El oro de los sueños de José María Merino

El oro de los sueños de José María Merino

   El descubrimiento de América es uno de esos acontecimientos históricos que ha hecho correr ríos de tinta en la literatura ─aún cuando se puede afirmar con rotundidad que ya se ha escrito sobre casi todo─, desde la obra que inaugura el género, los Diarios de Cristóbal Colón, hasta las visiones más completas y distanciadas, como la que aparece en algunos libros de García Márquez. Encontrar en las puertas del siglo XXI una novela que ofrezca una perspectiva novedosa resulta un hallazgo sorprendente y valioso. La obra que José María Merino ha escrito sobre este acontecimiento histórico, si bien no merece encontrarse entre esos hitos, no deja de ser significativa por tener la peculiaridad de estar dirigida fundamentalmente a adolescentes. Merino, más conocido como autor de cuentos y microrrelatos (del que ya he reseñado aquí mismo Cuentos del libro de la noche) en su ciclo americano sigue  algunos de los patrones de la literatura para jóvenes: los protagonistas son adolescentes, las aventuras se suceden a un ritmo trepidante y las obras se componen formando un ciclo, en este caso una trilogía, Las crónicas mestizas.

   Lo cierto es que el término mestizo le viene que ni pintado al ciclo, porque eso es precisamente su protagonista, Miguel: un hijo de un conquistador español y de una indígena. El viejo binomio de civilización y barbarie, que se ha ido repitiendo hasta la saciedad en las obras americanas, vuelve a aparecer, recurrente en cada página, en cada palabra, gesto o pensamiento del pequeño Miguel. Esta dualidad se manifiesta prácticamente a cada paso de Miguel, que en muchas ocasiones Miguel se siente confuso, indeciso sobre qué parte de la balanza inclinarse. En apariencia está decididamente del lado de los conquistadores, porque esa es la sociedad en la que se ha criado, pero secretamente su sangre pugna por comprender a los asustados indígenas, y su determinación llega a quebrarse en muchos momentos.

   El abuelo de Miguel, más apegado a la tierra y a las tradiciones indígenas que su nieto, expresa la naturaleza de esta verdad con las palabras más certeras y brillantes: «Tú verdaderamente eres de los dos [mundos], de ambas harinas estás amasado. Las dos sangres cruzan tus venas, ambas baten en tu corazón. Eres de la estirpe de los hijos del Sol, y de nuestra estirpe, que viene del maíz. No puedes dejar de pertenecer a ambos. Estar así constituido no es común, ni fácil: mas debes obligarte a que nunca se pierda en ti el equilibrio de las partes». Para el abuelo de Miguel ya todo está decidido, porque al ser indígena se ve obligado a pertenecer al «tiempo viejo» y a vivir en «este tiempo que estamos viviendo», a aparentar ser cristiano y a rendir culto secreto a los primitivos ídolos prohibidos.

   El camino inverso al del abuelo de Miguel es el que sigue su padre, que aparentemente ha muerto defendiendo heroicamente a la cruz cristiana, pero que en realidad ha cedido lo que de civilización tenía a la aparente barbarie, con la diferencia de que en este segundo caso la entrega es hasta cierto punto voluntaria. El padre de Miguel ha entregado todo lo que tenía de civilizado para dejar paso a un hombre completamente nuevo, según sus palabras: «Durante mucho tiempo, no pude regresar. Luego, algo murió dentro de mí, algo nació. Ya no soy aquel hombre, Miguel». No, ya no es el padre de Miguel, sino el cacique de un poblado indígena que ha roto todos sus lazos de unión con el tiempo anterior y se ha adaptado de nuevo al «tiempo viejo». En este caso, el triunfo de la barbarie frente a la civilización es más que evidente.

   El último personaje que representa este binomio, quizá desde la perspectiva más trágica, es el pequeño Ginés. Se trata del indígena más puro, el intermediario más cercano a la barbarie, con conocimiento en diversas lenguas primitivas que le permiten actuar de interprete. A tal punto llega esa cercanía con la tierra que llega a traicionar a los suyos, a los hijos del sol, por los recuerdos que tenía de su infancia. Sin embargo, finalmente triunfa en este caso la civilización, porque después de convivir con ellos un día descubre que ese no es el mundo al que pertenece, y decide volver al campamento, con los suyos ─los remordimientos por la traición le acompañarán durante mucho tiempo─. Así pues, cada uno de estos intermediarios tiene que vivir con el peso de ambos extremos, hasta que finalmente se decantan por uno o por otro.

