mítico son constitutivos del ser humano». Sería una labor interminable pormenorizar dónde se encuentra cada uno de esos elementos, aunque Eliade ofrece algunos ejemplos como la novela policíaca, donde se expone la lucha entre el Bien y el Mal con un Héroe de por medio —una observación que puede ser extensible a otros géneros y con mucha frecuencia al cine—, o el arte moderno, del que en unos pocos párrafos hace una radiografía bastante certera, poniendo de manifiesto las relaciones que se establecen entre el binomio arte y modernidad. Este arte conforma un lenguaje que sólo es inteligible para los iniciados, mientras que la gran masa del público se ve incapacitado para acceder a él, aunque respalda su prestigio por complejo de inferioridad. El prestigio por lo original y lo moderno llega hasta el punto de que «toda innovación se la declara de antemano genial por decreto y se iguala a las innovaciones de un Van Gogh o de un Picasso, ya se trate de un anuncio hecho tiras o de una lata de sardinas firmada por el artista».

   Uno de los aspectos más sorprendentes de Mito y realidad es que en un reducido número de páginas Eliade trate temas tan diversos, todos ellos enlazados a través del mito. Un libro de un incalculable valor antropológico, que se hace imprescindible —como lo es toda la obra de Eliade— para comprender el funcionamiento de todas las culturas, desde las más pequeñas y primitivas hasta nuestra engreída civilización occidental, entre las que hay más puntos en común de los que parece a primera vista.

   Este es un libro viajero

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