Niebla de Miguel de Unamuno

Niebla de Miguel de Unamuno

   En el prólogo a la tercera edición de Niebla Unamuno declara que desde un principio supo que ésta habría de ser su obra «más universalizada», por encima de otras como Sentimiento trágico de la vida, Vida de Don Quijote y Sancho o Paz en la guerra. Hoy en día, aunque Niebla sigue manteniendo en gran medida su vigencia dentro de la producción del escritor bilbaíno, es otra novela, San Manuel Bueno, mártir, la que la ha desbancado en popularidad, al incluirse en todos los programas educativos oficiales. Ambas obras giran en torno a ese existencialismo tan unamuniano, sólo que en el caso de la segunda es más explícito, mientras que en Niebla aparece mezclado con una teoría de la novela y de la creación ficcional. Lo que acerca más a San Manuel Bueno, mártir al lector actual, lo que la hace parecer más sincera y profunda es su carencia de andamiajes novelísticos, tan fundamentales en Niebla.

   Niebla está dividida en dos partes muy diferenciadas, unidas por el hilo conductor de un protagonista en común, Augusto Pérez. Cada una de esas dos partes se corresponde a un nivel de ficcionalidad: la primera es la ficción pura que se encuentra en cualquier novela y la segunda es un híbrido en el que se mezcla ficción y realidad, que por supuesto no llega a ser la realidad, pero en el que se dan inéditos casos de transferencia o de interferencias, como si cada entidad, persona o personaje, cediera parte de su esencia: el personaje entra en el mundo real e interacciona con personas, la persona del autor aparece ficcionalizado en un personaje. Aunque es precisamente esa segunda parte, en la se mezclan ficción y realidad, la que ha dado fama a Niebla, no deja de ser curioso que, en sentido estricto, ocupe un solo capítulo de un total de treinta y tres ―si bien es cierto que anunciado de forma reiterada en los capítulos anteriores y con consecuencias decisivas en el desenlace de la trama―.

   Del nivel ficcional puro poco hay que decir, en cuanto a que es una historia, que no novela, al uso. El argumento no podría ser más netamente folletinesco: un triángulo amoroso ―cuarteto si se añade a Rosario la planchadora― formado por el protagonista, Augusto Pérez; su amada, Eugenia; y el amante de ella y burlador de Augusto, Mauricio. Aunque con un argumento aparentemente tradicional, la concepción del amor que se desprende del personaje de Augusto Pérez es una mera excusa para que Unamuno exponga su propio entramado filosófico sobre el amor. Si bien, en un principio ese enamoramiento de Augusto roza más el encaprichamiento que el amor verdadero, como si existiera la necesidad vital de enamorarse para adquirir conocimientos sobre la vida, o en palabras del personaje, «el conocimiento vendrá después. El amor precede al conocimiento, y éste mata a aquel». Este enamoramiento llena al personaje de dudas e incertidumbres, lo sume en un torbellino confuso en el que cree enamorarse de cada mujer que contempla.

   Una posible explicación la propone Antolín Sánchez Paparrigópulos, erudito que aconseja a Augusto, que manifiesta que todas las mujeres poseen una única alma en común, y que por tanto, «quien conozca a una, las conoce a todas». Y es que la concepción del amor de Unamuno tiene algo de machista, como se demuestra en el papel que desempeñan los personajes femeninos en Niebla, ya que, a pesar de que son retratados con una gran carga humana y pasional, se tiende más a la simbolización que a la psicología: Eugenia se corresponde a la imaginación y a la inteligencia, Rosario al corazón y al sentimiento y Ludivina al estómago y a la voluntad. Lo que en realidad le ocurre a Augusto Pérez es que no se ha enamorado de una mujer en concreto, sino de un ideal abstracto de mujer, o incluso se podría decir que se ha enamorado del propio amor, lo que le lleva a aplicarlo a discreción a cualquier modelo femenino de carne y hueso que se le pone por delante. Toda una teoría amorosa que lleva a los personajes a divagar durante páginas y páginas y que impide que se produzca un desarrollo narrativo normal, lo que lleva a Unamuno a inventar el término de nivola.

   Porque lo más interesante que hay en esta primera parte de Niebla son las divagaciones de los personajes sobre su propia ficcionalidad y sobre la construcción de ese nuevo género nivolesco. El origen del término nivola se atribuye a Víctor Goti, ese personaje que está en un estatus especial porque además de ser un ente de ficción es el que prologa la novela, que entre burlas y veras lo denomina en el prólogo como una «ingenua zorrería para intrigar a los críticos». Más adelante el propio Víctor declarará que la clave de la nivola es el diálogo, hasta el punto de que cuando el protagonista está solo se inventa a un interlocutor mudo, digamos un perro, para que incluso el monólogo tome la forma de diálogo. Frente al protagonismo del diálogo la acción ―atributo principal y característico del género novelístico― pasa a un lugar secundario: «Es la manía de la acción, es decir, de la pantomima. Dicen que pasan muchas cosas en un drama cuando los actores pueden hacer muchos gestos y dar grandes pasos y fingir duelos y saltar y… ¡pantomima!, ¡pantomima! ¡Hablan demasiado!, dicen otras veces. Como si el hablar no fuese hacer. En el principio fue la Palabra y por la Palabra se hizo todo». Tan completa es la teoría de la nivola que incluso anuncia de alguna manera la teoría de la recepción que vendrá mucho tiempo después, cuando se indica que «el alma de un personaje de drama, de novela o de nivola no tiene más interior que el que le da […] el lector».

