La carretera de Cormac McCarthy

La carretera de Cormac McCarthy

   Hay libros que al leerlos, a partir de una página determinada, se convierten en un elemento determinante e inseparable en la vida del lector. Libros que marcan de por vida. A los que da gusto volver, que se leen y releen una y otra vez, encontrando siempre matices nuevos. Así es como empieza la inmensa mayoría de las críticas que he leído sobre La carretera de Cormac McCarthy. El libro que ganara el premio Pulitzer en 2007 se ha convertido en un auténtico clásico ─además de venderse como un bestseller─, un libro de culto que posiblemente llegue a ser uno de los pilares de la literatura del siglo XXI. McCarthy ha convertido uno de los temas más comunes en el cine y la literatura de serie B (que ha dado obras en la línea de Soy leyenda de Richard Matheson o más modernamente Guerra Mundial Z y Apocalipsis Zombie) en un complejo y completo tratado sobre el ser humano y sobre la sociedad, al más puro estilo de Las partículas elementales de Houellebeq. En ambos se muestra la decadencia del mundo, de las relaciones sociales, a través de un futuro utópico, que en Houellebeq tiene mucho de huxleyano. Dos libros que nacen de la desestructuración posmodernista de la sociedad, pero con distintos matices, y por encima de todo, con una prosa radicalmente opuesta. Si la de Houellebecq está llena de florituras intelectuales, la de McCarthy es parca, austera, directa, contundente y sencilla, no por ello menos lírica.

   La carretera se abre con un inicio perturbador, que envuelve a toda la obra con un halo onírico que prácticamente nos transporta al infierno de El jardín de las delicias de El Bosco. En mitad de una pesadilla un ser lovecraftiano nos anuncia el fin del mundo. Cuando el protagonista, el hombre ─que los personajes se nombren como «hombre» y «niño» da una idea del plano simbólico de la obra─, se despierta, lo hace en mitad de un páramo desértico en el que la nota característica es la falta de color: «todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos […] Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color […] viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno» Y si los días son oscuros, las noches tienen una negrura en la que es imposible ver nada, «una negrura como para que dolieran los oídos de escuchar» Ese paisaje lleno de polvo y ceniza por todas partes, con ciudades quemadas y deshabitadas, es la descripción de un mundo decadente y en descomposición.

   Toda la secuencia que se reproduce a continuación de la pesadilla es un prodigio in media res. En pocas pinceladas se describe la devastación de un mundo, sin ofrecer ninguna información, ni al comienzo ni a lo largo de la novela. Más adelante el niño preguntará a su padre qué ha pasado, a lo que éste responderá: «¿Qué pasó? No lo sé exactamente. Es una buena pregunta» El único dato que se ofrece es que ha habido tormentas de fuego que han destruido la superficie del planeta, lo que hace pensar en una apocalipsis nuclear. A McCarthy no le interesan tanto los motivos como los resultados. Y el resultado, además de todo lo descrito, es el enfriamiento de la superficie, «un frío como para agrietar las piedras. Como para quitarte la vida» Para huir de ese frío se plantea la necesidad de viajar hacia el sur, que se llega a identificar con el paraíso perdido, un mundo donde todo es como antaño, un mundo en el que existieran otros niños.

   La necesidad de viajar hacia el sur es uno de los ejes fundamentales de La carretera, una novela que muestra el proceso de maduración de un niño, sometido a un viaje iniciático. En este sentido, la obra tiene varios puntos en común con La isla del tesoro, e incluso puede identificarse, en parte, al niño con Jim, sobre todo en cuanto al descubrimiento de la muerte ─convertida en algo cotidiano─ y de la maldad humana. En la utopía de La carretera las relaciones sociales que se establecen entre individuos se ven alteradas por completo. El concepto aristotélico de hombre como animal político ha sido bruscamente sustituido por una concepción hobbesiana. En este caso, además, la máxima del hombre como lobo para el hombre, se ha convertido en una realidad brutalmente escalofriante, debido a que la escasez de alimentos ha obligado a una gran parte de los supervivientes a realizar prácticas caníbales. Ésta es la descripción que hace McCarthy en pocas palabras del nuevo mundo: «El mundo al poco tiempo poblado mayormente por hombres que se comían a tus hijos ante tus propios ojos y las ciudades en poder de bandas de atezados saqueadores que abrían túneles en las ruinas y salían reptando de los escombros blancos de dientes y ojos con bolsas de malla repletas de latas chamuscadas y anónimos como compradores salidos de los economatos del infierno»