   Desde un punto de vista más superficial, el enfrentamiento entre civilización y barbarie, entre conquistadores e indígenas, será brutal. La explicación de la actitud hostil que adoptan los indígenas ante la llegada de los conquistadores la da uno de los tripulantes: «Ya pasaron por aquí los descubridores. Éstos no son aquellos indios que encontró don Cristóbal Colón, tan mansos, que le llevaban, con amor, de comer y de beber». Efectivamente, se puede comprobar fácilmente en qué momento de la conquista americana nos encontramos a través de la evolución de la figura del buen salvaje, que Colón describiera en sus Diarios. Los indígenas que se encuentran Miguel y sus compañeros de aventuras ya han tenido contacto con otros conquistadores, y con toda probabilidad algún desencuentro les ha vuelto hostiles. A partir del desembarco comenzará una serie de enfrentamientos que irán mermando las tropas conquistadoras hasta dejar un puñado de supervivientes. Los pocos indígenas pacíficos que los conquistadores se encuentren a su paso se volverán en su contra por las consecuencias de su desmedida sed de oro.

   Sí hay algo que es común a los Diarios de Colón: la descripción mítica y casi mágica que se hace del espacio. Cuando se describen unos pescados, por ejemplo, se alude a su enormidad desproporcionada, y de uno de ellos en concreto Miguel cuenta que «tenía el labio superior en forma de pala, tan largo como un tercio de su cuerpo». Esta concepción mágica del mundo, comprensible por otra parte porque los personajes se encuentran en un entorno completamente nuevo, se ve además alimentada por elementos paganos que provienen de la parte indígena. En varias ocasiones Miguel cree ver «signos y presagios de lo que va a ocurrir», ya sea un calamar gigante o el Fuego de San Telmo que aparece sobre los mástiles de su barco. El mismo Fray Bernardino, representante máximo del cristianismo en el libro, participa en estos funestos augurios con un presagio que profetiza el resultado final de la expedición.

   Este presagio de fray Bernardino hace precisamente referencia al tema central de El oro de los sueños, que es la desquiciada avaricia de los hombres, la cual le lleva a emprender empresas abocadas desde el primer momento al fracaso, cegados absolutamente ante las consecuencias de sus actos. Fray Bernardino dirá sobre la avaricia y la sed de oro de los hombres: «Es esa enfermedad del oro. Les roe las entrañas como un cáncer. Bajo su signo se hacen lobos feroces. La imaginación de ese brillo les vuelve la vigilia ensoñación y quimera». El oro ─no la curiosidad exploradora o la necesidad de colonizar nuevas tierras o de convertir a paganos─ es la causa fundamental de que se organice la expedición; el oro es, asimismo, la causa del fracaso de la expedición y la causa de la hostilidad de los indios. Por supuesto, los indígenas, ajenos a la imperiosa necesidad del oro, no entienden por qué esos «hijos del sol» son capaces de las mayores barbaridades para conseguir el metal precioso. La cacica del supuesto gran reino de Yupaha describe con auténtico terror la obsesión por el oro de los conquistadores, una obsesión que acaba derivando en locura: «Sólo soñaba oro, oro, y todo el oro de su sueño se iba vertiendo en el mundo como la avalancha de una riada. Era terrible el dios de aquel hombre […] Aquel hombre estaba preso de alguna desventurada maldición, que le hacía ver como verdaderas las sombras de su fiebre».

   Es precisamente la locura que afecta a fray Bavón cuando conoce el tesoro descubierto por Miguel y Juan. La frase pronunciada por el clérigo en su descubrimiento hace que las palabras de la cacica tengan más sentido que nunca, ya que fray Bavón compara el metal dorado con Dios, en una frase que es claramente sacrílega: «Es oro cierto, tan puro como la hostia bendita». Efectivamente, el oro como nuevo ídolo ─con inconfundibles resonancias bíblicas─ sustituye al antiguo dios cristiano, que deja de tener valor. En pocos minutos la locura de fray Bavón se hace evidente a los ojos de Miguel: «En la contemplación y manoseo del tesoro se mantuvo entretenido bastante tiempo. Hablaba para sí, con murmullo ininteligible. De pronto salió de su arrobo y nos miró, y yo recordé aquellas palabras de fray Bernardino, mi buen maestro de latín, cuando me dijo que el oro volvía lobos feroces a los conquistadores. Pues en los ojos y en las muecas de fray Bavón había un brillo fiero».

   Esa avaricia, esa infinita sed de oro, que acaba desembocando en locura ciega, resulta destructiva. Demetrio Valladolid y sus hombres por una parte y fray Bavón por otra son los ejemplos perfectos. Únicamente aquellos que se mantienen al margen del oro, relativamente inmunizados, consiguen sobrevivir. Finalmente el tesoro descubierto se reparte entre cada uno de los mermados expedicionarios. Para Miguel, sin embargo, el tesoro es lo de menos: sólo piensa en su madre y en su familia ─tanto es así que le entrega la gema que previamente le había dado fray Bavón antes de morir─. En definitiva, no es el oro lo que desvela los sueños de Miguel: la aventura ha resultado ser un viaje iniciático que le ha convertido en adulto. La niñez ha quedado atrás y él, lleno de nuevos conocimientos y experiencias, nunca volverá a ser el mismo (como ocurre en tantos libros de adolescentes, La isla del tesoro por citar uno de los más paradigmáticos).

   Este libro es una carta de póker

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