Las partículas elementales de Michel Houellebecq

Las partículas elementales de Michel Houellebecq

   Si fue Ampliación del campo de batalla el libro, primero discreto y más tarde de culto, que dio a conocer a este escritor francés de mediana edad, no saborearía las mieles del éxito hasta la publicación de Las partículas elementales, una obra que le catapultaría directamente a los manuales de historia de la literatura, y en definitiva, a boca de todos, odiado por muchos y adorado por otros tantos. Las comparaciones que se hacen entre Michel Houellebecq y Salman Rushdie se deben más a comentarios puntuales dentro de la obra de Houellebecq ─que por otra parte no deja títere con cabeza en occidente y en buena parte de oriente─, a un halo de malditismo polémico íntimamente relacionado con la intransigencia que demuestran ciertos sectores, puntalizo que más o menos amplios, de la religión musulmana. Aunque el objeto de este comentario no sea la comparación entre ambos autores, quiero dejar claro que Las partículas elementales o Plataforma son libros de muy distinto calado al de Los versos satánicos.

   El inicio de Las partículas elementales es devastador, prácticamente apocalíptico, porque se anuncia el final de una vieja era y el comienzo de una nueva, lo que Houellebecq llama «mutación metafísica». Este tipo de cambios extremadamente extraños afectan prácticamente al conjunto de la Humanidad y aparecen en sociedades debilitadas y en declive para dar paso a un nuevo sistema social. Como ejemplo se pone el cristianismo, y con toda seguridad un buen marxista añadiría el capitalismo. Este es, sin más rodeos, el cambio social que Houellebecq se propone describir, la mutación en la que participa el propio Michel ─me refiero al Djezinski, el protagonista del libro, no a Houellebecq─. Si el libro cumple o no con la declaración de intenciones y si sale airosamente de un proyecto tan ambicioso es algo que comentaré más adelante después de haberme detenido en algunos aspectos del libro.

   Houellebecq escribe algo muy a lo Ampliación del campo de batalla, pero con algunos matices más desarrollados. La línea seguida por el autor más francés es tan similar en ambos libros que, como ya he dicho en alguna ocasión, se podría considerar que Las partículas elementales es una “ampliación de Ampliación del campo de batalla”. La dualidad de personajes vuelve a repetirse ─parece ser que a Houellebecq le va eso de expresarse a través de binomios─. En esta ocasión el innombrable protagonista de Ampliación del campo de batalla y su alter ego el fracasado Tisserand se convierten en dos hermanos, Michel y Bruno. Los rasgos son tan parecidos que hay un sospechoso tufo a autoplagio complaciente. Michel, que no deja de tener una parte de autobiográfico del propio Houellebecq, es un personaje a medio camino entre la depresión y la desesperación, un ser anodino que no materializa el suicidio por pereza, casi ajeno a los sentimientos, un ente asexuado, incapaz de sentir mayor placer que el de dormir acompañado. Un ser que dice mucho de la Humanidad, vamos. Pero Bruno no se queda atrás ni mucho menos. Más bien situado al otro lado, es el polo opuesto de la vida, condenado a un exceso de humanidad, a un ardor ─en el sentido más sexual de la palabra─ constante y continuo que le lleva a la masturbación permanente. Bruno, como Tisserand, es un símbolo del fracaso social, que proviene de una infancia traumática y que da como resultado una personalidad desviada (que conste que utilizo esta palabra intencionalmente).

   Se trata de la reutilización de una técnica que ya había aplicado con cierto éxito en Ampliación del campo de batalla. La Humanidad queda, por decirlo de alguna manera, condensada en Michel y en Bruno, que son los dos extremos. Entre ambos podría encontrarme perfectamente yo, escritor, y usted, lector. Con un pensamiento postmedieval se podría llegar a la conclusión de que Houellebecq trata de dar una lección moral, un puñetazo en medio del estómago que indica que los extremos son perjudiciales y que hay que tender al siempre aristotélico justo medio. Pero, por supuesto, esta interpretación sería demasiado sencilla para un libro que ha cosechado tantos éxitos y levantado tantas pasiones. ¿Crítica a la sociedad contemporánea entonces? También de eso hay mucho en Las partículas elementales, aunque una vez más parece una lectura demasiado simple.

   Houellebecq hace en Las partículas elementales una detallada radiografía de la sociedad heredera del Mayo del 68, hito del que arranca la supuesta liberación sexual de la que es sin dudarlo hijo nuestro tiempo. La visión del escritor maldito es violenta y desmitificadora hasta los tuétanos, rompiendo la idea común de la liberación sexual como conquista social, comunitaria, a favor del individualismo más egoísta, iniciando lo que da en llamar una sociedad «erótico-publicitaria» en la que absolutamente todo se organiza en torno al deseo, hasta prácticamente devorar la vida de los hombres. Este es el deseo feroz que atenaza y obsesiona a Bruno, el eje vertebrador de su vida y su único objetivo en el mundo. Esta sociedad, con un nuevo sistema jerárquico descrito en Ampliación del campo de batalla, en el que el sistema económico capitalista compite con un sistema sexual, es la gran culpable de la perversión de sus miembros.

