Bajarse al moro de José Luis Alonso de Santos

Bajarse al moro de José Luis Alonso de Santos

   En cuestiones de teatro tengo que admitir que soy más dado a lo clásico que a lo moderno. No es que no me guste ─aunque lo que he visto hasta ahora no me ha llamado mucho la atención─, es que, a diferencia de la novela o de la poesía, desconozco por completo qué se está haciendo hoy día y quién lo hace. En el género teatral la ruptura que da pie a mi desconocimiento es tajante: prácticamente le pierdo la pista en el absurdo ─con la excepción de alguna obra, como In Nonine Dei de Saramago─, lo que prácticamente puede considerarse como clásico. Bajarse al moro de José Luis Alonso de Santos es una de las pocas piezas que me sonaban en los años ochenta, quizá más por la existencia de una versión cinematográfica que por la propia obra. Acaso esta circunstancia haya hecho más estimulante su lectura.

   La trama de Bajarse al moro, un drama en el que lo trágico y lo cómico-paródico se entremezclan, se sostiene sobre cuatro personajes que conforman un cuadrado amoroso cuyos vértices se entrecruzan. Estos personajes aparecen siempre agrupados por parejas que se complementan y completan. Tal es así que la existencia del resto de personajes ─tres más, dos de ellos en pareja y el tercero en solitario─ rompe la armonía del conjunto con la inclusión del número impar. Será en pareja la forma en que Elena aparezca en escena, acompañada por Chusa; también será una pareja, la de Chusa y Alberto, la que rompa Elena para conformar una nueva; con esta ruptura quedan afianzados los lazos de amistad y familiaridad entre Chusa y Jaimito. Y es que a través de las parejas es como queda patente en el plano simbólico la dicotomía en que se divide la sociedad.

   Elena y Alberto representan, con sus nombres serios, a los personajes que se integran en la sociedad, que forman parte de ella y las hacen funcionar; frente a ellos, Chusa y Jaimito, de nombres más estrambóticos y cómicos, están al margen, son los hijos de la generación hippy, algo pasados de rosca, precisamente por eso fracasados y perdedores, pero sin duda representaciones de un momento histórico que ha dejado mucha huella en la actualidad. El eje central de la obra es la intento de integración de Elena en ese mundo marginal de la mano de Chusa. Se trata de un descensos ad inferos en el que está presente el viaje iniciático, el viaje al moro para comprar droga, en el que Chusa servirá de maestra y guía. Para que pueda llevarse a cabo el viaje, sin embargo, es necesario que Elena haga un sacrificio, dando como pago su virginidad ─lo que realza el carácter simbólico del proceso iniciático─. El “sacerdote” elegido para efectuar el ritual será Alberto, la parodia del héroe clásico, el gran personaje a caballo entre esos dos mundos, mitificado al principio como un héroe, que da paso pronto a la parodia que pone de manifiesto sus miedos y sus torpezas. El ritual entre Elena y Alberto será interrumpido en dos ocasiones y el desenlace de ambas termina por ridiculizar al héroe: la primera con la intervención de Doña Antonia, su madre; y la segunda con la irrupción de Abel y Nacho, que ocasiona que Alberto dispare accidentalmente contra Jaimito.

   Elena y Alberto tratan de integrarse en ese mundo de la marginalidad, pero no llegan a encajar del todo en él, porque detrás de la actitud de ambos late una cobardía que les impide romper completamente los lazos: en Elena es una falsa rebeldía que no acaba de alejarse de las faldas de su madre y en Alberto ─también bajo la protección materna─ es el miedo a perder su trabajo, que es precisamente símbolo del orden, de la represión y de la integración. En la ruptura que se produce entre el primero y el segundo acto se manifiesta la incapacidad de ambos personajes para integrarse en el mundo de Chusa y Jaimito. Nada más comenzar el acto se informa de que Elena ha rechazado bajar al moro con Chusa, que ha tenido que viajar sola. El viaje inciático se ha interrumpido, por lo que Elena no dejará de ser una neófita, perdiendo para siempre cualquier posibilidad de integración.

