La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson

La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson

   La mala literatura para jóvenes es aquella que nace con fecha de caducidad, que sólo pueden leer los jóvenes y que una vez han crecido se pasa como el arroz. La buena, en cambio, puede ser leída en cualquier momento de la vida, en la juventud, en la madurez, en la vejez, que no se pasa. Si bien es cierto que no es lo mismo leer un libro a los quince que a los treinta. Cada libro, lo que se percibe de él evidentemente, cambia en cada lectura, sin necesidad de que hayan transcurrido años de una a otra. La buena literatura para jóvenes no es aquella que está escrita para jóvenes ─no los tratemos como a tontos, que diría C. S. Lewis─ sino aquella que es recomendable leer en la juventud porque aporta elementos fundamentales y enriquecedores en ese inevitable proceso que es el ir creciendo. Volver a leer un libro que conocimos en nuestra infancia tiene algo de profano, como arrancar el sello que esconde un momento fundacional de nuestras vidas, y sin embargo, es siempre preferible a leer un libro que pudo habernos marcado y no lo hizo porque no lo conocimos en su momento. Hablar de La isla del tesoro desde mi perspectiva adulta tiene, efectivamente, algo de profano, y aún siendo así no puedo dejar de hacerlo.

Una de esas perspectivas de adulto más completas, porque no pierden de vista la mirada infantil, es la de Roberto Cotroneo en esa entrañable carta a su hijo titulada Si una mañana de verano un niño. En este libro Cotroneo ofrece su particular visión de varios libros, relacionados con la adolescencia y con el proceso de crecimiento y de maduración. Además de dedicar un capítulo a La isla del tesoro, se detiene en El guardián entre el centeno, Tierra baldía y El malogrado de Thomas Bernhard. Cotroneo se detiene a describir dos aspectos concretos pero imprescindibles de la obra de Stevenson. En líneas generales La isla del tesoro ─como El guardián entre el centeno─ es la descripción del proceso de maduración de un niño, que acaba convirtiéndose en un adulto y asumiendo las responsabilidades que exige la nueva condición. Para Cotroneo dos de los aspectos más importantes del crecimiento de Jim son la distinción entre el bien y el mal ─no siempre evidente en el libro─ y lo terrible de asumir la realidad de las aventuras, que en algunas ocasiones pueden poner la vida en peligro.

   Cuando comienza La isla del tesoro Jim está de lleno en la infancia. La irrupción del viejo marinero en la posada de sus padres hace que la maldad verdadera entre por completo en la vida de Jim. Desde la perspectiva del niño Jim contempla a esos peligrosos marineros con horror, llegando a poblar todos ellos sus pesadillas, y especialmente aquel que tiene una sola pierna. El ciego se describe precisamente con ese horror infantil: «Parecía encorvado por la edad o el cansancio, y su amplio y viejo gabán marino, raído y con un capuchón a la espalda, le daba un aspecto miserable y deforme […] Le tendí la diestra, y la horrible y melosa criatura sin vista la agarró alñ instante con la suya, como en una tenaza […] No había oído nunca una voz tan cruel, fría y repugnante como la del ciego» Más adelante Jim empezará a desconfiar de esos maniqueísmos, se dará cuenta de que el bien y el mal no siempre son lo que parecen. Tras la muerte del viejo marinero que pobló de pesadillas su imaginación infantil, Jim no puede sentir más que compasión, e incluso derrama unas lágrimas.

   Con la muerte del viejo marinero se abre el proceso de maduración de Jim, sobre todo al plantearse la posibilidad del viaje para buscar el tesoro del viejo pirata Flint. Para Jim es una oportunidad de vivir aventuras ─«soñando estupendas y afortunadas aventuras por mares desconocidos y tierras lejanas»─, pero simbólicamente puede entenderse como un viaje iniciático que hará que Jim abandone para siempre la infancia y que finalmente recabe en la edad adulta: «jamás llegué a imaginar nada que fuese tan sorprendente y trágico como luego resultaron mis aventuras de veras» Para iniciar este viaje iniciático Jim debe cortar por completo los lazos con su madre, algo así como le ocurría a Lázaro de Tormes: el hidalgo le prohibe explícitamente pasar más de una noche con su madre antes del viaje. Jim es consciente de la importancia de lo que está en juego y de lo que ha perdido tras despedirse de su madre: «Poco después doblamos un recodo, y toda mi infancia desapareció ante mis ojos…» Aún más, al poco tiempo de zarpar, ya en el barco y rodeado de marineros, Jim piensa en su infancia como si fuera algo ya muy lejano: «en seguida comenzó a entonar aquella rara canción, que tantas veces yo había oído en mi infancia»

Como descripción breve y acertada de Long John Silver me quedo con la de Malos y malditos de Fernando Savater, que además tiene la ventaja de ser un libro escrito para niños, por aquello que decía antes de las visiones infantiles. Su personalidad es compleja y al mismo tiempo contradictoria. De ser el protagonista de las pesadillas de Jim pasa al polo opuesto, como humilde cocinero, antiguo héroe de guerra mutilado, viejo lobo de mar, desagradable de aspecto, recio y rudo, pero de total confianza. Jim, totalmente admirado con el viejo pirata, no puede quedar más impresionado con Silver, algo así como si fuera un modelo a imitar: «Tiene mucha lectura, mucha instrucción, y cuando quiere habla como un libro. Además, es el hombre más valiente del mundo, un león, ¡una fiera! Yo le he visto luchar solo y sin armas contra cuatro hombres, y romperles a todos la crisma […] La tripulación en masa le respetaba e incluso le obedecía; Silver sabía hablar a cada uno según su carácter y hacer favores a todos. Conmigo se mostraba invariablemente afectuoso»