   Los personajes, y sobre todo Augusto Pérez, se cuestionan en todo momento si sus vidas están dominadas por el azar o si existe una lógica interna que hace que todo se desarrolle según un plan preconcebido. Aunque la conclusión es que el mundo es un caleidoscopio y que la lógica interna es algo que pone el ser humano, queda la duda de si esa lógica no será también algo fortuito o si todo obedece a un «ajedrez divino». Esta duda metafísica permite a Unamuno desnudar ante el lector su propio existencialismo, en boca de los personajes, que se transfigura en la idea de que «el segundo nacimiento, el verdadero, es nacer para el dolor a la conciencia de la muerte incesante, de que estamos siempre muriendo». Esta duda descarnada lleva a Augusto a dudar de su propia existencia, a pensar que puede tratarse del sueño de un dios o incluso de un ente de ficción (a Víctor llega a decirle: «se me antoja que me están inventando»).

   Con esta duda en el pensamiento y con la firme intención del suicidio se produce el momento más brillante de Niebla: el encuentro entre personaje y autor. El situar a personaje y a autor en un mismo plano es una idea que Unamuno ya había aplicado sobradamente al Quijote en su Vida de Don Quijote y Sancho, una especie de paráfrasis al libro de Cervantes en la que los personajes están muy por encima de su autor. Esta técnica, que más adelante recogerá Luigi Pirandello en Seis personajes en busca de autor con algunos matices diferentes y que Jostein Gaarder llevará hasta el rizo en El mundo de Sofía, en Niebla se introduce de forma toca, poco efectiva e inverosímil: «Quería aca­bar consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas propias. Mas antes de llevar a cabo su propósito, como el náufrago que se agarra a una débil tabla, ocurriósele con­sultarlo conmigo, con el autor de todo este relato. Por en­tonces había leído Augusto un ensayo mío en que, aunque de pasada, hablaba del suicidio, y tal impresión pareció hacerle, así como otras cosas que de mí había leído, que no quiso dejar este mundo sin haberme conocido y plati­cado un rato conmigo. Emprendió, pues, un viaje acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para vi­sitarme.». No queda claro si el paso del nivel ficcional al nivel real se produce de forma consciente por parte de Augusto, si él sabe que va a visitar a su creador o si es simple casualidad que decida ir a ver a Unamuno. De cualquier manera el encuentro se produce y el resultado es lo que ha dado a Niebla la fama que posee.

   Unamuno confiesa a Augusto que no es más que un ente de ficción, el producto de sus fantasías, en definitiva, un personaje de nivola. La duda sobre el azar queda aparentemente resuelta: Augusto no es libre para tomar sus propias decisiones, sino que su futuro está trazado de antemano. Como el personaje carece de libertad, el suicidio planeado por Augusto no es una posibilidad siempre y cuando Unamuno no lo haya previsto. Semejante descubrimiento hace que el personaje se rebele intentando proclamar su libertad, sobre todo basándose en la lógica interna, que impide al escritor hacer lo que le plazca. Lleno de impotencia Augusto plantea a Unamuno la posibilidad de que todo sea al contrario de lo que piensa, de que «sea usted [Unamuno] y no yo el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo, ni muerto… No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llega al mundo». Viendo que Unamuno no le toma en serio le amenaza con matarle, lo que supone una violación absoluta de las leyes naturales de la ficción. Para castigar al personaje que se ha atrevido a rebelarse contra su creador, Unamuno le anuncia que próximamente se producirá su muerte irrevocablemente.

   Unamuno cae en varias contradicciones: primero dice que el personaje no puede suicidarse porque al ser un ente de ficción no está ni vivo ni muerto, pero un poco más adelante le anuncia su muerte, para volver a contradecirse luego diciendo que «un ente de ficción es una idea, y una idea es siempre inmortal», ya que permanecerá siempre viva en la mente de los lectores y mientras haya un lector de Niebla Augusto Pérez seguirá con vida. Esta idea no contenta a Augusto, que en un desgarrado grito existencialista, eco del pensamiento del propio Unamuno, advertirá a los lectores de la fragilidad de su contingencia: «¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera, se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos, sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros».

   Este libro es una carta de póker

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