La luz prodigiosa de Fernando Marías

La luz prodigiosa de Fernando Marías

   El romance entre cine y literatura es tan antiguo como el cine. Habitualmente es el cine el vasallo de la literatura, el que viene después, adaptando a formato audiovisual las historias impresas; aunque el caso contrario tampoco es improbable. De hecho, que los guiones cinematográficos ―el esqueleto de cualquier película― son un género literario paralelo al teatral se demuestra con ejemplos de escritores que han invertido parte de su genialidad escribiéndolos, como Faulkner o Scott Fitzgeralt. No deberían ser comparables en el sentido estricto de la palabra, ya que cada arte utiliza un lenguaje distinto, pero no es infrecuente que los espectadores salgan de la sala de cine comentando que el libro fue mejor o peor que la película. En mi caso particular debo rendir un agradecimiento especial al cine, que me ha iluminado el camino a tantos y tantos libros. Por lo general prefiero leer antes el libro y ver después la película, aunque no siempre es posible, como me ha ocurrido con La luz prodigiosa de Fernando Marías.

   Un tema que ha nutrido con generosidad tanto a la literatura como al cine ha sido el asesinato de Federico García Lorca. A pesar de la gran cantidad de estudios bibliográficos ―sólo nombraré a Ian Gibson como el gran representante― existentes sobre este acontecimiento fundamental en la Historia de la Literatura y en la historia de España, la negativa por parte de la familia de Lorca a desenterrar los restos del poeta granadino deja en el aire un cúmulo de especulaciones que a ciencia cierta arroja más sombra que luz a la verdad sobre su muerte. Un campo abonado para los estudios serios, pero sobre todo para la ficción literaria, como demuestra Fernando Marías con su novela La luz prodigiosa.

   ¿Qué hubiera pasado si Federico García Lorca hubiera sobrevivido en 1936? Acaso hubiera viajado al exilio ―a Argentina o a Mexico―, donde hubiera continuado con su trabajo, quizá con una evolución parecida a la de Rafael Alberti. Tal vez hubiera vuelto a España tras la muerte de Franco convertido en una celebridad mundial, es posible que hubiera pasado los últimos años de su vida en la huerta de San Vicente, donde podría haber conocido la muerte, quién sabe si en la apacibilidad del sueño. La hipótesis barajada por Fernando Marías, a pesar de coincidir el hecho de que Lorca sobreviviera al fusilamiento de aquella aciaga mañana de 1936, es bien distinta: un Lorca superviviente, sí, pero lastrado de por vida por esa bala en la sien que a punto estuvo de robarle la vida. Lorca convertido del gran genio de las letras del primer cuarto del siglo XX en mendigo y en enfermo mental, incapaz de recordar nada sobre su vida, inútil para sobrevivir por sí mismo en el día a día, condenado a un sanatorio mental o a pedir limosna. Un futuro, en definitiva, menos halagüeño que el que deparaba el destino a Alberti. La idea parece funcionar: Lorca convertido ―sin patetismos― en el personaje de una tragedia griega, perdido en sí mismo y luchando por recobrar su identidad y su vida. «La idea de que el fatídico disparo hubiese sido capaz de transformar la brillante mente de un ser privilegiado en el motor vegetal de un desecho humano incapaz de valerse por sí mismo». Todo un drama lorquiano.