   Que Elena se haga novia de Alberto no sólo significa que Jaimito haya perdido cualquier posibilidad de romance con la primera y Chusa con el segundo, lo que verdaderamente han perdido es cualquier opción a reintegrarse en la sociedad, que es lo que secretamente desean y envidian. Jaimito, un personaje lleno de patetismo y comicidad a partes iguales, expresará a Chusa esa envidia que tiene más de melancolía que de rencor: «Esos ya están en el bote. Su pisito, el sueldo al mes, la tele, los niños… Bueno, como todo el mundo; menos tú y yo, y cuatro pirados más de la vida que hay por ahí. Si hacen bien, ¿no?»

   La circularidad del tiempo indica la imposibilidad de Chusa y Jaimito de escapar de su entorno, al igual que le ocurre al hamster que da vueltas y vueltas en su rueda, aprisionados y condenados para siempre al mundo de lo marginal. El comienzo de la obra, con Jaimito haciendo sandalias y Chusa marchándose con las llaves, se vuelve a repetir al final, aunque el cambio se haya producido en los personajes tras el desengaño amoroso, como si hubieran perdido parte de la inocencia inicial, como si el paraíso primordial que habitaban, independiente al mundo real, se hubiera contaminado de esa prosaica realidad. Este cambio se percibe también en el espacio: al principio está todo desordenado, pero con algo relajante y acogedor; en el segundo acto el espacio aparece ordenado, pero se trata de un orden estéril e improductivo. Sólo al final, después de que Elena y Alberto se hayan marchado y se hayan llevado sus cosas, Jaimito y Chusa recuperan su espacio, y con él su identidad.

   Ese espacio inicial, con su desorden y su heterogeneidad, se enmarca dentro de una estética muy la de la época, la del fenómeno “kitsch”, que se caracteriza por una marcada tendencia al collage, y en definitiva a la intertextualidad, un elemento que está muy presente en toda la obra y que es uno de los pilares de la «cultura de consumo» Esta intertextualidad se pone de manifiesto en numerosas referencias a todos los ámbitos: cine (Casablanca), música (los Chunguitos), literatura (Apocalípticos e integrados de Umberto Eco), cultura underground (las revistas Tótem y Víbora), etc. La referencia a Casablanca va más allá del nombre del hamster, llamado Humphrey, ya que es el texto al que se aferra Jaimito para compararse con el Rick perdedor, con el héroe trágico que ha perdido a la chica o que la dejó escapar. A través de esta evocación al final de Casablanca ─Elena hace de Ingrid Bergman─ Jaimito consigue un asirse por encima del vacío y de la desesperación, dignificando así la pérdida y convirtiéndose en el héroe del segundo acto ─que además está dispuesto al sacrificio por Chusa─

   Uno de los puntos más elogiados por la crítica es el empleo que Alonso de Santos hace del lenguaje. Aunque el registro sociolingüístico que emplea es el de grupos jóvenes y marginales, ha conseguido representar la forma de hablar de toda una generación. Ese lenguaje de la calle, entre lo espontáneo y lo literario, es al teatro lo que El Jarama de Sánchez Ferlosio es a la novela. Quizá el gran acierto de Alonso de Santos es que su manipulación del lenguaje va más allá del léxico y de ciertas frases hechas: un estudio lingüístico pormenorizado revela fenómenos fónicos, morfológicos, sintácticos y semánticos. Tal vez llame poco la atención, porque al fin y al cabo es el lenguaje que todos usamos a diario, pero conseguir dar la sensación de espontaneidad, sin caer en la artificialidad, es uno de los grandes logros de esta obra, que sin duda seguirá representándose con éxito y que merece la pena tener presente como representación de un momento histórico que cada vez está más lejos.

   Este libro es una carta de póker

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