Después de que Jim, oculto en el barril de ron, escuchara la conjura de los piratas para amotinarse, asesinar al médico, al hidalgo y al capitán, y hacerse con el tesoro de Flint, conoce la verdadera cara de Silver, que le infunde una mezcla de temor y repugnancia. En ese momento se da cuenta de que tiene en sus manos la responsabilidad de salvar la vida de sus compañeros de aventuras. Ésta es la causa de que Jim crezca de golpe, la causa de que al salir del barril sea ya un adulto que ha asumido plenamente sus obligaciones. Se produce un fuerte choque entre lo que Jim proyectaba de su imaginación sobre el mundo y la realidad del propio mundo; la aventura no es ya lo que parecía en un principio, e incluso la isla, que en un primer momento se dibujaba en su imaginación como un paraíso lleno de intensas emociones, aparece en la aplastante realidad como «un paraje húmedo y malsano, infestado de fiebres»

El acontecimiento definitivo que acaba separando a Jim de su infancia para siempre es, como bien señala Cotroneo, la experiencia real y empírica de la muerte. Silver hace las veces de sacerdote en un auténtico rito de iniciación, que incluye el sacrificio humano de un inocente. Hasta el momento las fanfarronadas de Silver no iban más allá de las palabras, ahora demuestra que es capaz de asesinar a sangre fría, que es el monstruo que él mismo había descrito. Jim, en un primer momento, sucumbe al pánico: «En aquel instante mis ojos se nublaron y todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor […] Me parecía mentira que se acabase de cometer un crimen, allí mismo, y una vida humana hubiese sido segada ante mis propios ojos» Ya no se trata de esos miedos infantiles que poblaban sus noches de pesadilla. Esta vez el pirata cojo se ha materializado ante él. Esta vez el horror es real.

Si antes había experimentado la muerte como algo ajeno, aunque cercano, ya en el fortín, cuando se produce el asalto de los piratas, la posibilidad de morir es algo inminente. En este asalto se cristaliza todo lo que se ha venido insinuando: a partir de la masacre Jim será otro. Más adelante, con la conquista del barco, Jim siente la muerte entre sus propias manos, esta vez como ejecutor. La lucha por la supervivencia le lleva a matar a Hands. A estas alturas Jim ya será capaz de pensar de un modo bien distinto al Jim del principio: «La frecuencia de nuestras trágicas aventuras había embotado mi terror por los difuntos»; y más adelante dirá a Silver: «ya me voy acostumbrando a mirar cara a cara a la muerte»

El Silver con el que se reencuentra Jim en el fortín parece ser de nuevo el primero, el apacible cocinero que destacaba por su rectitud, esta vez al mando de un puñado de piratas sin escrúpulos. No sólo vuelve hacer de maestro ─y de padre─ para Jim, sino que está dispuesto a protegerlo de sus compañeros de correrías, aún a riesgo de poner su propia vida en peligro: «Ese muchacho es de lo mejor que yo he visto en mi vida, y más valiente que todos los cobardes juntos que me están oyendo. Creo que él me estima en algo; pero yo le quiero más a él. Conque, ojo alerta, ¡al primero que lo toque, le rompo la crisma!» Stevenson deja en el aire el origen de ese cariño que Silver siente hacia Jim; tal vez el viejo pirata cojo se siente identificado con el muchacho, tal vez lo ve como la única forma de salir con vida de esta aventura ─la amistad se forja en una tremenda frase que dice «hemos de vivir o de perecer juntos»─. Lo cierto es que Jim le corresponde como un auténtico caballero, y tras haber dado su palabra de mantenerse a su lado y de protegerlo en todo momento lo hace. Una vez más la visión que tiene Jim de Silver cambia: «yo estuve un largo rato mirándole con profunda lástima […] Ese hombre rarísimo varía, por sí solo, cien veces más que todos los piratas juntos» Esta curiosa amistad es precisamente el eje que utiliza Savater en su descripción de Silver, para quien «quizá el pirata quería ser adolescente o quizá el niño quería ser pirata»

El único inconveniente que puede tener La isla del tesoro, sobre todo para llegar a los jóvenes de hoy, es el abuso del lenguaje técnico de marineros, algo así como le ocurre a Moby Dick de Meville. A lo largo de varios capítulos, aquellos en los que Jim consigue recuperar el barco, se utilizan esos tecnicismos que dificultan la lectura de los profanos en la materia. Salvo esta excepción, la historia que cuenta Stevenson, a pesar de tener un aroma a antiguo, por lo de la historia de los piratas, no ha perdido ni un ápice de vigencia. Los conflictos de Jim, en clave simbólica, son los mismos que inquietan hoy a nuestros adolescentes.

   Este libro es una carta de póker

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