   No deja de resultar curioso que Bruno aparezca en su infancia como un niño con «algo muy puro y muy dulce, anterior a cualquier sexualidad, a cualquier consumo erótico». Este niño acabará como un individuo contaminado por el consumo erótico, cuya meta principal en la vida y casi exclusiva es erótica, muy a pesar suyo. La forma en que se materializa esta contaminación resulta escalofriante y pone de manifiesto la vieja máxima hobbiana del homo lupus hominis. La infancia no se presenta como el territorio de la inocencia perdida, sino más bien al contrario. Es precisamente en esta edad cuando la jerarquía social de los hombres se identifica más con la de los animales: «A la mayoría de los chicos, sobre todo cuando forman pandillas, les gusta infligir humillaciones y torturas a los seres más débiles. Al principio de la adolescencia, sobre todo, el salvajismo alcanza proporciones inauditas […] Esta tendencia alcanza el máximo en las sociedades humanas primitivas, y entre los niños y adolescentes en las sociedades desarrolladas» Como resultado final, cuando este deseo sexual se vea mermado, Bruno siente una especie de alivio, en cierto modo un descanso o una tregua final. Pero ante todo no hay que perder de vista que en cierto momento se dice explícitamente que «Bruno era un buen representante de su época»

   Esa obsesión con la sexualidad se relaciona, por supuesto, con la juventud y con el paso del tiempo, algo que se conjuga y resume en la siguiente frase: «llegará un momento en que la suma de los placeres que uno puede esperar de la vida sea inferior a la suma de los dolores» Y hay que reconocer que en este aspecto Houellebecq tiene bastante razón: la época y la civilización actual es con diferencia la que más se ha preocupado por el paso del tiempo de cuantas han existido en el mundo. La explicación no puede ser más sencilla: perdida la fe en lo ultraterrenal, la muerte se contempla y se entiende en toda su magnitud como la desaparición del ser. La creencia única en los bienes terrenales ─cuyo símbolo más representativo es la juventud─ nos hace aferrarnos a ellos con uñas y dientes. No cabe duda de que esta vacuidad metafísica ha dado un nuevo cariz a la concepción que la Humanidad tiene de la vida y de la muerte.

   La crisis de Occidente no es tampoco ni mucho menos un tema original, aunque quizá sí lo sea la vuelta de tuerca que se le ha dado al enfoque. La sensación general es de acabamiento repentino y de camino sin retorno, como si todo fuera a acabar muy mal a consecuencia del deseo: «las sociedades occidentales resbalaban hacia una zona oscura» Las relaciones sociales se ven profundamente degradadas, no sólo en cuanto al entrometimiento del componente sexual en su jerarquía, algo que da como resultado un cóctel difícil de digerir al describir a las estrellas de rock como la cima absoluta de esa jerarquía, equiparando esta circunstancia con la divinización de los faraones en el antiguo Egipto. Por otra parte, los personajes son la prueba palpable de la desestructuración del concepto de familia. Los padres no están dispuestos a perder sus bienes materiales, su juventud y su sexualidad sacrificándose por sus hijos, como ocurre con los padres de Michel y de Bruno o como ocurre con el propio Bruno y con su hijo. Lo que Bruno siente por su hijo es una especie de complejo de Edipo a la inversa, es decir, no puede soportar que algún día pueda ser sustituido por él, que algún día él fuera joven, que tuviera éxito en una vida que para él había sido sólo fracaso.

   El único asidero que mantiene esta sociedad en crisis es el de la racionalidad, por encima de la humanidad. La necesidad de certezas racionales ha condicionado el devenir de Occidente, por encima de cualquier apasionamiento artístico, filosófico, político o incluso religioso. En este sentido es donde para Houellebecq no tiene cabida el Islam en el mundo, al que califica en uno de esos fragmentos que han dado fama a Las partículas elementales de obra polémica como «la más estúpida, la más falsa y la más oscurantista de todas las religiones» Michel, como un buen representante de esta necesidad de certezas racionales, no participa de la humanidad, se encuentra situado al margen, incapaz de experimentar más sentimientos que el de la compasión, y por supuesto incapacitado para amar. Entregado por completo a una vida intelectual únicamente encuentra consuelo en las ecuaciones matemáticas, en esas certezas racionales.

   La solución que se predice en Las partículas elementales van de la mano del nuevo milenio, como si misteriosamente se anunciara una nueva época para la civilización. Para ello se utiliza la figura de Aldous Huxley en un doble sentido. Por una parte se indica su última novela, La isla, como una de las fuentes iniciadoras del movimiento New Age ─¿qué es sino “nueva era”?─ y por otra parte se resuelve el final del libro muy a lo Un mundo feliz. Huxley es al mismo tiempo la causa de esa crisis sexual y la solución, en dos obras que tienen muchos puntos en común, ya que en ambas se presentan dos sociedades utópicas con una organización tremendamente compleja. La mentalidad de Michel anuncia a voces a la sociedad futurista de Un mundo feliz: «Cuando se descifrara del todo el código genético (y eso sólo era cuestión de meses), la humanidad estaría en condiciones de controlar su propia evolución biológica; la sexualidad aparecería entonces como lo que realmente es: una función inútil, peligrosa y regresiva»

   Ese «mundo feliz» que anunciara Huxley es en lo que acaba convirtiéndose la civilización occidental en Las partículas elementales por obra y gracia de Michel. Este final de ciencia-ficción se entiende como crítica a una situación que está cada vez más presente en nuestra sociedad ─¿tan raro nos suenan términos como los de «niños probeta» o «bebés a la carta»?─ pero no está acorde con el tono general de la novela, lo que podría llevar, y en más de un caso lo habrá hecho, a malos entendidos en su interpretación. Un final algo confuso para un libro que por si no fuera poco tiene una lectura dura y difícil, casi aguardentosa. Lo positivo es quizá que Houellebecq tiene palos para todos: la derecha, la izquierda y el centro. No hay casi nada representativo de la sociedad actual que quede fuera de su mirada crítica. Independientemente de su valor estético, hay que reconocer el valor de los escritores y de las obras que saben azuzar e incomodar a las clases sociales acomodadas.

Este libro es una carta de póker

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