Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

   Hace tiempo recibí uno de esos empalagosos correos electrónicos que se reenvían masivamente. Un conocido me enviaba un poema de Borges titulado «Instantes». Lo primero que me llamó la atención era que en realidad no se trataba de un poema, sino más bien de prosa falsamente seccionada en versos. Pero más evidente incluso que esto era que el texto no podía ser de ninguna de las maneras una producción borgiana. Por una parte el estilo era cursi y plagado de tópicos; por otra, el mensaje que se expresaba en el texto era contradictorio con el pensamiento del anciano Borges, que lo que menos hubiera deseado en su senectud era volver a repetir su vida desde el principio. Ya desde aquel momento tenía unas cuantas lecturas de Borges, suficiente referencia como para advertir a mi conocido que era rotundamente imposible que el supuesto poema fuera de Borges.

   Investigando un poco la cuestión descubrí que el poema es bastante popular en Internet, que hace muchos años que está circulando, que antes de hacerlo por Internet lo hacía por el boca a boca, pero siempre atribuido a Borges. Como es lógico, al no estar publicado en ninguno de los libros del argentino ─creo que a estas alturas es evidente su falsedad─ han circulado multitud de versiones. Lo curioso es una buena parte de las consultas que se hacen a muchas fundaciones, como la Fundación Internacional Borges, es relativo a la autoría de este poema; casos como el de una persona que decía haber conocido a Borges a partir de «Instantes», poema que no pudo acabar porque se le llenaron los ojos de lágrimas, pero que ha servido para iniciar una adoración literaria. Hay que decir que ni siquiera los que admiten su falsedad se ponen de acuerdo en su verdadera autoría, para algunos una escritora norteamericana llamada Nadine Stair, para otros un caricaturista norteamericano llamado Don Herold. La verdad, creo que esto es lo de menos: si el texto tuviera calidad literaria merecería la pena buscar al autor, pero con semejante bazofia resulta una pérdida de tiempo.

   Otro apócrifo, incluso más conocido que el anterior, es el poema La marioneta, atribuido a Gabriel García Márquez. Este texto, que yo conocí por primera vez hace unos nueve años ─curiosamente a través de un profesor universitario que no contrastaba las fuentes─, es un testamento vital en el que el autor colombiano se despide de sus amigos después de saber que tenía cáncer. El poema, cuyo autor parece ser un ventrílocuo mexicano llamado Johnny Welch, arrancó a García Márquez un comentario ironizando con su propia muerte que bien podría aplicarse a la generalidad de los apócrifos: «Lo que me puede matar es la vergüenza de que alguien crea que de verdad fui yo quien escribió una cosa tan cursi»

   Otro de los autores que triunfan en el terreno de los apócrifos es Pablo Neruda ─¡por fin un poeta!─. En el caso del chileno se le atribuye, que yo sepa, hasta tres poemas distintos (y seguramente algunos más): «Muere lentamente», «Queda prohibido» y «Nunca te quejes» La Fundación Pablo Neruda tampoco para de desmentir la autoría de estos escritos. El primero de ellos pertenece a una autora brasileña, Martha Medeiros; el segundo a un escritor español, Alfredo Cuervo; y de la tercera ni siquiera se conoce su autoría, aunque poco importa en realidad.

   Todos estos apócrifos tienen una serie de características comunes: existen numerosas versiones, ya que no hay un texto publicado que sirva como referencia; pueden aparecer indistintamente en prosa o en verso, porque originalmente están escritos en prosa pero pueden seccionarse en versos; suelen ser escritos muy malos, de estilo sencillo, cursi y adolescente, y temática manida, dulzona y sentimental ─sobre la vida, la muerte y el paso del tiempo─; se atribuyen a autores mundialmente reconocidos; y finalmente, su difusión corre como un reguero de pólvora, antaño rápidamente, ahora, con Internet, a la velocidad de la luz.

   Como deberes únicamente les pediré que no se fíen nunca de la veracidad de un texto que circule en un correo electrónico, que contrasten las fuentes y que se lo piensen antes de hacer que la bola de nieve siga creciendo.

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