El embrujo de Shanghai de Juan Marsé

El embrujo de Shanghai de Juan Marsé

   El mismo día que concedieron el premio Cervantes a Juan Marsé apareció en El País un artículo al uso panegírico de Gustavo Martín Garzo titulado «El embrujo de Juan Marsé» Gustavo abre su loa trazando un paralelismo entre Galdós y Marsé, por «su visión pesimista del ser humano, su capacidad para situarse en el lugar de la derrota y el fracaso de los ideales,m y el que sus novelas sean algo así como un gran almacén de las emociones humanas» La emoción que pondera en Marsé por encima de las demás es el amor, una apreciación que, si bien es acertada en el caso de Últimas tardes con Teresa, debe ser matizada en el caso de El embrujo de Shanghai. Es cierto que entre Daniel y Susana hay amor, pero por encima de ese amor se encuentra el desengaño, como un ave negra de mal agüero que planea bajo y lo tiñe todo con el oscuro prefijo des-, que convierte el amor en desamor, la esperanza en desesperanza, la vida en desvida.

   El embrujo de Shanghai se perfila como una novela de aventuras, de autoconocimiento, de iniciación y de maduración, a la sombra de La isla del tesoro de Stevenson. Ambos, Jim y Daniel, aprenden a ser adultos a través del golpe, aprenden que el mundo de los adultos puede ser duro, que no hay espacio para la ensoñación en la realidad. En los dos el aprendizaje se lleva a cabo a partir de un viaje, de un mundo exótico, lejano, desconocido, y al mismo tiempo peligroso. La gran diferencia es que Jim conoce por su propia mano ese lugar, mientras que Daniel penetra en un mundo que se ha puesto en pie sobre la boca de Forcat, un mundo construido enteramente con palabras, en el que la realidad y la ficción se mezclan y confunden irremediablemente.

   Este desdoble, el de ficción y realidad, y sus conjunciones ocultas, se manifiesta en un doble relato que da la ocasión a Marsé de establecer un juego narrativo metaficcional, a la manera de las cajas chinas, con una historia dentro de otra y dos narradores, Daniel y Forcat. Por una parte existe el Barcelona de la posguerra, con sus miserias y sus pobrezas, un ambiente sórdido y monótono en el que sobrevivir es una cuestión casi de picaresca ─los hermanos Chacón o el capitán Blay recuerdan en algunos momentos a personajes del Lazarillo─. Por otra parte, Shanghai, el espacio mítico, con ex nazis, con hermosas mujeres, con peligrosos mafiosos e historias de amor imposible. Daniel, Susana, Forcat, se mueven juntos de un mundo a otro, de la miseria a la riqueza, de lo vulgar a lo extravagante, de lo conocido a lo misterioso. Más que una forma de evasión es un modo de conocimiento.

   Aunque el mundo fantástico sea el de Forcat, el de Shanghai, la Barcelona de la época también se tiñe de esa ensoñación irreal: los malos presagios o las milagrosas manos de Forcat, que poseen el don de la curación. No hay que olvidar que el procedimiento narrativo que lleva a cabo Forcat es el mismo que el de Daniel ─a primera vista─: el uso de la memoria como aliciente narrativo fundamental. Sin embargo, el recuerdo es falible, la realidad puede fácilmente tergiversarse y tejerse de una ficción desmemoriada: «era imposible que la imaginación no hubiese contagiado la memoria, confundiendo la peripecia vivida y soñada».

   Para levantar el mito de Shanghai Daniel ha tenido que crear antes un mundo personal, íntimo, «ámbito de la ensoñación» y «cálido y dulce nido de microbios» ─el mundo elaborado por Forcat sólo es posible en el dormitorio de Susana─, una realidad que para Daniel es muy importante, ya que representa su descubrimiento del amor y de la sexualidad. Susana es una especie de femme fatale, una pequeña Lolita caprichosa, maleducada y consentida, que despierta un inevitable deseo lleno de temores en Daniel. La «sensualidad contagiosa, húmeda y cálida» de Susana hace que Daniel venza el miedo a contagiarse de tisis y lleve a cabo su gran acto de amor, chupar el dedo ensangrentado de la niña enferma.

