El hombre duplicado de José Saramago

El hombre duplicado de José Saramago

   En el folclore nórdico la visión del doble ─denominado Doppelgänger─ es un augurio de la propia muerte, y en cualquier caso se trata de un mal presagio, ya sea de enfermedad o de cualquier tipo de desgracias. El personaje del doble, en cuanto a ser fantástico, lo recoge Borges en su Libro de los seres imaginarios en una entrada donde repasa algunos de los tratamientos que se hacen del tema en diferentes culturas. Desde el irlandés Fetch, que actúa como un mensajero de la muerte, hasta el doble de la tradición judía, que era «la certidumbre de haber logrado el estado profético», pasando por interpretaciones más personales, como las de Poe o Yeats. Al fin y al cabo, el doble es uno de los temas más recurrentes de Borges ─y los espejos uno de sus símbolos─ plasmado en uno de sus mejores relatos, “El otro”, de El libro de arena. La idea, por tanto, de un hombre que se encuentra con su Doppelgänger no debería ser, en principio, nada original y en ese sentido incluso podría conformar un argumento previsible, si se mantiene dentro de la lógica del mito.

   Si he de hablar de El hombre duplicado, vaya por delante la confesión de que éste es el primer libro que leo de Saramago, lo cual no me permite elaborar un análisis que encuadre la obra en el conjunto de su producción ni enjuiciar la evolución que le ha llevado desde sus primeras novelas hasta las últimas. Eso sí, en cuanto que se profundiza un poco en la opinión que la crítica tiene de la novela, parece sorprender la unanimidad con que se acepta que El hombre duplicado es una novela bastante buena que sin embargo no está a la altura de Saramago. Y lo que quizás en un novelista mediocre podría ser una gran obra, en un gran novelista no pasa de ser una novela mediocre. De todos modos, y para evitar posibles errores, me limitaré a comentar El hombre duplicado, independientemente del resto de su producción.

   Saramago cuenta en El hombre duplicado la tragedia de un hombre que descubre que tiene un doble exactamente igual que él mismo. En un primer momento lo acepta, e incluso llega a pensar que «lo que sería de admirar es que habiendo más de seis mil millones de personas en el planeta no se encontrasen al menos dos iguales». Pero la semejanza va más allá de un simple parecido, y a partir de ese momento se inician una serie de pesquisas policiales, que a ratos dan la sensación de novela negra, hasta dar con la identidad de ese duplicado. El objetivo de estas investigaciones nunca queda muy claro, bien porque Tertuliano Máximo Afonso, que así se llama el protagonista, no lo tenga muy claro, bien porque, a pesar de tratarse de una novela más bien psicológica, el narrador no tiene la capacidad de penetrar con profundidad en la psicología de los personajes. La cuestión es que una vez que ha descubierto la identidad de su doble concierta una cita con él, un encuentro que tendrá unos resultados sorprendentes e inesperados. A partir de ese momento se inicia la segunda parte de la novela, que tiene un ritmo algo más rápido y que concentra más peripecias.

   Según Saramago es una de las novelas más filosóficas que ha escrito. Si bien es cierto que en la obra hay cuestiones de calado, no se expresan mediante largos párrafos expositivos, sino a través de la narración, de los acontecimientos que llevan a cabo los personajes ─expresado con metáforas y símbolos─. El gran tema de la obra es la búsqueda de la propia identidad. La máxima incógnita de Tertuliano es descubrir cuál de los dos duplicados es el original. Probablemente la necesidad de conocer este dato sea el motor que mueva a Tertuliano a realizar su investigación, ya que el que haya nacido antes será el original y el más joven la copia, una «simple y aticipadamente desvalorizada repetición». Si esta primera cuestión fundamental está relacionada con los inicios, la segunda tiene que ver con el final: ¿podrá sobrevivir uno a la muerte de otro o se necesitarán en la muerte de la misma forma en que se han necesitado en la vida? Y de ser así, ¿morirán o no al mismo tiempo?

   La existencia de un doble no se entiende precisamente como una graciosa curiosidad de la naturaleza, sino como una amenaza o una oscura pesadilla que lleva a Helena a pensar que «todo el mundo sabe que ningún hombre puede ser exactamente igual a otro en un mundo en que se fabrican máquinas para despertar». Tertuliano Máximo entra en una espiral en la que ya no estará seguro de si es él mismo o es su doble. Después de ver la primera película y conocer la existencia del duplicado un compañero del trabajo, el profesor de Matemáticas, le comenta «desde que viste aquella película no pareces el mismo». Este comentario hace que Tertuliano se ponga a la defensiva porque tiene miedo de dejar de ser él mismo y de convertirse en el otro. De hecho, hay un momento en que afirma con rotundidad: «He estado con él, ahora no sé quién soy».

