La llave de Sarah de Tatiana de Rosnay

La llave de Sarah de Tatiana de Rosnay

   Últimamente se habla mucho de la memoria histórica, que es un tema que de alguna manera siempre ha estado presente, porque al fin y al cabo, sólo olvidan quienes quieren olvidar. Polémicas aparte ─y es que esa no es la intención de este escrito─, hay un elemento que jamás cederá a las presiones de aquellos que esconden sus vergüenzas detrás de una acérrima defensa del olvido: la literatura. Simplemente comprueben, si es que pueden, cuántos libros se han escrito sobre la guerra civil. Y si hablamos de la Segunda Guerra Mundial la cifra se multiplica escandalosamente, porque son más los países que entran en juego. Sólo limitándonos a la literatura de ficción ya se podría hablar de cifras difícilmente manejables. Y es que la novela histórica, que tan de moda se ha puesto en los últimos años, además de templarios y oscuras órdenes religiosas usa este tema como una constante que se repite en un gran número de novelas. He de confesar que no frecuento demasiado este tipo de novelas, pero al mismo tiempo reconozco que hacen un importante servicio a la memoria histórica, siempre y cuando se trate de novelas bien documentadas cuya ficción no falsee por completo la historia.

   Algo así podría decir de La llave de Sarah. Es una novela histórica al uso, con todos los elementos recurrentes y los tópicos del género, hasta el punto de resultar un tanto previsible. Pero el servicio que presta a la memoria histórica permite que se le pueda perdonar la torpeza narrativa y que su lectura resulte cuanto menos más entretenida que un estudio histórico. Porque el episodio que sustenta y supone el punto de partida de La llave de Sarah es posiblemente el acontecimiento francés más oscuro de la Segunda Guerra Mundial: la Redada del Velódromo de Invierno. Con el apoyo del gobierno de Vichy, la policía francesa detuvo a más de doce mil judíos, entre ellos más de cuatro mil niños, y los condujo a varios campos de concentración ─Drancy, Beaune-la-Rolande, Pithiviers─ o al Velódromo de Invierno, donde permanecieron sin agua ni alimentos durante cinco días, hasta que finalmente fueron conducidos a Auschwitz donde fueron exterminados. La policía francesa únicamente tenía órdenes de detener a los adultos, pero el arresto incluyó a niños de entre dos y doce años. Como consecuencia, fueron separados de sus padres durante tres días, y posteriormente enviados también a Auschwitz, en donde fueron ejecutados sin ningún tipo de selección.

   La novela de Rosnay se centra en la historia de la pequeña Sarah, una niña de once años que vivió los horrores de aquel macabro acontecimiento pero que consiguió escapar del Velódromo, aunque tuvo que vivir el resto de su vida con la huella de aquella experiencia. Rosnay no se anda por las ramas y describe sin pelos en la lengua ni tapujos, con toda la crudeza inimaginable, la situación que vivieron esos niños, desde la óptica de una de sus protagonistas. Hay pasajes que resultan más fuertes que los descritos en Sin destino, que habla de la supervivencia en Auschwitz, quizá porque en este caso los protagonistas son niños pequeños, separados de sus padres, desorientados y confusos. La misma Sarah, que en un primer momento percibe la situación con toda la inocencia de un niño ─y es eso lo que la lleva a encerrar a su hermano en el armario─ se ve obligada a madurar en cuestión de horas. Resulta curioso comprobar cómo los papeles de Sarah y de su madre se invierten: la niña asume el rol de adulto, mientras que el adulto experimenta una regresión. Sarah, rodeada de una multitud de niños desamparados, tiene que ejercer de madre, cuidándolos, contándoles cuentos, o simplemente expresándoles cariño.

   Uno de los aspectos más sorprendentes de La llave de Sarah es la postura tomada por una gran parte del pueblo francés. Es cierto que las circunstancias históricas eran otras, que los franceses vivían entre el miedo y la propaganda alemana, pero eso parece insuficiente para explicar determinadas actitudes. Sarah muestra su confianza en varias ocasiones sustentada sobre el hecho de que la policía es francesa y no alemana; sin embargo, esa policía se muestra inflexible e implacable hasta tal punto que se percibe un exceso de celo con respecto a las órdenes alemanas: la forma en que tratan a los judíos es la misma que la de los nazis. El pueblo llano, salvo en contadas ocasiones, prefiere vivir mirando hacia otro lado, posiblemente para no meterse en problemas ─y ayudar a un judío podía traer muy graves consecuencias─. El verdadero problema es averiguar si este mirar hacia otro lado es desconocimiento verdadero, miedo o simplemente indiferencia. Muchos testimonios se decantarán por la primera opción.

   Es normal que el pueblo francés sienta vergüenza de este episodio y prefiera evitar hablar de ello, un sentimiento que aún hoy en día sigue siendo muy frecuente en Alemania. Esto es lo que Julia Jarmond, una periodista norteamericana afincada en París, es lo que se encuentra a lo largo de su investigación sobre la Redada del Velódromo para un artículo periodístico. A su alrededor todos prefieren olvidar, no remover viejas heridas que nada pueden aportar al presente salvo dolor. La búsqueda de Julia será precisamente un buceo en las profundidades de la memoria, hasta desenterrar oscuros secretos que de otra forma hubieran permanecido ocultos. La memoria histórica, como algo más que acontecimientos que homenajear en actos oficiales, supone una forma de redención. Obsesionará a Julia hasta marcar su vida para siempre y creará un torbellino que arrastrará a toda su familia y que lo cambiará todo.

   La historia se plantea en principio de forma paralelística. Los capítulos que cuentan la historia de Sarah se alternan con los de Julia. La estructura no puede ser más tópica: la novela se sitúa en la actualidad, en donde un personaje va realizando unas pesquisas para descubrir la verdad de un acontecimiento histórico. Las dos tramas, planteadas en un primer momento como independientes y paralelas, van encontrando puntos de unión hasta que se funden definitivamente en la historia de Julia, que podría considerarse como la verdadera protagonista del libro.

   La vida de Julia, condicionada, eso sí, fuertemente por la de Sarah, resulta un aderezo al uso que posiblemente sobra en el libro. Su crisis matrimonial, el fantasma de la vejez, la llegada de un bebé y la posibilidad de abortar, la dificultad en sus relaciones con la cultura francesa… todo ello está relacionado con Sarah pero al mismo tiempo dispersa la atención de la historia central sin que consiga su objetivo del todo ─que por supuesto es tratar de mostrarnos como el pasado puede condicionar nuestro presente─. Hay paralelismos simbólicos muy significativos, como por ejemplo el hacer coincidir el día de conmemoración de la redada con el día elegido para abortar o el llamar Sarah a su nueva hija. De alguna manera se intenta transmitir un mensaje de esperanza en la vida que suena algo manido, como si la verdadera Sarah se hubiese conseguido perpetuar en la hija de Julia, como si finalmente todo el horror del holocausto fuese vencido con el nacimiento de un niño.

   Mucho se sabe sobre el papel que jugaron determinados países frente al holocausto. Francia esté quizás en el polo opuesto. Libros como el de Tatiana de Rosnay ayudan a recordar que el holocausto se llevó a cabo con el consentimiento de determinados gobiernos que, si bien cumplían órdenes, quizá debieron haberse mostrado más compasivos. Parece mentira que un episodio tan espeluznante como el que se describe en este libro haya acontecido en ese gigante cultural, bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad que es París. Nunca olvidemos el pasado, que nos sirva de reflexión, acaso con la esperanza de no volver a caer en la misma piedra. Zakhor, Al Tichkah.

   Este libro es una carta de póker

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