   El individualismo es la nueva creencia de una sociedad en la que sus componentes se relacionan a través del miedo y de la desconfianza. La nueva Humanidad se ha vaciado de toda humanidad en favor de la supervivencia, ya que sentir compasión puede equivaler a morir irremediablemente. Esta situación lleva a los protagonistas a la continua huida, al rechazo absoluto de otros seres humanos. En varias ocasiones el hombre utiliza una visión maniqueísta del mundo, autoproclamándose como abanderado de los buenos, aunque lo cierto es que las fronteras entre el bien y el mal no parecen tan evidentes, y los que supuestamente son los buenos no actúan como tales, sino siempre en beneficio propio. Esta sociedad se sustenta sobre el horror, conformando un mundo que recuerda a la pesadilla que abre el libro. Muchas descripciones tienen la misma perplejidad surrealista que El Bosco: «Acurrucados junto a la pared del fondo había hombres y mujeres desnudos, todos tratando de ocultarse, protegiéndose el rostro con las manos. En el colchón yacía un hombre al que le faltaban las dos piernas hasta la cadera, los muñones quemados y ennegrecidos. El olor era insoportable»

   El único elemento del mundo que se mantiene constante e inalterable es la carretera. Tal es su importancia ─que dé título a la novela no es anecdótico─ que puede considerarse como el tercer gran personaje del libro. La carretera es una metáfora con múltiples interpretaciones, que marca el camino a seguir y del que no hay que desviarse, pero que también simboliza lo poco que hay en el mundo que seguirá existiendo siempre sin cambiar nunca. No importa lo que ocurra, porque las carreteras siempre estarán ahí, porque «no hay nada para arrancarlas»

   La estructura del libro se construye a partir de un entramado de recurrencias y repeticiones. El tiempo narrativo se vuelve tan lento que llega a anularse en una especie de bucle absurdo ─que recuerda al mito de Sísifo─ que atrapa a los personajes y los condena a repetir una y otra vez los mismos actos. Las escasas referencias al pasado, en forma de recuerdos de momentos infantiles del hombre, sirven para acentuar la estructura paralelística en la que se repite con su hijo lo que el hombre vivió de pequeño con su padre: «El chico de pie a su lado. Como él mismo había estado junto a su propio padre un invierno de hacía muchos años» Por lo demás, la sucesión temporal se limita al más puro presente: no hay pasado porque se desconoce lo que ha ocurrido en el mundo y tampoco parece muy fiable el futuro, debido a la fragilidad de la vida. A pesar de esta clara apuesta por el presente McCarthy deja abierta la posibilidad de un futuro.

   Aunque la impresión superficial lleve a pensar que McCarthy ensaya un estudio humano sobre el nihilismo, existe una vaga religiosidad que deja un resquicio abierto para la esperanza. Esta religiosidad se basa en su hijo, del que el hombre piensa que «si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca» En varias ocasiones el hombre pone en duda esta esperanza, llegando a pensar incluso que es preferible la muerte a la supervivencia; se trata en todo caso de la muerte y de la supervivencia propia, porque sabe que ante todo tiene que proteger a ese niño que es el guardián y el responsable de la escasa humanidad que queda en el mundo, un niño bueno y confiado a pesar de haber nacido y de haberse criado en un entorno hostil. Esta es la esperanza, simbolizada en el niño, que cierra La carretera, la esperanza de que todavía es posible que el hombre reconstruya su presente, que vuelva a levantar su futuro.

   Este libro es una carta de póker

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