La escafandra y la mariposa de Jean-Dominique Bauby

La escafandra y la mariposa de Jean-Dominique Bauby

   Hace algunos años conocí a través de Cierzo la existencia de un libro titulado La escafandra y la mariposa que me dejó completamente perturbado. María Dubón, con la brevedad y lucidez que caracterizan sus entradas, dejó por escrito en apenas dos esbozos la historia de Jean-Dominique Bauby, el autor del libro. Una historia que en un primer momento me dejó conmocionado y que dio como resultado un libro cuya lectura he ido postergando, hasta olvidarlo incluso, pero que finalmente he recordado y que se ha vuelto tan ineludible que ya no me ha resultado posible seguir retrasándola.

   Lo que María Dubón comentó en aquel momento fue que Jean-Dominque Bauby sufrió en 1995, a los 44 años, un problema cardiovascular que le provocó una parálisis de todo su cuerpo ─locked-in syndrome o “síndrome de cautiverio”─, con excepción de una única parte: su párpado izquierdo. Este elemento se convirtió en una único contacto con el mundo, en la única forma de certificar al exterior que dentro de ese cuerpo inerte aún sobrevivía un ser humano consciente. Y fue precisamente a través de ese ojo, a través del parpadeo, la forma en que Bauby volvió a hablar con el mundo. El método, sencillo pero lento y laborioso: una ordenación alfabética con un criterio estadístico y un pestañeo al llegar a la letra indicada permitía ir anotándolas en un papel y uniéndolas en palabras, frases o páginas. Y precisamente uno de esos mensajes, tal vez el más largo y complicado ─ya que tenía que componerlo, revisarlo y memorizarlo para después dictarlo─ y quién sabe si el más bello o el más emotivo, es este pequeño librito titulado La escafandra y la mariposa.

   Creo que el primer referente que puede venir a la cabeza con la lectura del libro es Ramón Sampedro, abriendo un posible debate sobre la eutanasia. No se confundan: la relación es meramente personal. En La escafandra y la mariposa en ningún momento se plantea la eutanasia, y Bauby demuestra una increíble entereza al no pensar ni una sola vez en la posibilidad de morir ─y si lo hizo no fue ese el tono que quiso darle al libro─. Más bien al contrario: La escafandra y la mariposa, por encima de todo, está llena de ganas de vivir, de tirar adelante. Por supuesto, no todos los momentos son alegres, pero es esa mezcla de tristeza, de aceptación, de humor y de ironía lo que deja impactado. Lo que Bauby demuestra es que una persona en las mismas circunstancias que Sampedro puede tener una visión y una perspectiva del mundo y de sus circunstancias totalmente distintas.

   La escafandra y la mariposa enlaza cotidianidad con trascendentalidad. A partir de acontecimientos habituales en la vida de Bauby, como por ejemplo las visitas de familiares o amigos, los paseos, los ejercicios de ortofonía, una fotografía o el tedio de los domingos,  reflexiona sobre su nueva condición y todo lo que conlleva. Especialmente tierno y dramático es el capítulo en que describe la visita de sus hijos pequeños, la impotencia que siente al tener a su hijo frente a sí y no poder darle un abrazo. La única vía de escape que Bauby encuentra ante estas dolorosas situaciones es refugiarse bien en sus recuerdos, bien en los sueños, bien en su imaginación. Es ahí donde la mariposa consigue vencer a la escafandra, es el consuelo que mantiene su cordura. Es el recuerdo unido a la imaginación lo que le permite revivir los más suculentos manjares, independientemente de la sonda que tiene introducida en su estómago: «Puedo sentarme a la mesa a cualquier hora. Si es en el restaurante, no necesito conserva. Si cocino, siempre me sale bien. El bourguignon resulta untoso, el buey en gelatina, translúcido, y la tarda de albaricoque con el punto justo de acidez. Según mi estado de ánimo, me regalo con una docena de caracoles, una choucroute garnie y una botella de gewurtztraminer de vendimia tardía, con matices dorados, o me limito a degustar un simple huevo pasado por agua, mojándolo con tiritas de pan previamente untadas de mantequillas salada. ¡Qué delicia! La yema me acaricia el paladar y la garganta con largos regueros tibios. Y los trastornos digestivos brillan por su ausencia» El único consuelo material que le queda es el de los pequeños detalles, «la indolencia de un domingo lluvioso, un niño que llora antes de dormirse», y sobre todo el olor a grasa quemada de las patatas fritas.

   El libro fue un éxito tanto de crítica como de público. La casualidad quiso que Bauby viviera el tiempo suficiente para escribir y ver publicado su libro, ya que falleció pocos días después de la publicación del libro. Él, sin embargo, antes de morir conoció ese éxito, supo que al fin consiguió la forma de comunicarse con el mundo que tanto anhelaba, haciendo realidad las últimas palabras de su libro: «¿Existen en el cosmos llaves que puedan abrir mi escafandra? ¿Una línea de metro sin final? ¿Una moneda lo bastante fuerte para comprar mi libertad? Hay que buscar en otra parte. Allá voy» Toda una lección para aquellos que atraviesen por una crisis.

   Este libro es una carta de póker

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