   Pero aunque el mundo exterior, el que está más allá de las cuatro paredes del dormitorio de Susana, aparece representado por «la mentira y la miseria» también tiene que aportar mucho al protagonista. Aunque Daniel se sienta obligado a acompañar y a cuidar del capitán Blay, aunque se sienta avergonzado por las locuras del viejo y sus fracasos, este personaje resulta imprescindible en el proceso de maduración del joven. La lucha por los ideales, el inconformismo y la necesidad de seguir rebelándose, es el motor principal de la vida del capitán Blay. Esta lucha se identifica en la carpeta, de forma que cuando ésta se pierde, haciendo imposible la recogida de firmas, la vida del capitán Blay deja de tener sentido y fallece, como una negación simbólica al rechazo de sus ideales. El capitán Blay será el único personaje que no se dejará vencer por el desengaño, que luchará hasta el último aliento de vida, un espíritu combativo que le situará en el lado opuesto al Kim. Ese contagio que tanto teme Daniel no está sólo reservado únicamente al interior; gracias al capitán Blay se produce un proceso de contagio que tiene mucho de quijotización en cuanto a la búsqueda y a la lucha por unos ideales nobles pero irrisorios. Ha tenido que fallecer el capitán, símbolo de «la devastada ignominia que muchos preferían olvidar», para que Daniel se dé cuenta de la importancia que ha tenido este personaje en su vida: «el viejo pirado había conseguido contagiarme una brizna de aquel virus que le sorbía el entendimiento»

   Para Daniel y para Susana Shanghai equivale en un primer momento a emocionantes aventuras. Lo que lleva al Kim a Shanghai es una especie de desengaño tenue, esperanzado en un futuro poblado por su mujer, por su hija y por la paz consigo mismo ─su motivación «no es la libertad ni la justicia, sino su hija enferma»─. Se siente agotado de tanto sueño de juventud, desmoronado ante la necesidad de sentar la cabeza, desesperado y dispuesto a arriesgar su vida, a morir o a vivir tranquilo para siempre. En estas condiciones acepta el encargo de Lévy y viaja a Shanghai animado por «el deseo inconfesado, la dolorida ansiedad de borrar con esa última bala todo vestigio de un pasado que le abruma, lograr que desaparezca de una vez por todas cualquier rastro de una humillante e interminable derrota personal» En Shanghai, sin embargo, descubre tiempo después que ese futuro hipotecado está endeudado con sus ideales, condenado de antemano al fracaso más estrepitoso. Lo que más duele al Kim es que Lévy abarató y malversó los ideales por los que habían luchado y que les había unido. Había arriesgado su vida y su futuro por un ideal que le había acompañado «durante toda su vida llenando de sentido cualquier de sus actos» sin saber que no apostaba a caballo ganador: todo lo hecho, todo lo luchado, se volvió de repente inútil, absurdo. Y con el Kim despiertan Susana y Daniel, vuelven a la gris realidad barcelonesa de chimeneas y humor tóxicos, de personajes miserables como el Denis, con un sabor amargo en los labios, ya adultos, desengañados, eso sí, imposibilitados para cumplir sus sueños, para amarse, para consumarse el uno al otro. Las preguntas que se hizo el Kim, repetidas en un eco inconsciente en Daniel, son simbólicas para toda una generación y casi para una actitud vital que recuerdan al Jon Juaristi de «Spoon River, Euskadi»: «¿dónde nos equivocamos? ¿Cuándo se torció el camino, dónde extraviamos la utopía? ¿Por qué tanta fe y tanto vigor moral se trocaron en egoísmo y superchería?»

   Este libro es una carta de póker

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