   Relacionado con la identidad, se encuentra el tema del disfraz. El disfraz, al transformar mínimamente el aspecto exterior del personaje hace que sea diferente a su doble, lo que repercute en una reafirmación de su propia personalidad. Le dice el Sentido Común a Tertuliano: «Cuanto más te disfraces más te parecerás a ti mismo»; y algo más adelante Tertuliano se dará cuenta de que «por parecer diferente, se hubiera vuelto más él mismo». El disfraz, simbolizado en una barba postiza, al reafirmar la personalidad, hace que el individuo que lo lleve tenga una ventaja sobre el que no lo lleva. Así, cuando Tertuliano lleva puesta la barba es el que domina la situación, mientras que cuando se la pone Antonio Claro ocurre todo lo contrario. El gran fallo ─inexplicable por otra parte─ de Tertuliano es rechazar el disfraz y tratar de olvidar la existencia de su doble: enviar la barba postiza a Antonio Claro supone la provocación final que clama venganza y que lleva a Antonio a tener el control de la situación.

   Aunque Saramago sabe dosificar bien la tensión narrativa, que mantiene enganchado al lector hasta las últimas páginas, el final se intuye porque todo tiene un tufillo a presagio. Por una parte hay que tener en cuenta el matiz negativo del mito del Doppelgänger y su papel como anunciador de la muerte. Por otra, el mito de Casandra que el propio Tertuliano explica a su madre, convertida en una auténtica profetisa ─como también lo es el Sentido Común─. Conocer al duplicado supone introducir el caballo de madera en Troya, luego la tragedia supura por todos lados.

   Los nombres que reciben los personajes están cargados de simbología. Aunque en alguna ocasión se pone en relación la disposición para hablar del protagonista con su nombre, Tertuliano Máximo, finalmente cuando conoce el misterio de su duplicado decide callar y no hacer partícipe a nadie de su descubrimiento. Antonio Claro, por otra parte, no hace honor precisamente a su nombre, porque se trata de un personaje que muestra un lado oscuro inimaginable en un primer momento. La referencia del nombre de Helena es evidente, más aún cuando Tertuliano menciona y relata el mito de Troya. Helena sería algo así como la mujer que provoca el conflicto, porque al fin y al cabo Antonio Claro toma la determinación final porque Helena estaba confundida y obsesionada con la existencia del doble.

   Para dar la réplica al protagonista inventa una voz interior, una especie de coro griego que habla con el personaje para darle consejos y que acaba convirtiéndose en un personaje más: el Sentido Común. Este recurso, algo burdo para ser Saramago, es una forma más de acceder a la interioridad del personaje, confrontándolo consigo mismo. En el fondo sería un nuevo desdoblamiento que demuestra que la personalidad de Tertuliano está escindida. El doble no es sólo físico, sino también interior. Esto ocurre porque en la novela los dobles no son únicamente Tertuliano Máximo Afonso y Antonio Claro: los duplicados se dan en distintos niveles. Cada uno de los dos personajes tiene su doble interior: a Tertuliano Máximo le corresponde el Sentido Común y a Antonio Claro le corresponde Daniel Santa-Clara. Aunque en el caso de éste último hay que pensar que es en sí mismo, por el trabajo de actor que realiza, una persona escindida, obligada por las circunstancias a interpretar papeles de individuos que no son él mismo.

   El estilo de Saramago ─eso sí en su línea─ parece en un primer vistazo sustancialmente denso. Los párrafos se alargan hasta ocupar páginas enteras; los únicos signos de puntuación que se utilizan son los puntos y las comas, y fundamentalmente los segundos; las conversaciones no utilizan el método tradicional de guiones, sino que se reproducen separando las intervenciones con comas, lo cual no dificulta en absoluto la lectura. Esta densidad narrativa es aparente, porque en cuanto se le hinca el diente a esos largos párrafos la lectura se precipita a un ritmo vertiginoso que no se llega a corresponder con el ritmo narrativo, a veces bastante lento, ya que Saramago llega a ser muy reiterativo, repitiendo muchas veces la misma idea con distintas palabras ─algo que particularmente no me ha cansado─. A veces se va por las ramas, en unas digresiones que parecen puro relleno, algo que incluso admite el narrador, para hacer tiempo mientras que la acción desarrollada por los personajes carece de interés. En estas extrapolaciones hay en ocasiones algún comentario de interés, pero generalmente son ajenos a la trama y aportan poco o nada. El narrador, muy presente a lo largo de toda la obra, adopta una posición bastante libre con respecto a la historia. Permanentemente se cuestiona el comportamiento de los personajes, a veces justificando y otras cuestionando, y en alguna ocasión llega incluso a hacer planteamientos metanovelísticos, de construcción del relato.

   Puede que El hombre duplicado no esté a la altura de Saramago, pero eso no impide que sea una magnífica novela. Quizás lo filosófico esté tan profundamente enterrado en la acción que a primera vista no parezca la típica novela de Saramago, que bien podría haber aprovechado el tema haciendo un análisis más completo del ser humano. De todos modos, aún en su aparente superficialidad, la obra se muestra una inquietante historia que descubre algunas luces del comportamiento del hombre. Una referencia más que recomendable que permite conocer una parte de la obra de Saramago al tiempo que se lee una apasionante historia que mantiene enganchado al lector de principio a fin.

   Este es un libro viajero

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