   Sin embargo, parece que Fernando Marías no ha sabido aprovechar la grandeza de su idea, que ha dado como resultado una novela algo imperfecta, llena de momentos desperdiciados que sí ha sabido aprovechar a fondo la película. Más que la tragedia de Lorca lo que se novela en La luz prodigiosa es el drama de su protagonista, que no es Lorca sino un anciano analfabeto, fracasado, vagabundo y borracho ―del que ni siquiera se ofrece el nombre― que ha tenido la ocasión de mejorar a lo largo de su vida, pero que no ha sabido o no ha querido hacerlo: cada vez que la fortuna le sonríe él prefiere gastar el dinero en sexo ocasional o en alcohol, volviendo los ojos a una vida miserable de la que en el fondo es consciente. Una mañana, todavía joven, recoge en un camino abandonado el cuerpo agonizante de un hombre ―un fusilado― y a escondidas lo lleva a su casa, donde cuida de él hasta que se recupera físicamente, que no mentalmente. Toda su vida parece girar en torno a este acto desinteresado, que de alguna forma le redime del resto de errores que ha ido cometiendo: «lo único de alguna importancia que había hecho, lo único que justificaba mi vida, era haberlo salvado al comienzo de la guerra».

   Años después se enterará de que aquel hombre al que salvó la vida era en realidad el famoso poeta Federico García Lorca. Tratará de buscarlo en vano, más por sí mismo que por Lorca. Tal vez este descubrimiento le reporte el reconocimiento que le permita triunfar por fin en la vida. Pero sin la prueba palpable del Lorca vivo carece del aplomo y de la credibilidad para hacerse escuchar por los estudiosos. Incluso llega a asistir a una efemérides ―la «Semana de Federico García Lorca»― en donde Fernando Marías hace una parodia de los actos de rigor y de los estudiosos de turno, más interesados en vender libros que en descubrir la verdad sobre la muerte de Lorca. Incluso podría adivinarse en el afamado profesor extranjero una parodia de Ian Gibson.

   El fallo que comete Fernando Marías es el mismo que el protagonista critica en el profesor extranjero: «no estaba hablando de Lorca. Estaba hablando de sí mismo». El exceso de introspección por parte del protagonista hace que la tragedia de Lorca pierda fuerza ante su propio drama. Es cierto que ambas vidas se entrelazan de manera indisoluble, pero el monólogo quejumbroso del narrador lo invade todo: «me sentí completamente solo, y aunque era algo que siempre había buscado, tuve miedo, porque la imagen que me devolvía la pared de espejo del mesón, mientras tomaba una copa tras otra para serenar los nervios, era la de un hombre que no disponía ya de tiempo para echar marcha atrás y romper esa soledad que él mismo se había labrado: una soledad irreversible que le acompañaría durante el resto de su vida».

   Un error en el que la película no cae. Inspirada en la idea de Fernando Marías, con una versión bastante libre, Miguel Hermoso, su director, se centra más en la trama detectivesca de identificación del desconocido, de forma que Lorca pasa a un primer plano, cobrando el protagonismo que merece. La relación entre ambos personajes se enternece enormemente y se producen escenas en las que casi se pierde el aliento: el momento en que Lorca vuelve a tocar un piano y demuestra que su capacidad musical se mantiene intacta, su reencuentro con Salvador Dalí en una entrevista televisiva, su forma de recitar de memoria sus propios poemas o fragmentos de La casa de Bernarda Alba ―y por lo que es echado de la representación de su propia obra―, o su vuelta al barranco de Víznar, al mismo punto en que fue fusilado. Unos personajes que, en definitiva, causan más empatía que los de la novela. Y un final, también diametralmente opuesto, mucho más abierto el de Fernando Marías, ya que no se sabe nada del paradero de Lorca ni de su estado mental final, después de una escena en la que aparentemente ha recuperado parte de sus recuerdos ―algo que en la película está infinitamente mejor hecho―.

   Es posible que en el fondo el fallo de La luz prodigiosa sea su aparente escritura apresurada. La novela es muy corta, va demasiado al grano, y se pierde detalles de gran belleza que podrían haber interesado al lector y que la película sí ha hecho. Precisamente por su brevedad, y como complemento a la película, sí es aconsejable una lectura, que además puede ofrecer una buena lección sobre cómo adaptar con acierto un libro y sobre cómo aprovechar una idea para sacarle el máximo partido. No imprescindible pero sí recomendable como curiosidad.

   Este libro es una carta de póker

Comentarios

comentarios